Historias, impresiones y recuerdos

Maquis en Cástaras

 

Buscando antecedentes documentales de los hechos ocurridos en el Cortijillo de la Rambla de Cástaras en 1947, ante la falta de respuesta del organismo encargado de los fondos archivísticos de la Capitanía General de Granada, donde se conservan legajos relativos a estos hechos, acudimos para solicitar ayuda en nuestras pesquisas al doctor en Historia José Aurelio Romero Navas, gran conocedor del movimiento maquis, con varios libros y artículos sobre el tema en su haber. El prestigioso investigador no solo se ofreció a brindarnos la información que demandábamos, sino que, solícito, se prestó a redactar un artículo sobre el maquis en Cástaras. El resultado ha sido el primer y único trabajo escrito hasta el momento sobre este asunto, que José Aurelio ha tenido la gentileza de dedicar al autor de esta web.

Agradecemos desde aquí al profesor Romero Navas su generosidad al escribir para Recuerdos de Cástaras, y permitir agregar a sus páginas, este completísimo trabajo, que viene a arrojar luz sobre hechos, algunos desconocidos, otros mitificados, penosos todos, dando a conocer por vez primera versiones oficiales, policiales y judiciales, de graves sucesos encuadrados en el movimiento guerrillero antifranquista y la represión que llevó aparejada, que ocurrieron en Cástaras, o en los que estuvieron implicados castareños, hace ya más de sesenta años.

Hay que hacer notar que las versiones aquí ofrecidas están basadas en los procesos seguidos en tribunales militares de justicia a causa de los hechos narrados, y por tanto pueden diferir, y de hecho no casan en algunas particularidades esenciales, con las historias que, contadas entre dientes, han llegado hasta nosotros por vía oral, las cuales trataremos de exponer en futuras ediciones de estas páginas.

 

Cástaras en los años cuarenta:

Algunos hechos e incidencias ocurridos a sus vecinos, o en su término municipal

 

José Aurelio Romero Navas

Doctor en Historia

 

 

A Jorge García García, amante
 de su pueblo y de saber las cosas  que
 en el mismo han sucedido.

 

 

La causa contra Faustino Puga Gualda y los hermanos Manuel y Ramón Ortega Padilla

A finales del año 1945, fueron juzgados tres huidos vecinos de Cástaras: eran Faustino Puga Gualda y los hermanos Manuel y Ramón Ortega Padilla.

Los tres se hallaban como rebeldes en la Sierra, probablemente, formando parte de la Partida que dirigían los hermanos Galindo.

No sabemos las circunstancias por las que estos hombres fueron detenidos, pero sí conocemos que fueron juzgados en Granada por un tribunal militar.

Los hechos por los que figuran en el Sumario son: los de haber atracado el 27 de marzo de 1944, al dueño del cortijo El Parral, del término de Lobras, para lo cual atemorizaron con las armas que llevaban, (consistentes en un fusil maussine, una pistola automática del nueve largo y un revólver, todos en perfecto estado, además de un cuchillo) a la mujer del cortijero, María Fernández García.

No causaron daño físico a María, aunque sí que la intimidaron para conseguir que ésta les entregara todo el dinero que hubiera en la casa. Ante la negativa de la mujer, registraron el cortijo, apropiándose de 10.500 pesetas en metálico, un jamón, dos monedas de oro de 25 pesetas, (en otro informe se dice que fueron tres y no dos), un reloj de señora de plata, con su correspondiente cadena y por último, un rosario también de plata.

Otro día, los tres se presentaron en el cortijo Minchar, (término de Almería), apoderándose de un reloj plano de oro, que posteriormente lograron vender en 1.000 pesetas, además de 300 pesetas en metálico, una sortija y otros efectos de menor importancia.

El día 4 de noviembre de 1944, desplegaron una mayor actividad, pues estuvieron en cinco cortijos: Cabañuelas, Aljibillo, Los Pozuelos, La Pradera y otro más conocido por Nevaza.

El dueño del cortijo Aljibillo, José Fernández López, fue abordado en las inmediaciones del mismo, por Ramón Ortega y por Faustino Puga, intimidándolo para que les llevase hasta otro cortijo, cuyo dueño era Emilio Carrasco Ruiz.

Emilio, a través de la conversación sostenida con sus atracadores, les hizo saber las simpatías que tenía por los rebeldes, haciéndoles saber que él estaba afiliado a un partido de izquierdas desde 1918. Su simpatía hacia ellos llegó hasta el punto de hacerles entrega de una escopeta que tenía, aunque ellos determinaron no aceptarla.

Emilio les informó, que el dueño del cortijo La Pradera, también tenía otra escopeta, ofreciéndose para acompañarlos hasta el mismo. Además, les dijo, que siempre que pasaran por su cortijo, estaría dispuesto a ayudarlos, para lo cual, nada más que tenían que tocar en una ventana y diciendo como contraseña: «somos nosotros».

En la actitud de Emilio, cabría señalar el malestar de muchos campesinos, ocasionado por el modo de vida que llevaban y sin que viesen un resquicio de luz que les hiciese tener alguna esperanza en su futuro. Muchos habían hecho la guerra en el bando republicano y por ese motivo, habían conocido los campos de concentración o cárceles, pero también hay que señalar que otros, los que lo hicieron en el bando del vencedor, tampoco experimentaron alguna mejora económica que les hubiese cambiado en algo su modo de vida, más bien al contrario.

Por otro lado, el curso que había tomado la guerra mundial, hizo que reverdecieran las esperanzas de muchos españoles, que creyeron ver finalizada la Dictadura, pues estaban seguros de que una de las primeras cosas que harían las naciones democráticas vencedoras, sería reponer de nuevo la República

Como prueba de ello, es que en el último trimestre de 1944, comenzaron a llegar a las costas de Málaga, Granada y Almería, pequeñas embarcaciones que traían a guerrilleros para hacer frente al ejército de Franco además de transmitir confianza a los españoles.

Pero las cosas no sucedieron como éstos y muchos campesinos creyeron, muy al contrario, dieron paso a unos años muy duros, llenos de sacrificios, que costaron muchas vidas y además, largos años de cárcel, a numerosas personas del mundo rural.

Por ello, no debería extrañarnos la actitud de este cortijero, llamado Emilio Carrasco Ruiz, de 57 años y natural de Murtas, por cierto, que su detención fue un tanto particular, pues una vez que fueron detenidos Faustino, y los hermanos Ortega, la Guardia Civil, para poder tener una prueba fehaciente de que Emilio era un colaborador de los mismos, idearon esposar a uno de los detenidos, a la vez que le facilitaron que pudiera escapar. Éste, creyéndose libre, lo primero que se le ocurrió fue dirigirse hasta el cortijo de Emilio, haciendo uso de la contraseña. Cuando aún Emilio trataba de quitarle las esposas al supuesto fugado, fueron detenidos por la Guardia Civil.

Volviendo de nuevo a la operación emprendida por los tres asaltantes, después de pasar por el cortijo de Emilio, se dirigieron al cortijo La Pradera, propiedad de Fernando Jiménez Linares, encontrando en el mismo, a su esposa María Fernández Prados, la cual se vio obligada a darles de comer, además de apropiarse de 125 pesetas.

A continuación, pasaron por el cortijo El Almés del que sólo pudieron llevarse 5 pesetas.

En el cortijo Minchar, amenazaron con las armas a Hortensia Guillén Moreno, apropiándose de un reloj de oro valorado en cinco mil pesetas, además de trescientas en metálico, una sortija, una cadena y un pañuelo.

En el cortijo Las Cabañuelas, (Adra), propiedad de Mariano Vargas Fernández, mediante amenazas con las armas que llevaban, intimidaron al dueño para que les entregase mil pesetas, y como no las tenía, se apoderaron de una escopeta, unos zapatos de caballero, una pistola y 20 pesetas.

En el cortijo Las Nevazas, se apoderaron de una escopeta y en el de los Pozuelos, de 104 pesetas.

Aunque probablemente tuvieran otras actuaciones, son éstas las que, después de ser detenidos, figuran en el Sumario y por las que fueron juzgados.

El informe que el fiscal dirigió al Consejo, el 15 de octubre de 1945, indica que los hechos cometidos por los hermanos Ortega Padilla y Faustino Puga, eran constitutivos de delito, penado por el artículo 53 del Código de Justicia Militar, por lo que procedía imponerles la pena de muerte a los tres y de doce años a Emilio.

El abogado defensor, también militar, mostraría su desacuerdo con las peticiones del fiscal, solicitando para los procesados la pena de veinte años.

El Consejo de Guerra tuvo lugar el 9 de noviembre de 1946, en Granada, imponiendo las penas de muerte, a los hermanos Manuel y Ramón Ortega Padilla, así como a Faustino Puga Guardia.

También fueron condenados a seis meses y un día, Emilio Carrasco y José Fernández López por colaboradores.

Las penas de muerte siempre tenían que venir aceptadas por el Ministerio de la Guerra o incluso, en última instancia, por Franco, que decidía sobre las vidas de las personas añadiendo en el oficio que le había sido enviado, la palabra ENTERADO, o por el contrario, que le fuese conmutada por la de menor grado, es decir la cadena perpetua, que fue lo que sucedió en este caso.

Nos consta, por un oficio presentado al juez en enero de 1959, que los tres aún estaban en prisión.

Para ser incluidos en los indultos que el Régimen ofrecía, entre otras cosas, para vaciar un poco las cárceles y, de paso, hacer sitio a los cientos de nuevos reclusos que entraban en las mismas, las autoridades habían creado un sistema de indultos y de reducción de penas mediante los cuales hacían que los reclusos observaran buena conducta a la vez que estaban entretenidos rellenando instancias y más instancias. A los tres encartados les quedaba todavía 23 años por cumplir.

 

 

 

Robo a José Cara Granado[1]

No está del todo claro, que José Cara Granado fuese vecino de Cástaras, pues en algún otro informe figura como si fuese de Albondón.

Este hombre, cuando se dirigía sobre las 21 horas del día 14 de octubre de 1945, hacia su cortijo en la Hoya de Zao, fue atracado por dos desconocidos, en el lugar conocido por el Montecillo del Agua, los cuales se apoderaron de 125 pesetas que llevaba.

Según refirió a la Guardia Civil, le salieron por sorpresa de entre unas matas, y mientras que uno le cogió los brazos por la espalda, teniéndole así sujeto, el otro le registró los bolsillos del traje, quitándole el dinero anteriormente citado.

Luego, lo dejaron marchar camino de su cortijo, no sin antes advertirle, que no se le ocurriera dar parte a la Guardia Civil, pero él desoyendo dicha indicación, lo primero que hizo, fue dirigirse hasta el cuartel para denunciar lo que acababa de sucederle.

La descripción física que hizo de sus agresores fue la siguiente: el primero tendría entre 35 y 40 años, más bien grueso, vistiendo pantalón de pana negra y chaqueta oscura, iba tocado de sombrero y calzaba alpargatas. El segundo era de estatura más baja, también grueso, vestía chaqueta clara de rayas, pantalón de pana negra, calzando alpargatas y tocado con una boina.

No le pareció que llevasen armas, aunque es cierto, que pudo observar que uno ocultaba un bulto debajo de la chaqueta que bien podía tratarse de una pistola.

El motivo del viaje a Albondón de José Cara, fue para cobrar 700 pesetas, pero antes de salir de dicho pueblo, pagó 200 pesetas y luego, al pasar por el cortijo Vargas, también desembolsó 400 pesetas.

Luego emprendió camino hacia su pueblo, llevando en su poder las 125 pesetas que le restaban y que fueron las que los dos desconocidos le robaron.

El comandante de puesto de Cástaras, recibió la denuncia de lo sucedido sobre las 11 horas del día 15, e inmediatamente dio parte del hecho a todos los cuarteles y puestos limítrofes, saliendo de todos ellos la fuerza disponible con objeto de reconocer los lugares donde pudieran estar escondidos los dos salteadores. Reconocieron cuevas, barrancadas y cortijos, interrogando a sus moradores por si habían visto pasar por aquel lugar a los individuos que buscaban.

La fuerza represiva no descartaba que se tratase de dos vecinos del pueblo, conocedores del dinero que había cobrado José Cara, esta idea cobraba más fuerza al tener casi la certeza de que no llevaban armas.

No fueron hallados pese a la voluntad puesta por la fuerza represiva.

 

 

 

Muerte de siete guerrilleros en las proximidades de Cástaras

El tres de julio de 1947, tuvo lugar en el término municipal de Cástaras, una tragedia muy grave y que afectó al Ejército guerrillero, ya que, siete integrantes de una Compañía del Segundo Batallón, que mandaba Francisco López Pérez, resultaron muertos en el interior de un cortijo de dicha demarcación, concretamente, en el cortijo El Molino, situado en el paraje denominado la Rambla de Cástaras.

Antes de narrar cómo sucedió el hecho, creemos que es conveniente indicar la personalidad de su jefe, Francisco López, (a) Polopero: Su radio de acción se extendía por las sierras de Lanjarón, Órgiva, Contraviesa, Lújar y Alpujarras.

Había comenzado su actividad con un grupo de huidos que se hallaban por aquellas sierras y que entonces mandaba Ramón Rodríguez López (a) Rabaneo, natural de Soportújar, pero a finales de 1946, Roberto que era el jefe del Ejército guerrillero y que pretendía expansionarse por esa zona, contactó con «Polopero» a través de algunos jefes provenientes del Comité Provincial del Partido Comunista de Granada.

Aceptó ser el jefe del recién formado Octavo Batallón de la Agrupación Guerrillera de Granada, siendo curioso observar, que el propio «Rabaneo» acató pasar a ser simple guerrillero y ser mandado por «Polopero».

Debido a su personalidad, «Polopero» consiguió pasar en 1947 de once hombres a treinta y nueve. Tenía fama de inteligente y de tener una cierta cultura, sabiendo cómo tratar personalmente a sus hombres. Pero si poseía todas esas cualidades y pese según parece, haber alcanzado durante la Guerra Civil, el grado de teniente en el ejército republicano, demostró ser un pésimo táctico, pues en este año la fuerza represiva dio muerte a 13 guerrilleros y otros cinco terminaron entregándose a las autoridades.

Como decíamos, quizás la mayor catástrofe que sufrió fue la muerte de estos siete guerrilleros, entre los cuales algunos eran vecinos de Cástaras.

El día cuatro de julio, el juez instructor, teniente Sánchez Alcaide, requirió la presencia del médico don Francisco López Vilches, y del juez de paz, para que a la mayor urgencia se presentasen en el cortijo El Molino.

Una vez en el mismo, se dirigieron a una vivienda de forma rectangular y de una sola planta, distante unos cien metros del mismo y que servía para encerrar el ganado y de desahogo de la finca.

Esta vivienda tenía la puerta y una ventana, situadas en la pared que da al norte, así como también poseía dos ventanas más, una en el ala oeste y la otra al lado sur.

En el informe que emitió el Juez del pueblo, deja muy a las claras, el horror de lo que vio:

«A primera vista, se podía observar la puerta que estaba totalmente destrozada. En su interior, distribuido en cuatro habitaciones, se encontraban dos hombres tendidos en el suelo, uno de ellos en posición decúbito lateral izquierdo, vistiendo pantalón de pana, alpargatas blancas y chaqueta marrón. El segundo, tendido en el suelo en posición decúbito prono, vistiendo pantalón de pana y camisa caqui.

En la habitación de la derecha se encontraba un hombre en posición decúbito supino, vestido con pantalón marrón y camisa blanca.

En la habitación que está situada frente a la puerta de entrada y al fondo, se hallaban dos hombres en posición lateral derecha que vestía pantalón de pana y una camiseta deportiva.

En la siguiente habitación, reservada como pajar, encima de la paja, se hallan otros dos hombres, el primero en posición decúbito supino, vistiendo pantalón y chaqueta clara y el otro también tendido sobre la paja, con manchas de sangre en la cabeza y extremidades inferiores, herido muy grave».

Todos calzaban alpargatas blancas, lo que nos indica que a este Grupo, aún no le había llegado el uniforme con el que «Roberto» estaba equipando a todos sus hombres.

El guerrillero herido muy grave, fue atendido urgentemente por el médico anteriormente citado, que al ver la gravedad de las heridas, solicitó el rápido traslado al hospital.

Mientras que el médico practicaba una cura de urgencia, la fuerza represiva trataba de interrogarlo. Esto fue lo que dijo: se llamaba Manuel Rodríguez Rodríguez, vecino de Bayacas (un anejo de Órgiva), de veinticinco años, era soltero, y sus padres se llamaban Manuel y Loreto.

Se había incorporado primeramente, a una Partida que operaba por la Sierra de Lanjarón, a las órdenes de los hermanos Luque, para pasar posteriormente, a formar parte del Ejército guerrillero. Entre otras cosas, diría que había tomado parte, junto con sus compañeros muertos, en el secuestro, de Bernardino, un vecino de Bubión ocurrido hacía dos días.

Que desde allí, marcharon hacia Capileira, donde tuvieron un encuentro con la Guardia Civil de esa localidad, tras lo cual, emprendieron la retirada, no sin antes, dejar en libertad al secuestrado.

El lugar adonde vinieron a refugiarse, fue a este Molino en el que todos sus compañeros habían encontrado la muerte.

Todavía a requerimientos de su interrogador, tuvo aliento para añadir que el jefe del Grupo era Antonio González Vázquez, (a) El Bota, de unos 37 años, natural de Órgiva, del que dice que resultó muerto a las pocas horas de ser cercados y establecerse el tiroteo.

Otro era Francisco Oliveros Oliveros (a) Matagallos, de unos 25 años, natural de Almegíjar y vecino de Órgiva.

El tercero, era José Sáez Carmona (a) Manquillo de unos 35 años, también como el anterior, nacido en Almegíjar y vecino de Órgiva.

Otro de los fallecidos era Nicolás Lorenzo Almendros, natural de Cástaras, sobrino de Serafín Lorenzo de Cara, y que solo llevaba unos días en la Guerrilla, pues se había incorporado a últimos del mes de junio.

Benito Lozano Díaz, (a) Lozano, de Lanjarón, por ser oriundo de este pueblo.

Antonio González Díaz (a) El de la Haza de Lino, del que dice no saber más datos. Nosotros sabemos que también era conocido por «Antonio el de la Luque», que era natural y vecino de Polopos, de 28 años, soltero, hijo de Juan y Guadalupe y que estaba en la Sierra desde octubre de 1946.

Pese a su extrema gravedad, continúan interrogándolo, por lo que le preguntan si este Grupo tuvo que ver en un secuestro que tuvo lugar el día 30 del pasado mes en el cortijo La Loma de los Pinos, término de Torvizcón, a lo que el herido contesta que sí fue su Grupo, estando al frente de esa operación Francisco Oliveros y Antonio González Vázquez, trasladándose posteriormente, a Bubión donde pretendieron realizar otro secuestro, pero que resultó frustrado.

Al preguntarle el por qué no se rindieron cuando se sabían rodeados y sin posibilidades de escapar, responde que se habían juramentado de resistir hasta la muerte y así evitar dar informes acerca de su Organización, los enlaces que tenían y de sus cómplices.

Llegado este momento, dice textualmente el informe: «que hubo de suspender el interrogatorio, certificando a los pocos momentos el médico que le asistía, su defunción en el cortijo de la Rambla de Cástaras».

Al parecer, por orden del jefe del Grupo los integrantes del mismo procedieron a destruir todos los efectos de valor que portaban incluyendo los billetes de banco.

Por ello, la fuerza represiva sólo pudo inventariar el armamento del Grupo, que estaba compuesto por cinco escopetas, un rifle, un fusil, tres pistolas y un revólver.

Desde el mismo lugar del suceso, se envió, con un emisario, una carta al alcalde de Cástaras, para que permitiera que los guerrilleros muertos, fuesen enterrados en Torvizcón en lugar de Cástaras.

El informe del teniente de la fuerza, señala que cuando iban detrás de los autores de un secuestro perpetrado el 30 de junio en el cortijo Loma de los Pinos, llegaron al cortijo Molino de La Rambla sobre las diez de la noche y cuando estaban procediendo a su reconocimiento, desde una casa deshabitada y aislada, que se encuentra a unos cien metros, les hicieron fuego al que ellos respondieron, cercando la mencionada casa para impedir que pudieran fugarse e instando a los del interior a que se rindieran.

Ante la negativa de éstos, el teniente ordenó en las primeras horas de la mañana, ya del día cuatro, el asalto de la casa arrojando bombas de mano, hasta que pudo observar que no respondían con sus armas los del interior.

Una vez que entraron dentro de la casa, se encontraron con seis cadáveres y un herido grave.

Trasladados los fallecidos a Torvizcón, antes de que se les practicara las preceptivas autopsias, se hizo venir, a Bernardo Díaz Moreno, vecino de Órgiva el cual había sido secuestrado en febrero de ese mismo año, y que tuvo que entregar 50.000 pesetas por su libertad. Bernardo pudo reconocer a cuatro de ellos como autores de su secuestro.

También fueron citados, para ver si los reconocían como autores de sus respectivos secuestros, Bernardino Fernández y Victoriano Alonso, el primero dueño del cortijo de la Loma de los Pinos, término de Torvizcón y el segundo, atracado el 30 de junio.

Bernardino reconoció a todos, afirmando ser los mismos que en Capileira sostuvieron un encuentro con los guardias civiles y que, como consecuencia del mismo, fue abandonado cuando éstos se dieron a la fuga.

El día 5 de julio tuvieron lugar las autopsias de los fallecidos a cargo de los doctores Francisco López Vilches y Rafael Jiménez Sánchez, el primero titular de Cástaras y el segundo de Torvizcón.

Vamos a limitarnos a indicar solo unos datos, prescindiendo de los términos técnicos de las mismas. Así podemos señalar que según las apreciaciones de los forenses, el mayor tenía 35 años y el más joven, tan solo 18.

Hay una particularidad, todos tenían un disparo en la cabeza, en la zona occipital o próxima a ella. Lo que nos hace pensar que fue cierto lo que antes de morir Manuel Rodríguez, dijo al teniente, por lo que más seguro es que los hechos se produjeran del siguiente modo: una vez que advirtieron que estaban cercados, se pudo producir un cambio de disparos entre los contendientes, y que los cercados, viendo lo inútil que resultaría intentar una salida, decidirían una vez que destrozaron sus pertenencias y el dinero que llevaban, bien suicidarse o que fuese su compañero quien lo hiciese.

Por eso cuando al amanecer, reiniciaron la ofensiva, ésta no tuvo respuesta, lo que hizo que se pudieran acercar a la vivienda y arrojar varias bombas en su interior. La metralla de las mismas pudo ser la causante de las otras heridas que presentaban algunos de los cadáveres situadas especialmente en las piernas. Todos fallecieron de hemorragia cerebral.

El día cinco de julio de 1947, fueron inscritas por el juez comarcal, las muertes de siete hombres, en el libro de defunciones de Torvizcón, con indicación de edad y naturaleza.

Fueron enterrados, como hemos indicado, en el cementerio de Torvizcón en una fosa común, de unos seis metros de ancha, medio metro de altura y dos de larga. Los cadáveres se situaron unos al costado de otro y boca arriba, sobre el suelo, con la cabeza al norte y los pies al sur, empezando de este a oeste. La fosa está situada a unos dos metros de distancia de la puerta de entrada y a un metro a la izquierda según se entra.

 

 

 Dos vistas, tomadas desde  La Loma, del Molino de la Rambla de Cástaras, donde tuvieron lugar los hechos. En ambas se aprecia El Cortijillo en primer término y Cástaras arriba.
 
(Foto: izquierda Miguel García Martín, ca. 1945; derecha: cortesía de FAJM (Flickr), 2009).

 

 

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Certificaciones en extracto de las actas de defunción de los siete guerrilleros muertos en la Rambla de Cástaras, emitidas al día siguiente de los hechos. (Pulsar para ampliar)

 

A continuación transcribo literalmente, una información que apareció en una revista que publicaba la Guardia Civil en la que además de aportar temas históricos, de ordenanzas y otros temas de interés para los guardias, había un apartado de hechos importantes en los que la fuerza represiva había exterminado a una Partida, o se resaltaba el heroísmo de un guardia que con riesgo de su vida puso en fuga a unos bandoleros.

Estos relatos, por lo general, se publicaban con un año o más tiempo, excepcionalmente se daban los nombres de los guardias, y por lo general, el relato solía ser contado por algún guardia participante o por otro al que le hubiese sido referido de primera mano.

Como se puede observar, creemos que en algunos aspectos el relato dista bastante de cómo sucedieron los hechos, ¿fueron tergiversados los primeros informes, o lo fueron estos últimos?

«A raíz de los atracos cometidos en diversos puntos de la provincia de Granada y concretamente en el cortijo denominado ‘Loma del pino’, del término de Torvizcón, así como otros en los de Órgiva y Cástaras, fuerzas de la 136 Comandancia bajo el mando directo del Comandante Jefe del sector interlímite con Almería y el Teniente Comandante de la 7ª Compañía, lograron cercar primero y batir después al grupo compuesto por siete bandoleros que habían secuestrado a dos vecinos del pueblo de Bubión.

Localizados los bandoleros en el lugar conocido por ‘Barranco de la Sangre’ por fuerzas del Puesto de Capileira, con la que sostuvieron tiroteos, merced a las diligencias practicadas se averiguó que los huidos se habían refugiado, haciéndose fuertes, en el cortijo de La Rambla del término de Cástaras.

Previamente colocadas las fuerzas en los lugares estratégicos, el Teniente Comandante de la 7ª Compañía se subió al tejado de la casa, acompañado de los guardias Ramón y Eduardo, y arrojaron bombas de mano, al propio tiempo que contestaban con disparos de fusil a los que desde el interior del cortijo hacían los bandoleros.

Después de varias horas de lucha, lograron dominarles y fueron hallados en el interior los cadáveres de seis de los bandidos, así como otro de ellos gravemente herido.

Fueron recogidas numerosas armas, entre ellas, un fusil mauser, un rifle, cinco escopetas de dos cañones, tres pistolas automáticas, un revolver, seis cartuchos de dinamita con mecha y abundante munición, así como documentación y billetes de Banco destrozados.

Identificados los cadáveres merced a la declaración del herido, resultaron ser los de Antonio González Vázquez jefe de la partida; Francisco Oliveros Oliveros (a) Matagallos; un tal José que era natural de Almejijar; Benito Lozano Díaz, Manuel Rodríguez Rodríguez, Antonio González Díaz. El herido, llamado Nicolás Lorenzo Almendro, confirmó, que después del atraco al cortijo de Loma del Pino secuestraron a dos personas en Bubión, teniendo que ponerlas en libertad al ser sorprendidos por la Guardia Civil.

Parapetados en el cortijo, el jefe del grupo dirigió la resistencia hasta que resultó muerto por un disparo de la fuerza, y al caer a tierra estalló una bomba que tenía en la mano, matando a dos de sus compañeros e hiriendo a otros dos, acordándose entonces por los restantes destruir los billetes robados y cuanto tuviesen de valor.

Al ser trasladado el herido, su estado era tan grave que falleció poco después.

Los siete bandoleros muertos son autores de numerosos delitos cometidos en la provincia de Granada y últimamente de los atracos a un vecino de Órgiva, al que robaron cincuenta mil pesetas, siete mil trescientas a otro y veinte mil en el citado cortijo de ‘Loma del pino’».

En otra Nota Informativa reservada de la Guardia Civil, en concreto del Jefe del Sector de Ugíjar, dirigida al Servicio de Información de la Guardia Civil, Dirección General en Madrid y fechada en 11 de agosto de 1947, nos puede indicar hasta qué punto llegaba el brazo alargado de los servicios de información de la Guardia Civil.

En este informe se dice que:

«En diferentes ocasiones y últimamente en el pasado mes de febrero, el individuo S. A. R., vecino de Cástaras, albergó y dio de comer en su casa a una numerosa partida de bandoleros.- También se sabe que fue portador de una carta que le entregó el Jefe de la Partida para que se la llevara a un individuo de Cádiar a fin de organizar en dicho pueblo una estafeta de propaganda extremista, cosa que efectuó sin la mayor dilación».

En dicho Informe, la Guardia Civil continúa denunciando las interferencias que realiza un cura, para que ellos no puedan culminar el servicio.

No nos quedan claros los fines del sacerdote en este asunto, por lo que solo deseamos constatar que ni siquiera los curas quedaron exentos de ser investigados. Por cierto, hay que señalar que algunos de ellos, los menos, trataron de favorecer a los guerrilleros por no estar de acuerdo con los métodos que utilizaba la fuerza represiva. Un ejemplo de éstos fue el del párroco de Torrox, don Bartolomé.

La Información continúa:

 «La conveniencia del servicio, ha aconsejado dar un ejemplo en la demarcación del Sector, no habiéndolo podido realizar hasta la fecha por tener noticias de que el párroco de El Fargue llamado Don Miguel, es primo del relacionado, al cual aconseja y con preguntas intriga el normal desenvolvimiento del servicio. Se sabe que el referido párroco ha hecho gestiones para enterarse si en la cárcel de Granada, se encuentra el C que nos sirvió para la captura de la partida en la Rambla de Cástaras.- También parece que se interesa por los dos hermanos «Amadores» detenidos con motivo del atraco a la Casería del Mercado.- El Comandante del Puesto de Cástaras, en vista de todo lo expuesto, obra bajo la impresión y temor de que el mentado PÁRROCO visita e intriga mucho en Capitanía General y en consecuencia se le nota en su servicio cierta preocupación».

 

 

 

La muerte de Juan Salas

Apenas había pasado mes y medio, cuando el pueblo volvió a convulsionarse con otra muerte. La del vecino Juan Salas Montoro, de sesenta años. El hecho sucedió en la madrugada del 15 de agosto.

Según la Guardia Civil, resultó muerto después de sostener un tiroteo con la fuerza represiva en el punto conocido por la Alberca anegada, situada en la Casería del Mercado, término de Almegíjar.

Posteriormente, se aclara que, Juan Salas era enlace de los guerrilleros, aunque el comandante de puesto en la instrucción del Procedimiento, insiste en que hubo un tiroteo, una vez que hubiera dado la preceptiva voz de «alto a la guardia civil», agregando, que al oír su voz, «los bandoleros hicieron uso de sus armas, por lo que se vieron obligados a repeler la agresión» añadiendo, que no se pudo apreciar el número de componentes de la Partida, los cuales tomaron la dirección de la sierra de Jubiles, por lo que una vez perdida la pista, se quedaron custodiando al fallecido.

El Juez Municipal, avisado para que se personase en el lugar del suceso con el fin de autorizar el traslado de Juan, señala en su informe que dicho cadáver se hallaba a unos cuarenta metros de la citada alberca, precisando que en el citado lugar, se hallaba tendido un hombre en el suelo, en posición decúbito supino, teniendo los pies en dirección este y los brazos caídos sobre los costados. Vestía pantalón de tela oscuro, chaqueta clara y sombrero de paja. No se le halló nada en los bolsillos.

El reconocimiento de que se trataba de Juan Salas Montoro, corrió a cargo de la propia fuerza represiva, por estar los componentes del apostadero, destinados en Cástaras.

La autopsia que se le realizó en Almegíjar estuvo a cargo de los doctores Francisco López Vilches y Rafael Méndez Martínez, los cuales atestiguaron que la muerte de Juan Salas fue provocada por tres disparos que le entraron por el costado derecho y que salieron por el izquierdo.

Tenemos claro que en los documentos, la interpretación más veraz la dan los médicos que practican las autopsias o curan las heridas, pues a través de sus informes, podemos imaginar cómo en realidad sucedieron los hechos, que muchas veces, distan bastante de las informaciones que suscriben los autores.

Dudamos que Juan Salas formase parte de una Partida, en todo caso, podría haber ido acompañado por otro compañero, para entre los dos llevar los víveres encargados o simplemente, para compartir entre los dos el miedo que lógicamente les invadía.

En este caso, no se alude a que llevase víveres, luego debemos suponer que venía de vuelta, aunque es extraño que no mencionaran que llevase dinero, cuando es sabido que los enlaces, sabían lo que se jugaban, por lo que no solían ir al encuentro de los guerrilleros por el mero hecho de pasar el rato con ellos, las cosas no estaban para riesgos inútiles. Eran más prácticos, llevaban víveres y recibían dinero a cambio, el riesgo que corrían como el caso que nos ocupa, desde luego, no tenía parangón con la cantidad recibida, que solía ser de unas cincuenta pesetas, aparte del beneficio que pudieran haber sacado en la transacción.

Los tres disparos recibidos por Juan en el costado, indican claramente que los tres componentes del apostadero, pues solo se componían de ese número, dispararon al unísono, cuando Juan se encontraba perpendicularmente al lugar donde ellos se encontraban. Habría que descartar que los hubiese sobrepasado e intentado correr, ya que de ser así, los disparos los tendría en la espalda. En cambio, si Juan todavía no hubiese llegado hasta el sitio del apostadero, entonces por lógica los disparos le habrían alcanzado en el pecho.

Era probable que los guardias, sospechasen de Juan, ya que los tres lo conocían y del que no tenían buena opinión, resaltando que tenía muy malos antecedentes y que incluso, anteriormente había estado en prisión por haber cometido un asesinato.

Juan fue enterrado en el cementerio de Almegíjar, en una fosa situada a cinco metros a la derecha de la puerta de entrada y junto a la tapia sur del citado cementerio, con la cabeza hacia el oeste y los pies al este.

 

 

 

El final del guerrillero Serafín Lorenzo de Cara

Ya hemos contado la corta vida de guerrillero que tuvo Nicolás Lorenzo Almendros, a continuación, nos vamos a referir a su tío Serafín Lorenzo de Cara, también natural de Cástaras.

Apenas conocemos datos sobre su persona ni los motivos que le llevaron a tomar el camino del Monte así como las circunstancias por las que se erigió en jefe de una Partida que merodeaba por las Alpujarras.

Era hijo de Isidro y Josefa, había nacido en 1913, por lo que murió joven, con 34 años. Cuando apareció en el mismo escenario el «Polopero» pretendiendo unir a todas las Partidas de la zona, en el flamante Octavo Batallón, recién formado por Roberto y al que nombró como jefe con todos los pronunciamientos favorables a Paco el «Polopero», a Serafín no le quedó más remedio que acatarlo.

Serafín pasó a ser jefe de la Segunda Compañía, compuesta por nueve hombres, teniendo como zona de acción, además de los límites de su pueblo, hasta Trevélez.

Parece evidente, que donde encontrará más apoyos debía ser en personas de su propio pueblo, bien por lazos familiares o de amistad.

Incluso podríamos deducir, que cuando a primeros de julio, quedó casi extinguida su Compañía, entre los que figuraba un sobrino suyo, él debía ser uno de los tres que se refugiaron esa noche en casa de Carmen Gualda.

Sabemos que su muerte tuvo lugar en un anejo de Motril conocido por Los Tablones, y que ésta se produjo en la noche del 30 de julio, es decir, tres semanas después de que la Guardia Civil, hubiese aniquilado en Cástaras, la que fue su Compañía.

Hay que indicar que en el verano de 1947, la fuerza represiva desplegó una fuerte ofensiva contra el Movimiento guerrillero. Como muestra podemos indicar los cinco guerrilleros, ¿lo eran de verdad o solo elementos a los que la fuerza represiva consideraba peligrosos?, muertos en Cerro Negro, término de Órgiva y que fueron enterrados como desconocidos. Lo mismo ocurrió con seis dirigentes de Málaga a los que después de detenerlos, los llevaron al lugar conocido por Las Contadoras, donde fueron muertos.

Se trataba de amedrentar y terminar con ese problema guerrillero que, pese a esas medidas, cada día tenía más adeptos, aunque quizás fuese más que por ideología, por el miedo que las autoridades franquistas lograron infundir.

Los hechos que condujeron a la muerte de Serafín fueron los siguientes: parece ser, que anteriormente, había sostenido una fuerte discusión con «Polopero» por el motivo que éste quería permanecer en unos cortijos existentes en Los Tablones, en los que tenían muy buenos apoyos, mientras que Serafín, que probablemente no se le fuese de la cabeza la pérdida de Nicolás su sobrino, y la de casi toda su Compañía, era partidario de continuar la marcha hasta la Sierra.

Predominó la decisión de «Polopero», que con su decisión provocó la muerte de catorce personas.

Los guerrilleros se distribuyeron en dos o tres cortijos, en uno de ellos, propiedad de Paulo Martín, se acogieron Serafín, Francisco López Frías y otro que aparece como Antonio el de Los Tablones.

El azar quiso que Francisco Correa, un ratero que en compañía de otro, habían robado en un cortijo, fuese reconocido en Motril por la hija del cortijero que se apresuró a denunciarlo. En los interrogatorios, éste diría que en el cortijo de Paulo Martín se ocultaban unos guerrilleros.

El teniente de la Guardia Civil, esa misma noche preparó una misión para la detención de los habitantes del cortijo. Con una sección se aproximó al citado cortijo al que después de situar a sus hombres, se presentó solo.[2]

Lo lógico es que hubiera esperado hasta el amanecer, porque por lo general, los guerrilleros no solían dormir en el interior de los cortijos, aunque sí muy próximos a ellos, para evitar ser copados. Hay que reconocer que esta normativa que aconsejaba el no hacerlo, era observada por los guerrilleros del Sexto y Séptimo Batallón, no tanto por los del Octavo, que al parecer, no escarmentaba de lo peligroso que resultaba.

Es muy probable que el teniente, conociendo esa norma, se acercara hasta el cortijo para detener a sus habitantes, por lo que no dudó en ir solo, sabía que la noche le favorecía y que al oír los golpes dados con firmeza en la puerta, amedrentaría a los moradores que saldrían al exterior tal y como él había ordenado.

Los golpes dados en la puerta provocaron la normal sorpresa entre todos los que estaban en el interior que no sabían qué actitud tomar. Por lo pronto, demoraron abrir la misma, haciéndolo solo cuando oyeron decir al teniente que procedían de inmediato a incendiar el cortijo.

En ese momento, salió Paulo en calzoncillos pidiendo permiso para terminar de vestirse. Al volver a entrar, el teniente lo siguió al interior. Hay que señalar que el cortijo no disponía de luz, por lo que la única era la linterna que llevaba el teniente

Apenas había entrado al interior, fue cuando al parecer, Serafín le disparó[3] y que entonces, antes de caer herido mortalmente, el oficial tuvo tiempo de efectuar un disparo que acabó con la vida de Serafín.

Con él se hallaba otro guerrillero llamado Francisco Frías López, que como represalia a la muerte del teniente, sería fusilado junto con otras diez personas entre las que se encontraban una mujer embarazada y un adolescente.

Los guerrilleros que se hallaban en un cortijo próximo y entre los que debía encontrarse «Polopero», poco hicieron para ayudar a sus compañeros, pues dedujeron que los disparos oídos habían acabado con sus vidas desde el primer momento, por lo que tomaron el camino de la Sierra.

 

Recorte con la noticia de la muerte de Serafín «el de Cástaras» en  la página 3 de la edición de Mundo Obrero del 21 de agosto de 1947.

 

Recortes de las páginas  primera y segunda de IDEAL del 1 de agosto de 1947, con la noticia de la muerte del teniente Morales y de Serafín Lorenzo, mencionando también el suceso de La Rambla en el que resultaron muertos siete integrantes del grupo de Serafín.

(Cortesía de la Sección de Documentación de IDEAL).

 

 

 

 

El caso de Rogelio Ramírez

A los hechos anteriormente relatados, todos ellos en el verano de 1947, hay que añadir el siguiente caso, aunque éste no fue descubierto hasta 1952, cuando ya la Resistencia guerrillera estaba finiquitada.

El día 8 de septiembre de 1952, fue detenido en su domicilio por la Guardia Civil, el vecino de Cástaras, Rogelio Ramírez Expósito (a) el Gorrita, acusado de haber dado cobijo en su casa a guerrilleros, sin que hubiera dado cuenta a las autoridades.

Suponemos, que este hombre se creía ya tranquilo pues ya había pasado el tiempo suficiente sin que lo hubieran detenido y que por lo tanto, podía respirar tranquilo.

Pero se equivocaba, porque nunca pudo sospechar que a estas alturas, un jefe guerrillero al que había alojado en su domicilio, había decidido entregarse y que entre las manifestaciones que de mejor o peor grado realizó a la Guardia Civil, se acordara y así lo hiciera saber a la fuerza represiva, que en Cástaras, en un momento muy apurado, encontró su salvación gracias a la ayuda prestada por Rogelio Ramírez del pueblo de Cástaras.

Su delator, Francisco López Pérez, más conocido como Paco el Polopero,[4] el cual, después de haber sufrido varios contratiempos graves en enfrentamientos con la Guardia Civil en la que los propios guerrilleros cuestionaron la táctica puesta en práctica por «Polopero» que costó al Ejército guerrillero la muerte de un elevado número de guerrilleros. Casi con toda seguridad el más grave fue el que se dio en Cástaras, donde en julio de 1947 fue eliminado un Grupo de siete guerrilleros.

«Polopero» dejó de ser el jefe de la Segunda Compañía después de que sus subordinados analizaran sus fracasos tácticos, a los que había que añadir otros asuntos que también contaron a la hora de su destitución pasando a ser teniente ayudante sin mando. Todo ello acordado por sus propios subordinados los cuales, esperaban encontrarse con el mando superior guerrillero, para que como era preceptivo, tras una asamblea general de guerrilleros, fuesen estos los que juzgaran los errores cometidos por «Polopero» y decidieran sobre su futuro.

Desde luego, pensamos que de conocer sus compañeros, la actuación que tuvo el 3 de julio de 1947, no hubieran esperado siquiera a que fuese la Asamblea la que decidiera su suerte.

No pudiendo «Polopero» soportar la situación en la que se encontraba, decidió huir para entregarse a la Guardia Civil. Ésta, como era de esperar, le aplicó los mismos parámetros que a todos los guerrilleros que caían en sus manos, exprimiéndolos al máximo para que recordaran todo aquello, por más nimio que fuese, sobre quiénes eran sus acompañantes y sus colaboradores o aquellos que le prestaron ayuda.

Una vez detenido «Polopero», el teniente coronel Eulogio Limia, solicitó al Juez que lo dejara durante un tiempo, al servicio de la Guardia Civil, en lugar de pasar a la cárcel, como era preceptivo.

Esta colaboración era muy frecuente, sobre todo cuando, como en este caso, se trataba de alguien que podía aportar muchos datos.

Su caso nos recuerda al de Manuel Martín Vargas, teniente guerrillero y encargado de entenderse con los enlaces, a los que directamente le hacía los encargos y los pagos. El daño que causó a la Guerrilla fue irreparable pues más de cien personas entre colaboradores y enlaces fueron detenidos, además de crear una justificada desconfianza entre los campesinos.

No obstante, existen diferencias ya que cuando en plena ebullición del problema guerrillero, la fuerza represiva utilizó a Manuel Martín Vargas, que se entregó en 1949, el problema estaba en plena actualidad.

En cambio, cuando se entregó «Polopero», la Guerrilla estaba dando sus últimos estertores, entre otros cometidos falló en la operación en la que la fuerza represiva, tras las indicaciones del detenido, pensaba detener al Grupo del que había desertado.

Pero sí fue eficaz a la hora de ofrecer datos acerca de todas aquellas personas que en su día, aunque hubieran pasado cuatro años, les hubieran ayudado.

Según decían, «Polopero» era una persona que anotaba en un cuaderno todo lo referente a sus actuaciones y por consiguiente, aparecían nombres de todos los colaboradores y enlaces de los que recibía ayuda.

¿Fue «Polopero» con este cuaderno a la Guardia Civil, para de este modo tratar de reducir la pena que le fuese impuesta?

Lo que sí sabemos es que se equivocó, pues aunque no está demasiado clara la forma en que murió, la que tiene menos visos de ser cierta es la que dio la propia Guardia Civil que aseguraba que estando próxima su entrega a la autoridad judicial, decidió fugarse para reintegrarse con sus antiguos compañeros.

Esta versión resulta tan increíble, que hace creer la de que una vez que llevaba nueve meses con ellos, era ya una persona incómoda a la que lo mejor para todos era aplicarle la ley de fugas, como así sucedió el 31 de octubre de 1952.

Volviendo a nuestro tema, el 8 de septiembre de 1952, en uno de los interrogatorios a los que fue sometido «Polopero» por el Jefe de grupos y Destacamentos de Órgiva, confesó que a primeros de julio de 1947, se encontraba actuando con un fuerte Grupo en la zona de Cástaras.

Uno de estos Grupos, después de haber sostenido un encuentro con la Guardia Civil, fue cercado durante toda una noche por ésta.

Esa misma noche, él al frente de otro Grupo, buscó refugio en el pueblo de Cástaras, en una casa situada en el barrio del Enmedio, propiedad de un matrimonio que tenía una hija soltera que solía hacer frecuentes viajes a Granada.

Añade algo que es increíble en un jefe guerrillero y es que, desde las ventanas de la casa en la que se encontraban refugiados, podían ver el fulgor y oír el ruido de los disparos producidos por el encuentro entablado entre sus compañeros y la Guardia Civil.

Lo normal hubiera sido acudir en ayuda de los sitiados y de esa forma tener a la fuerza represiva entre dos fuegos, pero tanto él como sus dos acompañantes, prefirieron la seguridad que les ofrecía la casa donde estaban alojados y en la que permanecieron «descansando y comiendo». Suponemos que Rogelio les informaría de las noticias que ya circulaban por el pueblo.

Esta información realizada ante el teniente de la Guardia Civil de Órgiva termina diciendo, que él solo estuvo únicamente esa vez en casa de Rogelio, pero que sí sabía que Serafín Lorenzo de Cara, solía frecuentar dicha casa.

Inmediatamente, el teniente ordena, por medio de un telegrama dirigido al Comandante de Puesto de Lanjarón, que se persone en Cástaras y proceda a la detención de Rogelio Ramírez, al que como ya dijimos, después de haber transcurrido seis años, lo último que podía imaginar era que volvieran los fantasmas amenazantes de tiempos pasados.

Una vez en el cuartel, dijo en la declaración que se le tomó que tenía 46 años, (en 1952), hijo de Juan y Elena, natural y vecino de Cástaras, calle de Enmedio, con instrucción y sin antecedentes.

Dice que cree recordar, que en la noche en la que la Guardia Civil sostuvo un encuentro con una Partida, en la que dio muerte a todos sus integrantes, cuando la noche ya estaba avanzada, llegaron a su casa tres guerrilleros los cuales permanecieron en la misma, toda la noche así como el día siguiente dedicándolo a comer y a dormir.

Lo que a continuación expone, puede ser cierto o por el contrario, tratar de constituir una autodefensa para así disminuir sus responsabilidades. Esto fue lo que dijo: que la casa no era suya sino de la mujer con la que hacía vida marital desde hacía unos ocho años, llamada Carmen Gualda Espinosa y que él ignoraba si antes de marchar los visitantes, gratificaron a su mujer por la ayuda prestada.

Asimismo ignoraba, si éstos mismos u otros guerrilleros, habían pasado por la casa en alguna otra ocasión.

Creemos que lo anteriormente dicho, como lo que a continuación diría, fue fruto del desconcierto que le produjo la situación en la que se hallaba, sin medir las consecuencias de implicar a otra persona en el problema. Algunas personas a las que hemos entrevistado, al explicarnos su caso particular, decían que era terrible el verse en el cuartel y lo que ello presuponía, el terror que experimentaban, hacían asentir a todo aquello que sus interrogadores les insinuaban pues era cuestión de supervivencia.

Añade que, nunca les suministró víveres y que por lo tanto, jamás recibió dinero por parte de ellos y que si no dio cuenta, fue porque en su condición de hacer vida marital con Carmen Gualda y de vivir en su casa, hacía que no se metiese en nada de lo que en dicha vivienda sucediera.

El teniente le dice que, si no sabía que al no dar cuenta de lo que ocurría en el domicilio en el que convivía con su mujer, se hacía cómplice y encubridor, a lo que Rogelio responde, que otro de los motivos para silenciarlo, era el miedo que le tenía a la familia de su mujer.

Después de estas manifestaciones, el teniente le comunicaría que desde ese momento, quedaba detenido y que iba a ser trasladado a la Prisión de Granada.

El día 15 de septiembre, en la citada prisión, comparecería ante el juez instructor, al que ante sus preguntas, asegura que se afirma en todo lo que una semana antes, había dicho a la Guardia Civil, ya que nunca suministró a los guerrilleros, por lo que tampoco recibió gratificación alguna por parte de ellos y que si no dio cuenta, fue por el miedo que los bandoleros le infundieron.

Después de oírlo, el juez decretó la prisión preventiva al aplicar el decreto ley de 18-4-47 por auxilio a bandoleros.

El 17 de septiembre de 1952, le sería notificado a Rogelio su procesamiento, a la vez que se le conminaba a que nombrara a un defensor militar, por cierto que ya debería estar más instruido sobre este particular, pues respondería que se reservaba ese derecho para más adelante.

Ese mismo día, se le practicó la preceptiva indagatoria que aportó los siguientes datos: de estatura regular, pelo castaño, barba poblada, color moreno y ojos melados.

El día 20 de octubre, quedó en libertad provisional. Curiosamente, el juez tomaría declaración el día 21 a «Polopero», lo que nos hace pensar, el poco interés que en 1952, tenían para los jueces este tipo de delitos de carácter retroactivo.

No fue éste el único caso que se dio en el que podemos observar las divergencias existentes entre los jueces militares y altos mandos de la Guardia Civil que se empecinó en continuar realizando detenciones masivas, incluso algunos de los guerrilleros que fueron detenidos en este año o el anterior, no tuvieron más remedio que recordar hechos que habían sucedido hacía cuatro o cinco años antes.

Seguro que en otro momento, el juez hubiera careado a «Polopero» que por cierto, continuaba al servicio de la Guardia Civil y por lo tanto, no estaba en prisión con Rogelio para que el juez hubiese tratado de conocer hasta dónde llegó su implicación.

El juez preguntará a «Polopero» si se afirmaba y ratificaba en lo dicho a la Guardia Civil, a lo que éste contestó afirmativamente. Los jueces militares, no eran muy proclives a que la Guardia Civil, tuviese a su servicio a guerrilleros, justificando esta tardanza en ponerlos en manos de la justicia y en la prisión, por serles muy necesarios en las investigaciones.[5]

Es por eso, por lo que el juez le preguntaría el tiempo que llevaba al servicio de la Guardia Civil.

«Polopero» le responde que se presentó el día 1 de enero de 1952 y que desde ese día colaboraba para la captura de sus excompañeros.

La siguiente en declarar ante el juez, el día 27 de octubre, fue Carmen Gualda Espinosa, de 47 años, viuda, natural de Trevélez y vecina de Cástaras, hija de José y Otilia, sin instrucción, domiciliada en la calle de Enmedio y sin antecedentes.

El juez le pregunta por el número de veces que los guerrilleros han estado en su casa, así como por el número de comidas que ha realizado para ellos y por consiguiente, por el dinero que de ellos hubiera recibido.

La contestación de Carmen, nos parece ya un poco estudiada, pues dice que nunca ha visto a los guerrilleros en la casa de su propiedad y lo justifica diciendo que su casa está enclavada en el centro del pueblo, con lo que daba a entender que desde luego, no era un refugio discreto para los guerrilleros.

Que es cierto que hace vida marital con Rogelio Ramírez, pero vuelve a reafirmarse, de no haber visto a los guerrilleros en su casa y que lógicamente, nada ha podido recibir de ellos. Añade que posee un pedazo de terreno junto a la Sierra, heredado de su marido, pero que en el mismo, no existe siquiera una pequeña casa, siendo ella la encargada de realizar las faenas que el mismo necesitara para lo cual, sale de su casa muy temprano y regresa ya de noche.

Con ello quería indicar que no se enteraba de las cosas que sucedían en el pueblo, por ejemplo, cuando hubo un tiroteo en el que murieron unos cuantos guerrilleros, ella se enteró porque se lo contó una vecina.

Entonces, el juez le pregunta si tenía noticias de que su marido Rogelio hubiera recibido en su casa, a los tres guerrilleros que durmieron y comieron. Carmen le responderá que Rogelio, con el que llevaba haciendo vida marital ocho años, nada le había dicho sobre este particular, pero no debía de extrañar, porque era bastante bebedor, por cuyo motivo sostenía con el mismo constantes disgustos, siendo esto, por lo que nunca le decía nada acerca de los guerrilleros ni de otros asuntos.

Podemos entender las contradicciones existentes entre los dos, pues lo que querían era eludir personalmente, cada uno su problema.

Las autoridades locales de Cástaras informarían al juez mediante un oficio, que Rogelio era de mala conducta, habiendo pertenecido antes de la guerra, a la UGT de la que fue propagandista y que cuando el ejército franquista llegó al pueblo, huyó a la zona republicana.

El informe que la Guardia Civil dirige al juez, añade a lo anterior, que en la casa que habitaba Rogelio, solían tener frecuentes reuniones que atentaban contra la moralidad.

Con esta breve instrucción, el juicio quedaría fijado para el 7 de mayo de 1953. Dos días antes, el defensor había presentado sus conclusiones en las que diría que no estaba de acuerdo con las del fiscal, pues desde que ocurrieron los hechos hasta la fecha, han pasado más de cinco años, por lo que el delito había prescrito, según determinaba el artículo 113 del Código Penal.

El Consejo de guerra, presidido por el teniente coronel Luis García Viedma, tras oír las alegaciones, tanto del fiscal como las del defensor y preguntado el encartado si tenía algo que alegar, éste contestó que no.

Tras esto, el Tribunal se reunió en sesión secreta para acordar la sentencia que fue absolutoria.

El decreto del Capitán general, con fecha 22 de junio de 1953, daba cuenta que en la referida fecha quedaba Rogelio en libertad definitiva.

 

 

 

José Aurelio Romero Navas

Doctor en Historia

 

 


[1] Causa 1303/45

[2] La hoja de méritos, era muy importante en este Cuerpo, servía para ascender más rápido o para que le concedieran una medalla que implícitamente llevaba una cierta cantidad como premio.

[3] Hay quien asegura que fue Paulo quien disparó.

[4] Para más información, ver: Romero Navas, José Aurelio: Censo de Guerrilleros y colaboradores de la Agrupación Guerrillera de Málaga-Granada. Biblioteca Popular Malagueña. Diputación de Málaga, 2004. También tengo noticias de que recientemente se ha publicado un libro sobre el «Polopero».

[5] De hecho, si las cosas se hubieran realizado correctamente, «Polopero» no hubiera muerto el 31 de octubre de 1952 pues el lugar donde tenía que estar era en la cárcel.

 

José Aurelio Romero Navas: «Cástaras en los años cuarenta: algunos hechos e incidencias ocurridos a sus vecinos o en su término municipal». Recuerdos de Cástaras. 2010.

 

 

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Fecha de publicación:  10-09-2010
Última revisión:            17-12-2011