Memorias de la Alpujarra:
Sobrevivir a una tormenta en la Alpujarra

Por: José Peña Martínez

    La tierra que se extiende entre las cumbres de Sierra Nevada y el Mediterráneo corresponde a la Alpujarra que es conocida por la belleza de sus paisajes de fuertes contrastes, orografía agreste y por la hospitalidad y laboriosidad de sus pobladores, los alpujarreños.

    Climatológicamente, en esta comarca destaca la influencia de Sierra Nevada, escarpada y arisca, que contrasta con la dulzura del Mediterráneo. Bajo estas dos poderosas fuerzas de signos contrapuestos han vivido los alpujarreños labrando sus áridas tierras durante siglos.

    En los días en que domina el Mediterráneo, puedes llegar a sentir el remanso de su brisa suave incluso en los meses más duros del invierno. Del mediterráneo vienen navegando también las nubes por un cielo intensamente azul, como esperanzas para los campesinos por su aporte pausado de agua a sus acequias milenarias y sus bancales.

    Pero no siempre es así. A veces esas nubes revientan al chocar contra los riscos de Sierra Nevada generando tormentas destructoras. Cuando éstas aparecen se puede temer lo peor porque en tan solo unas horas el cielo se ennegrece y casas, tierras y animales pueden desaparecer arrasados por sus aguas.

    Por ello, el alpujarreño siempre ha trabajado mirando al cielo porque está cansado de ver como esa tierra fértil que genera con su duro trabajo puede desaparecer en cada tormenta arrastrada por el agua a través de las laderas de sus empinadas colinas.

    Lo que quiero contarles, es una de estas tormentas que viví y sufrí en un día de otoño del 1953. Yo tenía diez años y todo ocurrió cuando fui a visitar desde Lobras a mi abuelo, Pepe Peña en su cortijo conocido como de la Cuesta Porrón situado junto al rio Guadalfeo en la linde de los municipios de Cástaras y Lobras.

    Todo comenzó por la mañana de un día en el que se observaban cosas muy irregulares. Los pájaros piaban desaforadamente y volaban de un lado para otro sin parar. El cielo se iba oscureciendo y muy lejos, pegado al Mulhacen, se veían nubes negras sin el entorno más claro, habitual de la presencia del sol. Durante todo el día no apareció ningún abejorro, lo que indicaba, en el argot alpujarreño que ninguna visita se presentaría ni en ese día ni probablemente en los siguientes.

    Ya por la tarde, comenzaron a oírse grandes truenos precedidos de relámpagos muy visibles por lo oscuro que se iba haciendo el día. Los truenos retumbaban en las montañas y por el largo tiempo con el que se anticipaban a los relámpagos era de suponer que la tormenta se encontraba muy lejos. Hacía mucho aire que entraba a la casa y no había manera de tener encendidos los candiles e incluso el rescoldo del fuego chisporroteaba de manera peligrosa, lo que nos obligó a acostarnos pronto.

    En esa noche no pudimos dormir por el ruido, el frio y por las muchas gotereas de agua, algunos verdaderos chorros, que se filtraban a través por la launa de los endebles “terraos”, lo que nos obligó a cambiar las camas varias veces de lugar. Es difícil hacerse una idea de todo esto en términos modernos, pero el solo hecho de no disponer de luz en una casa tan frágil, nos daba una sensación de impotencia enorme al no saber el alcance de lo que estaba ocurriendo.

    De repente, ya de madrugada, oí como una explosión enorme, como si cien mil caballos galopasen por los alrededores del cortijo. Entonces me asomé a la ventana con las primeras luces del día ¡pero no había caballos!. Lo que sí vi sobre el rio era un manto achocolatado de tierra y lodo que se movía a borbotones y que además llevaba arboles y piedras que producían un gran estruendo.

    Vi también que había desaparecido un trozo grande de las tierras de labranza del cortijo y las defensas del rio hechas de maderas y piedras. El agua del rio había llegado y socavado la ladera donde se encontraba el cortijo, lo que me sobrecogió e hizo que me agarrara fuertemente al quicio de la ventana pensando que podría salir navegando como en un frágil barco.

    No se podía salir porque todos los alrededores estaban cubiertos de fango que bajaba arrastrándose como lava negruzca por la ladera de la montaña. Entre tanto mi abuelo decía “debemos de coger las herramientas de la carpintería y salir de la casa”. Mi tía Presenta le de decía “siempre piensas en lo mismo, tus herramientas”. Después he reflexionado sobre esto porque me sorprendió que apreciara más las herramientas que su propia vida. Sencillamente, no lo entendía. Sin embargo, comprendo su fuerte unión a ellas como elementos necesarios para el sustento de la familia en aquellos momentos tan difíciles de la post guerra civil española.

    Los días posteriores a la tormenta fueron también horribles. Nunca había tenido a mi alcance tanta agua y a la vez nunca había pasado tanta sed por no poderla beber debido al pango que contenia. Mi vuelta al pueblo de Lobras estuvo llena de contratiempos, sobre todo por los problemas para atravesar el rio Guadalfeo. Primero con ayuda de mi tía Presenta, pusimos una hilera de piedras por los bordes del rio y después en el centro conseguimos extender una tronco de álamo como puente.

    Yo sabía que atravesar por este tipo de puentes tenia riesgo por el mareo que producía el paso del agua turbia bajo tus pies que te daba una sensación de movimiento y de vértigo, pero lo que nunca me podía imaginar es que yo me iba a caer completamente mareado al agua en el intento de pasar por el tronco que habíamos extendido a modo de puente. ¡Fue algo horrible¡ No por lo fría que estaba el agua, sino por la cantidad de piedras que arrastraba el rio y que te dañaban los pies si querías apoyarte en el cauce. Fueron momentos angustiosos, pero una rama flotante fue mi salvación. Me puede coger fuertemente a ella y desde allí saltar a la otra orilla.

    Después, el caminar mojado de arriba abajo, por los caminos enfangados, estrechos y empinados tenía mucha dificultad, pero lo hacía alegre y contento después de haber podido sobrepasar el rio Guadalfeo. Uno de los peores tramos era la empinada Cuesta del Puntal que ascendía desde el rio Guadalfeo hasta las lomas superiores ya a nivel de Lobras. Este era parte del sendero conocido como “Ventilla” y era utilizado por los vecinos de muchos pueblos para ir al Molino del Tajo del Águila e incluso como parte del camino para ir a Granada por Órgiva en los inviernos sin atravesar Sierra Nevada.

    Probablemente fue el efecto de euforizante de las “endorfinas” producidas por el esfuerzo de subir tan empinada cuesta o el efecto de contemplar la extrema belleza de los paisajes de la Alpujarra visto desde allí, o a ambas cosas. El caso es que al llegar a la loma superior, recuerdo que la sensación de alegría y optimismo, era total. Allí todo se presentaba exuberante, los almendros, viñedos, higueras e incluso los días anteriores grises se convierten en un día claro, con un sol radiante y un cielo azul muy claro. Incluso el estruendo del rio Guadalfeo rezumbando en sus laderas, se convirtió en silencio absoluto. Era sencillamente los paisajes de la Alpujarra en su plenitud. y belleza natural lo que se presentaba ante mis ojos. Desde ese lugar se veían, como pinceladas de cal blanca, los pueblos Nieles, Cástaras, Lobras, Timar, Jubiles; todos ellos esparcidos en la ladera de Sierra Nevada con el Mulhacen al fondo mostrando las ultimas nieves del año anterior y por otra las suaves ondulaciones de la Contraviesa.

    He sabido que después en la Alpujarra, ha habido otras muchas desastrosas tormentas, destacando la del 1973 que arrasó la Alpujarra causando muchos destrozos y a la que se le llamó “la Nube del 1973”. En ella, el rio Guadalfeo, se llevó tres puentes de cuajo, entre ellos el de Torvizcón, causando muchas víctimas en La Rábita donde la gente se tuvo que refugiar en el castillo. También cuando escribo estas líneas, Marzo 2009, se está produciendo una tormenta continuada durante tres meses que está dañando seriamente los campos y carreteras. Sin embargo afortunadamente hoy la infraestructura de la Alpujarra ha mejorado mucho y las tormentas no son lo que eran antaño.

    Siempre he valorado mucho el sufrimiento que para los alpujarreños representaba ver que en cada tormenta la tierra fertilizada a golpe de azadón y arado era arrastrada por las laderas de las empinadas montañas al rio Guadalfeo. Éste finalmente la depositaba en Motril y Salobreña en donde estos lodos se trasforman en fértiles tierras impregnadas del sudor de los labradores alpujarreños. Se podría decir que es como un trasplante, no de órganos, sino de la mejor tierra de labranza que desde la Alpujarra granadina pasaba al Mediterráneo donde en su orilla daba lugar a nuevas esperanzas para sus habitantes.

    Hoy con la construcción del pantano de Rules, estos sedimentos se quebrarán en sus profundidades y no llegará como antaño a los pueblos rivereños. Eso sí, ahora esos pueblos tendrán más agua, agua alpujarreña, para regar los fértiles bancales de tierra llegada de la Alpujarra durante muchos siglos.

    Quiero decir que la Alpujarra es hoy una comarca bella y alegre, aunque sus tormentas la hayan entristecido en el pasado como trato de reflejar, para terminar, en el siguiente trovo improvisado.

Viendo su tierra sembrada,
el alpujarreño ríe y canta,
pero llora cada madrugada
cuando ve que la tormenta,
se lleva su tierra, ya labrada.

José Peña Martínez
Nieto de Pepe Peña
fi1pemaj@uco.es

Tormmenta en Lobras