A partir de la edición en 2005, por la Asociación Cultural de Cástaras y Nieles, del libro escrito por el castareño Nicolás García Mezcua Cástaras, misterio entre aguas y piedra, se han sucedido algunas publicaciones que tratan monográficamente de diversos aspectos del lugar: Memoria oral de Cástaras y Nieles, recopilación de coplillas y canciones publicada por la misma asociación en 2006; Sobre las plantas silvestres de Cástaras, de Carlos Gil Palomo, Paseo a los baños del Piojo, de José Pastor González y Carlos Gil, y Camino al Portichuelo de José Pastor y Paz Isla, publicaciones de pocas páginas gestadas en el entorno de la Pensión María y publicadas por la editorial giennense RaRo en 2006 y 2007.

Las cubiertas de los dos libros que tratan extensamente de Cástaras
Anteriormente había visto la luz en Barcelona Mi pueblo y mis raices, una “novela” editada en 2003 y escrita al parecer en 1983, a la que se le ha otorgado escasa difusión. Su autora, Leonor Almendros, castareña del Barrimedio de arriba, hace con un estilo peculiar y único, una simpática y desconcertante mezcolanza con alegres momentos de infancia y juventud, tristes recuerdos de duros episodios de la Guerra Civil y la posguerra, historias de la saga familiar, costumbres y tradiciones castareñas, y retratos de algunos personajes, como si de un potaje de puñaicos cocido en Cástaras, convertida en colosal olla de remembranzas, se tratara.

Cubiertas de las tres publicaciones de los chicos de la Pensión María
No conocemos otras monografías que se ocupen de Cástaras extensamente. El resto de lo publicado sobre nuestro donoso y olvidado rincón alpujarreño, se reduce a referencias en otros libros, en guías de La Alpujarra, en artículos de prensa, o a alguna fotografía en revistas de poca tirada y en calendarios.
Se trata, en palabras del autor, de “un paseo sentimental por un retazo de la vida de Cástaras”, y en opinión de Eduardo Castro, el acreditado periodista y escritor de Torrenueva, “una obra digna de los mejores clásicos editados hasta ahora sobre La Alpujarra, a la altura sin duda de Jean Christian Spahni e, incluso, del mismísimo Gerald Brenan”. Escrito por Nicolás García Mezcua, castareño nacido en 1920 y fallecido en 2003, fue modestamente editado en 2005 por la Asociación Cultural de Cástaras y Nieles recién creada entonces, con un notable y lúcido prólogo del prestigioso maestro y escritor Miguel J. Carrascosa Salas, y presentación y una breve biografía del autor escritas por un servidor.
Doce de los diecinueve capítulos del libro están dedicados a compendiar la vida de Cástaras en crónicas mensuales, con los quehaceres de sus habitantes allá por los años veinte o treinta del siglo pasado. Aprovechando esta estructura incluiremos aquí cada mes su capítulo correspondiente, en un ejercicio a desarrollar durante 2008.
Nicolás García Mezcua
CÁSTARAS,
misterio entre aguas y piedra
[fragmentos]
A mi madre, Victorina, y a mi abuela, Ana, que en sus conversaciones me trasmitieron tantas y tantas cosas de las que se dicen en estas páginas.
Marzo ventoso y abril lluvioso traen a mayo florido y hermoso.
Así reza el refrán que aludía a lo agradable del tempero y a la belleza del campo lleno de verdor y de florecillas.
Mayo es el mes de las flores por la abundancia de las mismas. En cualquier paraje aparecen dando una visión de vitalidad y alegría. Los balcones y ventanas las muestran como una sonrisa de un sueño acabado de realizar.
A todo ello se añade el sentido religioso que le dan los actos celebrados diariamente en honor de la Virgen Inmaculada. Después de cenar, cada noche, todos a la iglesia con flores a María.
El día tres, fiesta de la Invención de la Santa Cruz, se celebraba con misa solemne y procesión con la mencionada Cruz al describir la ornamentación del templo parroquial.
Solía ser un día soleado y luminoso. El ambiente de la plaza se llenaba del delicado perfume que despedían las cinco grandes acacias, en plena floración, que la rodeaban.
La ropa de invierno quedaba guardada en el arca y nuevamente se exhibían los modelos estrenados en la fiesta de San Miguel.
En este mes caía con frecuencia la fiesta del Día del Señor o festividad del Corpus Christi.
Era una jornada de fiesta grande. Por orden del señor alcalde se barrían las calles por dónde debía pasar la procesión siempre de media estación.
En el centro de la plaza se alzaba un altar para hacer un descanso a la salida y a la entrada de la procesión. Se colocaba una mesa camilla grande, sobre ella otra de menor tamaño y sobre ésta un velador que alguien tenía en su casa y que probablemente era el único del pueblo.
Vestidas las mesas y el velador, éste recogido con un lazo rosa, en la cúspide se colocaba la imagen del Niño Jesús mirando hacia la iglesia. Macetas y floreros completaban la ornamentación.
En ese altar se hacía el primer descanso. Con el Santísimo llevado por el sacerdote en hermosa custodia de plata repujada que desapareció en la guerra.
Se utilizaba el palio que portaban los conspicuos vecinos del pueblo. Detrás iban las autoridades y, cuando existía el Somatén, cuatro miembros de él daban escolta con sus escopetas.
Reanudaba la procesión, mientras hacía su recorrido, el sacristán cambiaba la posición del Niño Jesús mirando hacia la fuente. Era como si se hubiera erigido un nuevo altar. Volvía a repetirse la ceremonia de la salida y seguidamente se concluía en el templo.
Algunos años y cercano a la fuente, ocupando la puerta y el balcón de su casa, una señora llamada Beatriz Rodríguez, erigía otro altar adornado con sumo gusto y con utensilios y ropajes que ella conservaba de su estancia en la isla de Cuba.
La víspera de la fiesta se iba al campo a recoger flor de gayumba (gayomba), entonces en plena floración. Con ella (a veces se traían sacos repletos) se alfombraba el itinerario por donde había de pasar su Divina Majestad.
Motivo esperado era la llegada de esta festividad para que las jóvenes renovaran su atuendo con vestidos apropiados para la primavera.
Época apropiada y preferida para que los enamorados fijasen la fecha de su enlace matrimonial.
Los noviazgos solían arrancar en los bailes formados en las distintas festividades. Eran de ordinario de larga duración. Pasados los primeros escarceos, el novio solicitaba permiso para entrar en casa de la novia y allí acudía dos o tres veces por semana para pelar la pava, vigilados siempre por alguno de los familiares para evitar el quebranto de una excesiva y estricta moralidad.
Las bodas, en todas partes, suelen ser motivo de fiesta para unos, de curiosidad para otros y de comentario para todos.
Desde el domicilio de la novia partía el cortejo nupcial. Los novios con sus padrinos, sus compadres, vecinos y amistades invitadas.
Desde la puerta de las casas o desde las ventanas se contemplaba el paso de la comitiva. Más de un postigo quedaba entreabierto para observar, sin ser vistos, y así poder comentar después lo percibido para el chismorreo correspondiente.
Acabada la ceremonia, ataviados con la sencilla y renovada indumentaria adecuada al pecunio familiar, nunca con traje blanco la novia, retornaban al domicilio de ésta donde se servía un pequeño refresco.
Alrededor de la sala o en el repartidor de la vivienda o en ambos a la vez colocábanse sillas que ocupaban preferentemente las mujeres. Los hombres permanecían de pie llenando las escaleras y el portal cuantos no cabían en el recinto superior.
Los niños, muchos de los cuales hacía rabona sin ir a la escuela, quedaban en la calle esperando que alguien se acordase de ellos y les echase desde la ventana algún que otro dulce o alguna moneda, perrillas o perragordas. Había empujones y hasta peleas por alcanzar algo, aunque fuese lo mínimo, del festín.
Arriba proseguía el convite. Buñuelos hechos el día anterior con mucha masa y correosos por el tiempo pasado. Espaciadamente se daba una ronda con dulces traídos de Notáez, Pitres o Cádiar y tomados los sólidos, se ofrecía una copita de aguardiente. Dos o tres copas en una bandeja, no más. Las mujeres iban libando sin apenas humedecerse los labios con un rito de extremada finura. Con dos copas había suficiente y de sobra para todas las concurrentes. Los hombres, en cambio, sin saborear el aguardiente, lo bebían de un trago que seguidamente paladeaban aunque era muy fuerte y de no muy buena calidad.
De tanto en tanto los chiquillos, en la calle, reclamando su ración, gritaban: “Roña, roña, que se muera la novia” o “Roña, roñura, que se muera el cura”. Este acudía generalmente al refresco por complacer a los recién casados.
En los bautizos el griterío se transformaba en “Roña, roñura, que se muera la criatura”.
La boda terminaba generalmente con una comida familiar consistente en un arroz con borrego.
No se marchaban los contrayentes de viaje de novios. Ni se podía, ni era costumbre.
Muy vistosas eran las bodas de los cortijeros. Acudían a la parroquia montados a la grupa ellos y ellas, en caballerías elegantemente enjaezadas con colchas de variados colores que producían un variopinto y vistoso espectáculo.
Solía suceder que en la instrucción del expediente matrimonial se sacaba a la luz en las partidas un nombre distinto al que habitualmente usaban los novios para ser nombrados. A la memoria me viene el de una pareja, Antonio él y Ángeles ella, que en su documentación se hallaban inscritos con los nombres de Rafael y Basilisa respectivamente.
A propósito de nombres, me parece oportuno dar una relación, no exhaustiva, de los por mí recordados.
Abundaban los de Manuel, Antonio, Pepe o José, Paco o Frasquito, y además otros menos corrientes.
Hombre: Adolfo, Alberto, Agustín, Alejo, Alfonso, Amador, Andrés, Ángel, Aureliano, Baldomero, Cándido, Carlos, Casimiro, Cecilio, Ceferino, Celestino, Conrado, Daniel, Diego, Eduardo, Elías, Eloy, Emiliano, Emilio, Enrique, Ernesto, Evaristo, Faustino, Federico, Fernando, Gabriel, Gaspar, Gerardo, Gonzalo, Guillermo, Gregorio, Gumersindo, Horacio, Isidro, Jacinto, Jaime, Jesús, Joaquín, Lázaro, Leandro, Leopoldo, Lorenzo, Luciano, Marcelino, Matías, Maximino, Modesto, Narciso, Nicolás, Pantaleón, Pedro, Plácido, Primitivo, Rafael, Ramón, Ricardo, Rogelio, Roque, Rosendo, Salvador, Serafín, Tesifón, Tomás, Toribio, Trinidad, Valentín, Vicente, Victorino y muchos más.
Mujeres: Adela, Adoración, Águeda, Amalia, Anastasia, Ángeles, Ascensión, Aurelia, Aurora, Basilisa, Blanca, Beatriz, Brígida, Cabeza, Camila, Cándida, Casilda, Celia, Clara, Clementina, Clotilde, Concepción, Concha, Consolación, Cristina, Cruz, Custodia, Dulce, Elena, Elisa, Emilia, Encarnación, Enriqueta, Esperanza, Federica, Felisa, Fernanda, Gloria, Gracia, Herminia, Hipólita, Joaquina, Julia, Laura, Leocadia, Leonor, Luisa, Magdalena, Marcela, Marina, Marta, Martirio, Matea, Matilde, Mercedes, Modesta, Natividad, Ofelia, Piedad, Presentación, Rosa, Rosalía, Rosenda, Sabina, Sagrario, Serafina, Soledad, Teresa, Tránsito, Vicenta, Victoria, Victorina, Virtudes, Zoa además de los de Antonia, María, Josefa, Pilar etc.
Sobre todos abundaba el nombre de Miguel por ser el Arcángel el patrón del pueblo. Sin embargo, sorprendentemente, no había ninguna Micaela.
Como colofón del mes de María, se celebraba el día de las Flores el treinta y uno de mayo.
Todos los días, ya anochecido, se hacía función religiosa con el rezo del rosario y varios cánticos a la Virgen. Intervenían en el coro algunas jóvenes de la localidad. Nunca faltaba para empezar el clásico “Venid y vamos todos”... que era acompañado por grupos de niñas tocadas con velo blanco que ofrendaban, con una especie de ejercicios gimnásticos, pétalos de rosas a la imagen de la Purísima colocada en un altar adornado con muchas flores. Algunas noches una de estas pequeñas recitaba versos en honor de María. En más de una ocasión las niñas “se cortaban” en su declamación largamente ensayada en la escuela. Abundaban entonces las sonrisas de los concurrentes y las caras serias de los familiares de la niña que acudían en bloque a presenciar la actuación de su allegada.
En la mañana de ese último día del mes era costumbre celebrar la Primera comunión de los niños debidamente preparados por el sacerdote en la catequesis y por los maestros en la escuela. Las niñas solían vestir de blanco y tocadas con tul como velo. Los niños bien limpios y aseados. Mucho brillo interior y lo conveniente en lo externo. Lujos y ostentación ni eran del caso, ni mucho menos posibles. Cualquier circunstancia externa de aquellas gentes reflejaba la situación cultural y económica de la comarca.
La tarde la llenaba la procesión. Parecida a la del ocho de diciembre, la formaban, principalmente los niños recién comulgados y la Asociación de Hijas de María en sus dos secciones de jóvenes solteras y de madres cristianas.
Con este olor a incienso, a inocencia y a devoción mariana, pasamos casi, casi al periodo estival.
Nicolás GARCÍA MEZCUA: Cástaras, misterio entre aguas y piedra. Cástaras (Granada), Asociación Cultural de Cástaras y Nieles, 2005, pp. 105 - 111.
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MAYO
Mayo vuelve
y, en sus manos,
vuelven otra vez las flores,
y vuelven los trovadores
con sus cantares ufanos.
Cantos de ayer y de hoy,
cantos de toda la vida;
mi cantar es la medida
de todo lo que yo soy...
Nicolás García Mezcua
Incluido el 27-07-2007. Modificado el 1-1-2008. Última revisión: 01-05-2008.
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