Memorias de la Alpujarra:
La horrible prueba de la alberca de Lobras

Por: José Peña Martínez

    Después de 15 años viviendo en Lobras es lógico que tenga muchas historias y vivencias personales que contar. Una de ellas, por su dramatismo para un niño y por haber dejado una gran huella en mí, es “la prueba de la alberca”. A esta prueba fui sometido un día por mis amigos mayores para poder pertenecer al clan de los adultos y así dejar la niñez atrás. Cuando esto ocurrió en 1953, corrían tiempos difíciles. En esos años faltaban muchas cosas básicas y los niños teníamos prohibido bañarnos. Se decía que era porque adelgazábamos, lo cual no me extraña por las carencias alimenticias a las que estábamos sometidos todos en aquellos tiempos y la debilidad que esto producía especialmente en menores.

    La Acequia de los Castaños conduce el agua desde el rio Timar, en la ladera sur de Sierra Nevada, hasta Lobras, gracias a lo cual se riegan sus bancales. Esto ocurre desde hace muchos siglos y por cuya singularidad esta acequia ha sido considerada como Bien Protegido del Sitio Histórico de la Alpujarra. Esta acequia es como el cordón umbilical que une Lobras con la madre naturaleza, personalizada en Sierra Nevada.

    La acequia desemboca en una alberca situada en la parte más alta del pueblo de Lobras. Allí se almacena el agua que después se va distribuyendo según las necesidades y las reglas ya establecidas por los musulmanes bereberes que originariamente fueron los pobladores de estas tierras y que construyeron este sistema de regadío. En esta alberca crecían enormes zarzas, muchas ranas multicolores y todo tipo de serpientes que amenazantes se movían de un lado a otro sin cesar.

    Cuando niño esa alberca parecía como un enorme océano con un fondo lleno de un horrible fango movedizo y cubierto por algas verdes. Era precisamente allí, donde en los calurosos días de verano los zagalones del pueblo se bañaban y, al mismo tiempo, ponían a prueba sus “picarescas intenciones” con los más pequeños que por allí nos acercábamos ingenuamente.

    ¿Alguien se imagina a un niño intentando nadar sin poder ni saber, tragando agua hasta por las orejas y rozando la piel temblorosa con las hirientes zarzas? ¿Y además notando en todo el cuerpo los latigazos de aquellas culebras sin cesar de moverse velozmente de un lugar a otro como defendiendo agresivamente su territorio? Si eso le ocurre a cualquier niño, seguro que grita de impotencia y de rabia; sobre todo si piensa que has sido empujado intencionadamente.

    Pues eso es lo que me pasó a mí cuando tenía 10 años. Andaba yo tan contento por el borde de la alberca, cuando de pronto, alguien bien fuerte me empujó sabiendo que no sabía nadar. Además no llevaba atado a mi cintura aquellos calabacines secos que entonces se usaban de salvavidas. Te empujan, te hundes, flotas y gritas; te vuelves a hundir, sales de nuevo y ves a todo el mundo gozando de verte sufrir. Y así una y otra vez. Después, llegas a la orilla y te aplauden y oyes que dicen ¡magnífico lo ha superado, ya es un hombre como nosotros ¡. Entonces descubres que todo esto era parte de una prueba de resistencia, serenidad y coraje que si lo sobrepasabas te abría las puertas al clan de los adultos.

    Después hablaré de cómo este episodio influyo en mi vida, pero ahora me quiero referir al hecho de que, cuando esto me pasó, me di cuenta de que tenía que sobrevivir por mis propios medios. Aquella anécdota impactó en mi vida porque allí no estaba mi madre, ni tampoco mi padre, el maestro del pueblo.

    No se sabe de dónde procede esta costumbre, originalmente asociada a civilizaciones primitivas como los indios Tainos y otros. En todas ellas el paso de la condición infantil a la adulta se vincula a un “rito de paso”, en el que se ha de afrontar una serie de desafíos que ponen a prueba especialmente la fortaleza y el valor del niño.

Alberca de Lobras

    Esta anécdota y sobre todo todos los momentos difíciles propios de la vida alpujarreña, me llevan a reflexionar sobre algunas de los comportamientos de los alpujarreños. Por ejemplo cuando a un alpujarreño le llegan momentos duros como por ejemplo las dificultades para encontrar trabajo, salida al extranjero con la maleta semivacía o el dolor de las enfermedades, son superadas gracias a su animosidad.

    Todos nos hemos encontrado con personas que hacen un mundo de problemas pequeños. No digo que los lobreños sean altaneros y arriesgados allí donde vayan. Pero lo que sí digo es que no se agobian de que un corte de electricidad deje su casa horas sin luz, de que en la heladería no tengan el sabor que le agrada y otras muchas cosas que tanto inquietan a mucha gente pero no precisamente a los lobreños/as y por extensión a todos los alpujarreños/as.

    Se dice que “No hay mal que por bien no venga”. Efectivamente, al igual que el sol sale después de una tormenta, siempre tras la adversidad existe la esperanza de que en el camino aparezcan tiempos mejores. Sin embargo la ruta a seguir es diferente según de la persona de la que se trate. Unos avanzan abriéndose camino con las herramientas de la educación en instituciones de prestigio. Otros, por el contrario, lo hemos hecho a golpe de pizarrín en escuelas mal dotadas e incluso donde muchos escolares sólo asistían a clase en los días lluviosos porque era cuando las cabras necesariamente se mantenían en los corrales. Era el “tiempo no útil para el trabajo” el que se utilizaba para ir a la escuela a lo que entonces se llamaba “aprende a leer, escribir y a hacer cuentas”. Eran situaciones difíciles, que muy probablemente se compartían con otros muchos pueblos de Andalucía, igualmente abandonados, en aquellos tiempos. Este era pues, el equipaje cultural que ha ayudado a muchos de los que hemos crecido en la alpujarra a afrontar las adversidades y dificultades que el futuro ha ido deparando a cada uno de nosotros.

    Antes de terminar quisiera decir que el haber participado en esa prueba, que en cierta medida no dejó de ser una broma de chavales, me enorgullece y agradezco, especialmente a mi amigo Julio Barbero, que estoy seguro participó en ella. A su recuerdo quiero dedicar estas breves líneas, aunque soy consciente de que no las puede leer, por no encontrarse ya entre nosotros.

José Peña Martínez
Miembro de la Asociación
Acequia de los Castaños