LA HORA DE LOBRAS

Por: Jaime Ribot Martín

    A mi abuelo le habían vendido, hace ya muchos años, un castaño del bosquecillo que hay junto a la acequia que viene de Tímar. Naturalmente era el mejor castaño, el más grande y hermoso, ya que se supone que si su anterior propietario hubo de venderlo fue para atender a alguna urgencia económica y no vendería un castaño cualquiera por el que le hubieran dado dos reales. En fin, eran cosas de los pueblos y de la miseria de aquella época: vendías un árbol, pero el terreno seguía siendo tuyo.

    Mi madre heredó el castaño. Estaba situado por debajo de la acequia y un poco antes de llegar al barranquillo, donde el cauce de agua cambia brúscamente de dirección. A mí me gustaba subir por el camino de la acequia los días de tanda y llegar hasta el bosquecillo y contemplar mi esbelto castaño. Alguna vez habíamos pensado talarlo y con su noble madera hacer unas puertas o ventanas para nuestras casas; Pura ilusión, pues el coste del transporte de su madera hacía económicamente inviable la operación.

    Así pues, el árbol envejeció tranquilamente y ni siquiera el incendio de 1989 pudo con él, ya que después del fuego fue capaz de volver a rebrotar. Solo la sequía de la primera mitad de los años 90, junto con la acción del hombre cementando la acequia, pudo con él. Su último aliento de vida fue una rama lateral, de donde le surgieron las últimas hojas.

    Una vez muerto, y antes de que las termitas acabasen con su madera, tomé una escalera y le corté esa postrera rama, no sin dificultad, pues su madera era dura, como corresponde a tan noble ejemplar. Un carpintero de Cádiar, me serró el trozo de madera según mis deseos. La estrechez de sus anillos más externos delatan el antes y el después de cuando se impermeabilizó la acequia.

Reloj y anillos de crecimiento     Con el mejor trozo, construí un reloj, al que no le puse secundero, ni la mayoría de los números. En estos pueblos de la Alpujarra el tiempo transcurre más despacio y daba igual que en este reloj de madera de castaño pudiera leerse por error una hora más o menos. Aunque su maquinaria de cuarzo marcaba el tiempo con total precisión, sus saetas marcaban un tiempo diferente a todos los demás relojes de casa: era la hora de Lobras!

Epílogo:
    Esta rama tiene 53 anillos y la rama se secó hacia 1996. Los últimos anillos evidencian los efectos de la terrible sequía entre los años 1991 y 1995: Los anillos más exteriores muestran un crecimiento agónico, casi nulo. Entre 1990 y 1970, encontramos anillos muy juntos: es el efecto del cementado de la acequia que le privaba del agua necesaria para su crecimiento. Otro cambio se evidencia hacia 1956, donde posiblemente se suprimiera el sistema de "careo" (romper la acequia en la temporada de invierno y dejar que la tierra se emparara de agua). Finalmente se llega hacia el año 1942, fecha donde se originó esta rama. En estos primeros años la rama se muestra vigorosa.