|
Aumenta |
Inicial |
Decrece |
LA ALPUJARRA
La Andalucía Secreta
Jean-Christian Spahni
Un conocido refrán pretende que África comienza en los Pirineos. Nada más falso, pues ni Barcelona, ni Valencia, ni el norte de la península presentan este sello particular propio de las comarcas del sur, más singularmente de Andalucía.
Pero esta Andalucía, lejana y secreta, no complace más que en la medida en que se la busca y se la valora. Su conquista implica paciencia, comprensión, amor. Hay que amarla antes de ser verdaderamente amado por ella. Y este afecto, más esencial que el pasaporte que permite franquear la frontera, es una lucha de cada instante. ¡Hay tantas cosas allí que irritan y desconciertan!.
Inhumana ya por sus dimensiones, Andalucía lo es también por sus contrastes, sus paradojas, su inquietante seducción.
Es el país de las grandes extensiones desérticas, de los ríos que remansan entre los campos de olivos, de las calles hormigueantes, de las sierras inaccesibles donde viven santos retirados del mundo; el país de los barrancos silenciosos, de los caminos suspendidos sobre el mar, de los vergeles eternos.
Es la Andalucía de la sed que está vuelta hacia África como a disgusto. Pues los esponsales tuvieron lugar, no solamente en el tiempo de los árabes, sino mucho antes, hace milenios, entre dos continentes que no eran entonces para el hombre más que una misma y demasiado vasta extensión.
Andalucía, en efecto, es una de las más viejas provincias del planeta. Desde los tiempos más remotos, tuvo que desempeñar el papel de puente natural entre Europa y África. Numerosas fueron las civilizaciones prehistóricas que atravesaron este inmenso territorio, remontando hacia el norte o, al contrario, dirigiéndose hacia las playas, soleadas del Mediterráneo.
A Pesar de la extraordinaria mezcolanza de pueblos que resultó de ello, el andaluz ha subsistido sorprendentemente él mismo. Y esto porque se encontraba sobre el terreno mucho antes de que el invasor apareciera, y porque no fue jamás conquistado ni siquiera ocupado.
La fuerza del andaluz no es ni la espada ni la política, sino su amor al suelo natal. El andaluz ama su tierra haciendo de ella su ideal y sintiéndose atado por lazos indefectibles. Es esencialmente un campesino distinguido, aristócrata. A pesar de los repetidos asaltos del invasor, terminó siempre por tener la última palabra. El conquistador se dejaba poco a poco encantar, endormecer, después realmente absorber por un país de ensueño del que había tenido la loca pretensión de vencer y de dominar. Los romanos ya lo testimoniaron al hacer de Andalucía su tierra predilecta, olvidando a veces sus guerras y sus expediciones.
El andaluz es perfectamente consciente de la belleza y riqueza inagotable de su suelo -puede serlo hasta el orgullo-. Hasta el punto que, viviendo lejos de él, pierde todo su carácter, se despersonaliza para no ser andaluz más que en función de un marco natural, de un clima, de un paisaje.
Es, pues, sobre esta bendita tierra, primeramente en Córdoba, después en Granada donde se operó el milagro: una ósmosis en doble dirección entre mundos totalmente diferentes; una ósmosis de la que nació un Islam europeo tras haber heredado lo mejor de dos continentes.
Esta brillante civilización hispano-morisca precede al Renacimiento. Marcó la historia universal de una impronta tan profunda que el destino de los pueblos fue cambiado por ella. Pues esos ocho siglos de, ocupación transcurridos bajo el signo de una excepcional tolerancia en todos losámbitos y de permanentes intercambios entre Oriente y Occidente, permitieron la difusión tanto en África como en Europa (lo que se olvida demasiado a menudo) de ideas, técnicas, innovaciones y progresos nacidos en suelo andaluz.
La prueba de ello nos viene dada por la persistencia, hasta nuestros días, en numerosos lugares del norte de África, de barrios enteros de ambiente típico andaluz.
La prueba de ello nos viene dada por las influencias del arte andaluz sobre el de los bereberes almohades, especialmente en el siglo X, en la época de la mezquita de Córdoba y de los palacios de Mediana-Azahara y por el empleo, en Marruecos, de púlpitos para predicar, los mimbars, creados en Andalucía.
La prueba de ello nos viene dada también por la imitación de los jardines encantadores del sur de España que han adornado más de una residencia africana.
La prueba de ello nos viene dada aun por la permanencia de melodías andaluzas que se cantan con fervor en todo el norte de África y que han influido tanto la música árabe como esta última ha influido en la andaluza.
¡Y podría multiplicar los ejemplos!
El andaluz se baña en la luz de su país del que extrae lo esencial para vivir y soñar. No reflexiona demasiado; ante todo, contempla. Sabe bien que su tierra es la más bella; y esta certeza le basta. De ahí su completa ausencia de curiosidad para con lo que no roza su existencia cotidiana y sus más inmediatas exigencias. Lo que pasa fuera de las fronteras de su dominio no le interesa; y estas fronteras, a menudo, se reducen a las de un pueblo del que quizás no ha salido nunca.
El andaluz es un ser sensual; juzga las cosas siguiendo las reacciones que provocan en su epidermis. Juicio del tocar y no del razonar.
Ayudado por el clima y en complicidad con la naturaleza, ha concluido en trabajar lo menos posible. Pero que nadie se lleve a engaño. Esta pereza no tiene nada de excesiva. Es la única repulsa convertir el trabajo en desmesuradamente absorbente, a hacer de él un repetido deber. Lo que cuenta es el vivir bien y el encontrar placer en todas partes: tanto en las necesidades cotidianas como en la bebida, en la conversación con los amigos como en las relaciones con una mujer.
Pues el andaluz es un ser sin problemas por haber descubierto desde hace mucho tiempo la solución: evitar el esfuerzo. Se comprenderá a partir de ahí su desconfianza y hasta su repudio instintivo para toda actividad que suponga cargas exageradas.
Unir en un gesto común el trabajo y el placer. Trabajar por placer y no por obligación. Mientras que en nuestras regiones es lo contrario lo que ocurre, puesto que nosotros disociamos el trabajo del placer, de la misma manera que tenemos trajes para la semana y otros para los domingos.
Esta preocupación constante del andaluz, que es mantener en un plano idéntico las actividades más diversas de la existencia, es un freno eficaz y poderoso a las exageraciones de toda especie. Y si hay excesos a veces, son pronto reprimidos, pues ponen en peligro un equilibrio indispensable en la vida.
Es contra esta pasividad unánime y compartida con la que han con chocado e intentado en vano luchar las fuerzas conquistadoras, imaginándose que podrían cambiar un estado de cosas que existía desde siempre. Fracasaron con mayor facilidad en cuanto que el andaluz es terriblemente individualista. Los héroes, para él, son hombres solitarios e incomprendidos. Al igual que el pueblo, tan diferente del resto de los españoles ante los que no goza de una simpatía demasiado grande.
En su libro de poemas Poema del Cante Jondo, Federico García Lorca nos dio la pintura más conmovedora que es posible de su país: no una Andalucía de cartas postales, a lo Carmen, alegre, despreocupada, superficial, hecha para complacer y convencer, sino una Andalucía trágica, dolorida, teniendo como telón de fondo permanente altas colinas o montañas, las de Córdoba o Granada por ejemplo, construida sobre una tierra color sangre y surcada por ríos que transportan lágrimas.
El «Poema del Cante Jondo» es al mismo tiempo una turbadora confesión del poeta acerca de su personalidad más íntima y de su drama interior. Pero esta personalidad, este drama ¿son inherentes sólo a Federico García Lorca?, ¿Son propios de un solo hombre sus quejidos sus desesperanzas, sus sobresaltos de energía?. ¿Debemos admitir una especie de divorcio entre el alma del poeta granadino y lo que aspiramos a saber del alma andaluza a través de sus paisajes, sus ciudades y de la impresión que el sur de España provoca en nosotros?. Ciertamente no. Pues García Lorca, poeta, artista y músico, tuvo de su Andalucía una visión profunda y exacta: la de un mundo realmente doloroso, a pesar de sus colores, su belleza incomparable, la riqueza del suelo, el ritmo cambiante de sus luces. De un mundo, no obstante los obstáculos, animado de una desesperada voluntad de vida y que no se manifiesta en menor medida engendrando colosos.
Como a la mayor parte de los viajeros, me gustan los castillos, las ruinas, los vestigios del pasado. Y Andalucía rebosa de estos tesoros, teniendo el pudor de no darles demasiada importancia.
Lo que amo por encima de todo es evidentemente el pueblo, realidad inmediata, no al sofisticado de las ciudades, sino al de los pueblos colgados a los flancos de las montañas y al de los cortijos perdidos en la inmensidad de un desierto, en donde se te ofrece espontáneamente un vaso de vino que hace trastornar el juicio.
Esta cordial bienvenida está subrayada por el poco caso que se hace a vuestro estado social. No importa que se, sea rico o miserable, que vuestra carta de presentación lleve innumerables títulos, tampoco importan el calor, las opiniones, las tendencias. Se te acoge porque uno es extranjero y porque, fatalmente, tiene necesidad de ayuda. Esta bienvenida, sin embargo, no se convierte nunca en obsequiosa. En todas las circunstancias, el andaluz permanece reservado y digno. Hasta el más pobre, hasta el cubierto de andrajos.
Un orgullo soberbio frente a la miseria más oscura y frente al hambre; como ese palillo de dientes, en la comisura de los labios, para hacer creer a la gente que acaba de levantarse de la mesa mientras que el estómago se queja de hambre.
El hombre del Neolítico no conocía el metal. Pero sus gestos fueron ya los que hoy todavía realiza un campesino andaluz, cuando empuja delante de él su primitiva carreta, trabaja de mañana a tarde bajo un sol de plomo y se detiene a veces para calmarse la sed o para comerse una rebanada de pan y un pedazo grande de tocino.
Muy pocas cosas, por lo demás, han cambiado desde este Neolítico en tantos pueblos retirados y perdidos, cuyas casas, agrupadas alrededor de una fuente, no permiten el sitio más que a estrechas callejuelas,único refugio posible de sombra y frescor.
Pueblos encantados que brillan a la luz de la luna como en pleno día, con el olor del trigo y de la paja.
Me gusta atravesar esos campos calcinados y silenciosos, dibujados sobre una tierra multicolor, pues esto es Andalucía, la Verdadera, la eterna: esa inmovilidad aparente, puesto que la vida estalla en el momento de la recolección y de las fiestas de la aldea; esa mano rugosa, fuerte, tendida hacia mí, que yo estrecho entre las mías; ese vasito de vino que se bebe en comunidad en el café más cercano, mientras que un cantaor, por la gracia de su talento, tiene el mágico poder de hacer callar a los otros...
El privilegio de Andalucía es el de ser no solamente el pretexto de unas fotografías que el tiempo no dejará de amarillear, sino antes que nada la fuente viva de experiencias de un alto valor moral.
He aprendido mucho en este país. De él, de mí mismo también. Mi integración se hizo a través de continuas sorpresas. Me he descubierto un optimismo que desconocía. He comprendido de pronto lo que la vida era y valía. He sentido que mi sensibilidad se desarrollaba.
Un buen día, he abierto unos ojos nuevos sobre un mundo nuevo. Por las ventanas, he percibido personas que me sonreían y me hacían señales. Las flores, en los jardines, me parecieron más coloreadas que nunca. El hombre dejó de ser el enemigo obligado; y el perro que me seguía no me pedía más que jugar.
Llegué a Granada en 1953, sin saber una palabra de español. Esto no impidió que, al cabo de algunos días, partiera ya a la aventura. Tenía prisa por tomar contacto con el país. Viniendo en el tren desde Madrid, había percibido un castillo en la cumbre de una inmensa colina. Me informé. Tenía que tomar de nuevo el ferrocarril –el correo esta vez- para andar a continuación una docena de kilómetros. Es así como conocí el tren andaluz que tarda horas para recorrer distancias insignificantes. Las gentes más heteróclitas y más animadas que cabe imaginar llenaban los vagones hasta tal punto que numerosos viajeros hicieron el trayecto enganchados a las ventanas y a las portezuelas. ¡Qué diferencia con nuestros rápidos y confortables pullmans donde, justamente al contrario, el pintoresquismo no cabe!.
Descendido ya del tren, borracho de ruidos y de impresiones diversas, perdido en la muchedumbre, traté corno pude de preguntar el camino.
Un joven se ofreció para conducirme. Antes de partir, insistió en que tomásemos un vaso de vino. «¡A las diez de la mañana y con este calor!». Bebí uno, dos, sin duda más, pues el sabor era excelente. Pero no me sentía apenas a gusto, por el camino experimentando unas gana, furiosas de acostarme y dormir. Afortunadamente, el paisaje me retuvo despierto. Era un infinito de colinas rojas, amarillas y violetas, alineaciones simétricas de olivos que se juntaban en el horizonte, manchas doradas y caprichosas de campos de cereales, aquí y allá, en un nido de verdor, un cortijo resplandeciente de blancura.
Nos detuvimos en una fuente. No hay mejores bebederos de agua en el mundo que los andaluces que saben identificar entre miles el nombre de cada fuente. En una revuelta, el paisaje se ensanchó. La colina, altiva pirámide coronada de torres y torreones, se elevaba ante nosotros. Sobre su flanco se escalonaba un pueblecito.
Subimos directamente a la cumbre. Soplaba un viento implacable. ¡Qué gozo el pasearse entre las ruinas que la lluvia y la arena habían cincelado curiosamente!. El suelo estaba sembrado de restos de ánforas y de cerámica pintada, como si las guerras de la reconquista acabaran de terminarse. Llené mi macuto, mis bolsillos, los de mi compañero que reía y se burlaba amablemente. Hacía buen tiempo. Hacía calor a pesar del viento. Hubiera querido gritar mi felicidad, correr a través de los campos, rejuvenecido de repente, reconciliado con el mundo, alejado para siempre de preocupaciones que, desde entonces, me parecieron muy fútiles.
Después bajamos al pueblo. Con el dedo, mi compañero me señaló su estómago. Tenía hambre. Yo también.
Las gentes de la aldea nos vieron llegar no sin sorpresa. Me enrabiaba no poder comprender lo que se decía en torno a mí. ¿Por qué ese viejo les indicaba a los otros mis zapatos? ¿Por qué ese muchacho tocaba mi chaqueta que parecía codiciar? ¿Por qué un tercero se quedaba agarrado de mi macuto, le daba vueltas en todos los sentidos y se lo mostraba a sus compañeros?
Entonces, me di cuenta que la mayor parte de estas personas iba descalza o no llevaba más que miserables calzados; que no tenía en sus hombro, más que vestidos gastados, cien veces remendados. Me sentí incómodo y algo avergonzado. Tuve ganas de irme y, después de haber apurado, no sin malestar, mi comida, al haber perdido el apetito, casi de seguido regresé a Granada, sin mirar hacia atrás, dejando lejos de mí el pueblo, su castillo y sus leyendas.
Tenía que volver allí, incluso vivir allí, naturalmente en otro plan. Como un verdadero hombre esta vez, no ya como extranjero ignorante y torpe.
![]() Fig. 28 - La Alpujarra (muchacho de 9 años) |
![]() Alpujarreños |
[ Arriba ] - [ Índice ] - [ Volver ]
| Avance secuencial | ||
![]() Anterior |
![]() Inicio |
![]() Siguiente |