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LA ALPUJARRA

La Andalucía Secreta

Jean-Christian Spahni



El HOMBRE

(a manera de conclusión)


    Un conocido refrán pretende que África comienza en los Pirineos. Nada más falso, pues ni Barcelona, ni Valencia, ni el norte de la península presentan este sello particular propio de las comarcas del sur, más singularmente de Andalucía.

    Pero esta Andalucía, lejana y secreta, no complace más que en la medida en que se la busca y se la valora. Su conquista implica paciencia, comprensión, amor. Hay que amarla antes de ser verdaderamente amado por ella. Y este afecto, más esencial que el pasaporte que permite franquear la frontera, es una lucha de cada instante. ¡Hay tantas cosas allí que irritan y desconciertan!.

    Inhumana ya por sus dimensiones, Andalucía lo es también por sus contrastes, sus paradojas, su inquietante seducción.

    Es el país de las grandes extensiones desérticas, de los ríos que remansan entre los campos de olivos, de las calles hormigueantes, de las sierras inaccesibles donde viven santos retirados del mundo; el país de los barrancos silenciosos, de los caminos suspendidos sobre el mar, de los vergeles eternos.

    Es la Andalucía de la sed que está vuelta hacia África como a disgusto. Pues los esponsales tuvieron lugar, no solamente en el tiempo de los árabes, sino mucho antes, hace milenios, entre dos continentes que no eran entonces para el hombre más que una misma y demasiado vasta extensión.

    Andalucía, en efecto, es una de las más viejas provincias del planeta. Desde los tiempos más remotos, tuvo que desempeñar el papel de puente natural entre Europa y África. Numerosas fueron las civilizaciones prehistóricas que atravesaron este inmenso territorio, remontando hacia el norte o, al contrario, dirigiéndose hacia las playas, soleadas del Mediterráneo.

    A Pesar de la extraordinaria mezcolanza de pueblos que resultó de ello, el andaluz ha subsistido sorprendentemente él mismo. Y esto porque se encontraba sobre el terreno mucho antes de que el invasor apareciera, y porque no fue jamás conquistado ni siquiera ocupado.

    La fuerza del andaluz no es ni la espada ni la política, sino su amor al suelo natal. El andaluz ama su tierra haciendo de ella su ideal y sintiéndose atado por lazos indefectibles. Es esencialmente un campesino distinguido, aristócrata. A pesar de los repetidos asaltos del invasor, terminó siempre por tener la última palabra. El conquistador se dejaba poco a poco encantar, endormecer, después realmente absorber por un país de ensueño del que había tenido la loca pretensión de vencer y de dominar. Los romanos ya lo testimoniaron al hacer de Andalucía su tierra predilecta, olvidando a veces sus guerras y sus expediciones.

    El andaluz es perfectamente consciente de la belleza y riqueza inagotable de su suelo -puede serlo hasta el orgullo-. Hasta el punto que, viviendo lejos de él, pierde todo su carácter, se despersonaliza para no ser andaluz más que en función de un marco natural, de un clima, de un paisaje.

    Es, pues, sobre esta bendita tierra, primeramente en Córdoba, después en Granada donde se operó el milagro: una ósmosis en doble dirección entre mundos totalmente diferentes; una ósmosis de la que nació un Islam europeo tras haber heredado lo mejor de dos continentes.

    Esta brillante civilización hispano-morisca precede al Renacimiento. Marcó la historia universal de una impronta tan profunda que el destino de los pueblos fue cambiado por ella. Pues esos ocho siglos de, ocupación transcurridos bajo el signo de una excepcional tolerancia en todos losámbitos y de permanentes intercambios entre Oriente y Occidente, permitieron la difusión tanto en África como en Europa (lo que se olvida demasiado a menudo) de ideas, técnicas, innovaciones y progresos nacidos en suelo andaluz.

    La prueba de ello nos viene dada por la persistencia, hasta nuestros días, en numerosos lugares del norte de África, de barrios enteros de ambiente típico andaluz.

    La prueba de ello nos viene dada por las influencias del arte andaluz sobre el de los bereberes almohades, especialmente en el siglo X, en la época de la mezquita de Córdoba y de los palacios de Mediana-Azahara y por el empleo, en Marruecos, de púlpitos para predicar, los mimbars, creados en Andalucía.

    La prueba de ello nos viene dada también por la imitación de los jardines encantadores del sur de España que han adornado más de una residencia africana.

    La prueba de ello nos viene dada aun por la permanencia de melodías andaluzas que se cantan con fervor en todo el norte de África y que han influido tanto la música árabe como esta última ha influido en la andaluza.

    ¡Y podría multiplicar los ejemplos!

    El andaluz se baña en la luz de su país del que extrae lo esencial para vivir y soñar. No reflexiona demasiado; ante todo, contempla. Sabe bien que su tierra es la más bella; y esta certeza le basta. De ahí su completa ausencia de curiosidad para con lo que no roza su existencia cotidiana y sus más inmediatas exigencias. Lo que pasa fuera de las fronteras de su dominio no le interesa; y estas fronteras, a menudo, se reducen a las de un pueblo del que quizás no ha salido nunca.

    El andaluz es un ser sensual; juzga las cosas siguiendo las reacciones que provocan en su epidermis. Juicio del tocar y no del razonar.

    Ayudado por el clima y en complicidad con la naturaleza, ha concluido en trabajar lo menos posible. Pero que nadie se lleve a engaño. Esta pereza no tiene nada de excesiva. Es la única repulsa convertir el trabajo en desmesuradamente absorbente, a hacer de él un repetido deber. Lo que cuenta es el vivir bien y el encontrar placer en todas partes: tanto en las necesidades cotidianas como en la bebida, en la conversación con los amigos como en las relaciones con una mujer.

    Pues el andaluz es un ser sin problemas por haber descubierto desde hace mucho tiempo la solución: evitar el esfuerzo. Se comprenderá a partir de ahí su desconfianza y hasta su repudio instintivo para toda actividad que suponga cargas exageradas.

    Unir en un gesto común el trabajo y el placer. Trabajar por placer y no por obligación. Mientras que en nuestras regiones es lo contrario lo que ocurre, puesto que nosotros disociamos el trabajo del placer, de la misma manera que tenemos trajes para la semana y otros para los domingos.

    Esta preocupación constante del andaluz, que es mantener en un plano idéntico las actividades más diversas de la existencia, es un freno eficaz y poderoso a las exageraciones de toda especie. Y si hay excesos a veces, son pronto reprimidos, pues ponen en peligro un equilibrio indispensable en la vida.

    Es contra esta pasividad unánime y compartida con la que han con chocado e intentado en vano luchar las fuerzas conquistadoras, imaginándose que podrían cambiar un estado de cosas que existía desde siempre. Fracasaron con mayor facilidad en cuanto que el andaluz es terriblemente individualista. Los héroes, para él, son hombres solitarios e incomprendidos. Al igual que el pueblo, tan diferente del resto de los españoles ante los que no goza de una simpatía demasiado grande.

    En su libro de poemas Poema del Cante Jondo, Federico García Lorca nos dio la pintura más conmovedora que es posible de su país: no una Andalucía de cartas postales, a lo Carmen, alegre, despreocupada, superficial, hecha para complacer y convencer, sino una Andalucía trágica, dolorida, teniendo como telón de fondo permanente altas colinas o montañas, las de Córdoba o Granada por ejemplo, construida sobre una tierra color sangre y surcada por ríos que transportan lágrimas.

    El «Poema del Cante Jondo» es al mismo tiempo una turbadora confesión del poeta acerca de su personalidad más íntima y de su drama interior. Pero esta personalidad, este drama ¿son inherentes sólo a Federico García Lorca?, ¿Son propios de un solo hombre sus quejidos sus desesperanzas, sus sobresaltos de energía?. ¿Debemos admitir una especie de divorcio entre el alma del poeta granadino y lo que aspiramos a saber del alma andaluza a través de sus paisajes, sus ciudades y de la impresión que el sur de España provoca en nosotros?. Ciertamente no. Pues García Lorca, poeta, artista y músico, tuvo de su Andalucía una visión profunda y exacta: la de un mundo realmente doloroso, a pesar de sus colores, su belleza incomparable, la riqueza del suelo, el ritmo cambiante de sus luces. De un mundo, no obstante los obstáculos, animado de una desesperada voluntad de vida y que no se manifiesta en menor medida engendrando colosos.

    Como a la mayor parte de los viajeros, me gustan los castillos, las ruinas, los vestigios del pasado. Y Andalucía rebosa de estos tesoros, teniendo el pudor de no darles demasiada importancia.

    Lo que amo por encima de todo es evidentemente el pueblo, realidad inmediata, no al sofisticado de las ciudades, sino al de los pueblos colgados a los flancos de las montañas y al de los cortijos perdidos en la inmensidad de un desierto, en donde se te ofrece espontáneamente un vaso de vino que hace trastornar el juicio.

    Esta cordial bienvenida está subrayada por el poco caso que se hace a vuestro estado social. No importa que se, sea rico o miserable, que vuestra carta de presentación lleve innumerables títulos, tampoco importan el calor, las opiniones, las tendencias. Se te acoge porque uno es extranjero y porque, fatalmente, tiene necesidad de ayuda. Esta bienvenida, sin embargo, no se convierte nunca en obsequiosa. En todas las circunstancias, el andaluz permanece reservado y digno. Hasta el más pobre, hasta el cubierto de andrajos.

    Un orgullo soberbio frente a la miseria más oscura y frente al hambre; como ese palillo de dientes, en la comisura de los labios, para hacer creer a la gente que acaba de levantarse de la mesa mientras que el estómago se queja de hambre.



    El hombre del Neolítico no conocía el metal. Pero sus gestos fueron ya los que hoy todavía realiza un campesino andaluz, cuando empuja delante de él su primitiva carreta, trabaja de mañana a tarde bajo un sol de plomo y se detiene a veces para calmarse la sed o para comerse una rebanada de pan y un pedazo grande de tocino.

    Muy pocas cosas, por lo demás, han cambiado desde este Neolítico en tantos pueblos retirados y perdidos, cuyas casas, agrupadas alrededor de una fuente, no permiten el sitio más que a estrechas callejuelas,único refugio posible de sombra y frescor.

    Pueblos encantados que brillan a la luz de la luna como en pleno día, con el olor del trigo y de la paja.

    Me gusta atravesar esos campos calcinados y silenciosos, dibujados sobre una tierra multicolor, pues esto es Andalucía, la Verdadera, la eterna: esa inmovilidad aparente, puesto que la vida estalla en el momento de la recolección y de las fiestas de la aldea; esa mano rugosa, fuerte, tendida hacia mí, que yo estrecho entre las mías; ese vasito de vino que se bebe en comunidad en el café más cercano, mientras que un cantaor, por la gracia de su talento, tiene el mágico poder de hacer callar a los otros...

    El privilegio de Andalucía es el de ser no solamente el pretexto de unas fotografías que el tiempo no dejará de amarillear, sino antes que nada la fuente viva de experiencias de un alto valor moral.

    He aprendido mucho en este país. De él, de mí mismo también. Mi integración se hizo a través de continuas sorpresas. Me he descubierto un optimismo que desconocía. He comprendido de pronto lo que la vida era y valía. He sentido que mi sensibilidad se desarrollaba.

    Un buen día, he abierto unos ojos nuevos sobre un mundo nuevo. Por las ventanas, he percibido personas que me sonreían y me hacían señales. Las flores, en los jardines, me parecieron más coloreadas que nunca. El hombre dejó de ser el enemigo obligado; y el perro que me seguía no me pedía más que jugar.

    Llegué a Granada en 1953, sin saber una palabra de español. Esto no impidió que, al cabo de algunos días, partiera ya a la aventura. Tenía prisa por tomar contacto con el país. Viniendo en el tren desde Madrid, había percibido un castillo en la cumbre de una inmensa colina. Me informé. Tenía que tomar de nuevo el ferrocarril –el correo esta vez- para andar a continuación una docena de kilómetros. Es así como conocí el tren andaluz que tarda horas para recorrer distancias insignificantes. Las gentes más heteróclitas y más animadas que cabe imaginar llenaban los vagones hasta tal punto que numerosos viajeros hicieron el trayecto enganchados a las ventanas y a las portezuelas. ¡Qué diferencia con nuestros rápidos y confortables pullmans donde, justamente al contrario, el pintoresquismo no cabe!.

    Descendido ya del tren, borracho de ruidos y de impresiones diversas, perdido en la muchedumbre, traté corno pude de preguntar el camino.

    Un joven se ofreció para conducirme. Antes de partir, insistió en que tomásemos un vaso de vino. «¡A las diez de la mañana y con este calor!». Bebí uno, dos, sin duda más, pues el sabor era excelente. Pero no me sentía apenas a gusto, por el camino experimentando unas gana, furiosas de acostarme y dormir. Afortunadamente, el paisaje me retuvo despierto. Era un infinito de colinas rojas, amarillas y violetas, alineaciones simétricas de olivos que se juntaban en el horizonte, manchas doradas y caprichosas de campos de cereales, aquí y allá, en un nido de verdor, un cortijo resplandeciente de blancura.

    Nos detuvimos en una fuente. No hay mejores bebederos de agua en el mundo que los andaluces que saben identificar entre miles el nombre de cada fuente. En una revuelta, el paisaje se ensanchó. La colina, altiva pirámide coronada de torres y torreones, se elevaba ante nosotros. Sobre su flanco se escalonaba un pueblecito.

    Subimos directamente a la cumbre. Soplaba un viento implacable. ¡Qué gozo el pasearse entre las ruinas que la lluvia y la arena habían cincelado curiosamente!. El suelo estaba sembrado de restos de ánforas y de cerámica pintada, como si las guerras de la reconquista acabaran de terminarse. Llené mi macuto, mis bolsillos, los de mi compañero que reía y se burlaba amablemente. Hacía buen tiempo. Hacía calor a pesar del viento. Hubiera querido gritar mi felicidad, correr a través de los campos, rejuvenecido de repente, reconciliado con el mundo, alejado para siempre de preocupaciones que, desde entonces, me parecieron muy fútiles.

    Después bajamos al pueblo. Con el dedo, mi compañero me señaló su estómago. Tenía hambre. Yo también.

    Las gentes de la aldea nos vieron llegar no sin sorpresa. Me enrabiaba no poder comprender lo que se decía en torno a mí. ¿Por qué ese viejo les indicaba a los otros mis zapatos? ¿Por qué ese muchacho tocaba mi chaqueta que parecía codiciar? ¿Por qué un tercero se quedaba agarrado de mi macuto, le daba vueltas en todos los sentidos y se lo mostraba a sus compañeros?

    Entonces, me di cuenta que la mayor parte de estas personas iba descalza o no llevaba más que miserables calzados; que no tenía en sus hombro, más que vestidos gastados, cien veces remendados. Me sentí incómodo y algo avergonzado. Tuve ganas de irme y, después de haber apurado, no sin malestar, mi comida, al haber perdido el apetito, casi de seguido regresé a Granada, sin mirar hacia atrás, dejando lejos de mí el pueblo, su castillo y sus leyendas.

    Tenía que volver allí, incluso vivir allí, naturalmente en otro plan. Como un verdadero hombre esta vez, no ya como extranjero ignorante y torpe.

La Alpujarra vista por un niño
Fig. 28 - La Alpujarra (muchacho de 9 años)
Alpujarreños
Alpujarreños


    El que, como yo hice, recorra pie la Alpujarra en todos los sentidos, no debe esperar disfrutar del confort al que los viajeros de hoy están acostumbrados. Buscará en vano un hotel o simplemente una modesta pensión capaz de asegurarle una morada agradable.

    La Alpujarra, afortunadamente, no ha sido aún entregada a las hordas de los ruidosos y exigentes turistas, y quisiera pensar que no lo sea nunca. Por su posición geográfica, y no obstante la mejora constante de su red de carreteras, permanece fuera de las grandes vías de comunicación. Su pintoresquismo no está, pues, próximo a desaparecer.



    Durante mi primer viaje, en tanto conocía a alguien, fue cotidianamente el mismo programa: encontrar un rincón para comer y para dormir. Según la importancia del pueblo, tuve la posibilidad de alojarme en un mesón, la posada de tiempos pasados, frecuentada por caballeros y viajeros en diligencia. Pero muy a menudo este mesón me faltó. Tuve que decidirme a bajar a casa de algún lugareño, sucediéndome en más de una ocasión el tener que compartir con él, si no la cama, al menos la habitación.

    Al penetrar en pueblos que no había visto nunca extranjeros tropecé con la resistencia de gente espantada por mi venida.

    Me acuerdo de unos muchachos que, viéndome llegar, huyeron vociferando, por haberme tomado por el mantequero o sacamanteca del que hablan las leyendas, y que se alimenta de la carne de los niños que encuentra en su camino.

    En otros lugares, la palabra asesino fue pronunciada, y un valiente campesino, visiblemente conmovido pero cediendo finalmente a la curiosidad, me comunicó que, a juzgar por el rumor que corría, mi enorme cargamento contenía cabezas de caminantes que yo había matado a lo largo de mis desplazamientos.

    Además, se pensó que yo era un moro y faltó poco para que sonara la alarma, anunciando el regreso de los musulmanes a España.

    Finalmente, en un lugar más retirado todavía, la vieja señora que me recibió se aprestó, en mi presencia, a retirar de la habitación que me había asignado (a excepción de la cama) todos los muebles y los objetos que hubiera podido llevarme, en su temor, llegó incluso a arrastrar un enorme baúl que me juzgaba capaz de cargar sobre mis espaldas...

    No olvidaré jamás la noche pasada en una de estas posadas de tiempos pretéritos.

    Había cenado en compañía de viajantes de comercio y de conductores de autobús que hoy sustituyen a los audaces caballeros de antaño. Me había retirado a mi habitación poco antes de medianoche. Hacía un calor insoportable. Estábamos en el mes de agosto. Como los demás huéspedes, había dejado mi puerta bastantes abierta hacia el corredor, esperando demasiado de una hipotética corriente de aire.

    Desde mi cama podía percibir las habitaciones vecinas donde cada uno, sin falso pudor, se, preparaba a dormir. Pronto llegaron aquéllos que, no pudiéndose ofrecer el lujo de una cama, se instalaron, no sin discutir largamente, en el mismo suelo, sobre colchones llenos de paja. Las conversaciones surgían de todas partes. Había apagado la luz cuando no se notaba apenas la diferencia entre la miserable claridad de la bombilla colgada en el techo y la natural que venía de fuera.

    Imposible dormir. Al principio, como consecuencia del calor. Después como consecuencia de los ratones. Dos o tres de ellos habían entrado en mi habitación y roían concienzudamente el cuero de mi macuto. Me levanté, los hice huir y coloqué mi pesado macuto en la cama.

    Después de lo cual vinieron los mosquitos. Comenzaron su ronda infernal alrededor de mi rostro. «¡Calma!», me dije con el único fin de no transpirar más. Y me dejé valerosamente devorar.

    Durante este tiempo, un gato había saltado sobre mi ventana. Otro se le juntó y no tardaron los dos en disputarse el sitio. Cuando se me acabó la paciencia, los eché.

    En el corredor se hacía mucho ruido, pero algunos estaban roncando ya.

    Medianoche. Muy cerca, ¡oh! milagro, una guitarra se hizo oír. Perfume de España, melodía deliciosa que me puso a canturrear.

    Los mosquitos no cesaban en su danza macabra y yo cedía finalmente a las ganas de rascarme. ¿Cuándo iba a poder dormirme?. Ruido de papel que se mordisquea. ¿Ratas, ratones?. No, eran dos cucarachas que aplasté, asqueado.

    Oí sonar la una, después las dos. Las conversaciones se habían apagado, pero, desde la cocina, me llegaba el sonido de los platos removidos y el reír argentado de los sirvientes. El hombre, en su rincón, tocaba todavía. ¡Hubiera querido no oír más que a él!.

    ¡Las tres!. Hacía un poco de menos calor. Iba a poder dormir al fin. Pero aún no, pues, de repente, los gallos comenzaron a cantar. Uno de ellos, cerca de mi ventana, tenía un cacareo particularmente irritante. «Debe haber madrugado», me persuadí; pero pronto, todos los gallos del pueblo se respondieron. Sudaba de nuevo a la gota gorda, me levanté y me rocié con el poco de agua que me quedaba en el jarro.

    El hombre de la guitarra se había parado. Tuve el sentimiento de perder la conciencia cuando, a las cinco, fui despertado por los mismos gallos y, poco después, por los conductores del autobús, interpelándose en voz alta. Para salir, me fue preciso pasar por encima de los que dormían extendidos en el pasillo.

    Fuera, hacía fresco. El día comenzaba a despuntar. Sobre los hilos eléctricos que atravesaban la plaza, se alineaban miles de golondrinas, como las notas de un pentagrama fantástico. Me deje caer sobre un banco, muerto de cansancio.



    Profundamente atados a su bendita tierra y a sus costumbres ancestrales, los habitantes de la Alpujarra no ven de buen grado -y no sin razón además- al intruso que penetra en sus dominios y que es siempre susceptible de provocar allí las peores catástrofes.

    Pues conocen la gran ciudad. Van a veces a Granada para hacer sus compras y vender los productos de su suelo. Saben que existe la máquina; que algunas casas están provistas de ascensores, de cuartos de baño, de agua corriente y de aparatos de radio. Ven en las calles los potentes y coloristas coches de los turistas, esclavos de la velocidad. Ven también en las carteleras de los cines los desmesurados retratos de los dioses de una masa que les parece afectada por la amnesia.

    Pero nada de esto les interesa.

    Vuelven a subir de prisa a su soledad celeste. Allí vuelven a encontrar, con un suspiro de alivio, sus pequeños, cortijos sin confort y sus montañas, techo del mundo desde donde, en los días claros se divisan dos continentes.

    Regresan a su despojo voluntario, a su simplicidad, a sus campos verdeantes y suspendidos entre el cielo y la tierra.

    Regresan a sus fiestas y a sus canciones, pues la necesidad de divertirse viene para ellos de lo más profundo de su ser. Es un orden, un deseo del cuerpo y del espíritu y no una huida, como para la mayor parte de nosotros.

    Cuanta más ruda es su vida, más ancha es la sonrisa. Sí, sonrisas parecidas a las de los campesinos de la sierra, rara vez las he visto en nuestras superpobladas ciudades, en donde se incita a no perder ni el tiempo ni el dinero.



    En el curso de mi primer viaje a través de la Alpujarra, que emprendí en compañía de un amigo de Granada, fui obligado a luchar contra toda clase de dificultades.

    En primer lugar contra el calor (era el mes de agosto).

    Después, contra la monótona alimentación a la que no estaba acostumbrado.

    Contra el perpetuo embarazo de no estar en condiciones de hablar la lengua del país.

    Decepcionado también por la acogida llena de desconfianza que nos deparaban en varios pueblos. Pues no éramos siempre recibidos con los brazos abiertos. ¡Muy al contrario!. En algunos lugares, los habitantes nos atizaron de lo lindo: nos arrojaron piedras, se negaron a darnos de comer y nos hicieron comprender que nuestra presencia entre ellos era absolutamente inoportuna. ¡Qué diferencia con lo que yo había aprendido en otras partes!.

    Mi obstinación lo superó. Puesto que había venido, me tenía que quedar. Pero me irritaba, alzaba la voz, criticaba, me hacía insoportable, injusto también, pasando por momentos atroces de impaciencia, de amargura y de desesperanza.

    La experiencia se revelaba prematura, porque no estaba todavía en situación de comprender. Chocaba brutalmente con un mundo diferente a todos los que, hasta entonces, había vivido, respirado, amado, sufrido; habituado a una cierta gentileza, a una cierta cortesía, a ciertas consideraciones.

    Pero en esta Alpujarra huraña y hostil, pasaba por un indeseable a los ojos de la gente a la que había querido simplemente conocer. Al menos, eso es lo que yo pensaba.

    Regresé a Granada preso de la mayor perplejidad. Algo me decía que, bajo esa ruda corteza, más allá de esta brutalidad y de una acogida cuando menos sorprendente, había una verdad que debía descubrir, aun armándome de mucha paciencia y de buena voluntad.

    Me negaba a darles la razón a los que me aseguraban: «Ve usted, no nos habíamos equivocado. La Alpujarra es un lugar de salvajes».

    El verdadero contacto con el hombre se, estableció un poco más tarde. A toda esta gente le hacía falta que primeramente yo la amase y que le diera una prueba de ello; que yo adoptara sus gestos, sus actitudes y que hiciera mía también esa bella fórmula suya: «Hoy lo que es mío es tuyo, y mañana lo que sea tuyo será mío»'.

    Cuando me habían lanzado las piedras, cuando habían rehusado alojarme y darme de comer, la razón estaba de su lado. Ignoraban quién era yo y, creyéndose amenazados, defendían su pequeño reino.

    Reacción sana, espontánea, unánime, cuánto más preferible a la obsequiosidad.

    Un día que me, lamentaba de la hostilidad manifestada por un pueblo, uno de los culpables me declaró: «¡Discúlpenos!. No tenemos la costumbre de que alguien se interese por nosotros».

    He aquí porqué, a pesar de las apariencias, me quedé: porque aprendí a conocerlos, es decir, a quererlos.

    Porque han permanecido auténticos, todavía puros, en la ignorancia de un saber vivir que, a menudo, no es más que hipocresía. Han permanecido como hombres y mujeres con sus defectos, sus paradojas, pero también con una salud moral intacta y comunicativa.

    Este amor me permitió convencerlos. «Usted ha venido con el corazón en las manos», me escribía recientemente uno de ellos.

    Bastaba saberlos escuchar, guardar sus secretos, ayudarlos, compartir con ellos el puchero, beber en su mismo vaso, pasar largas horas en su maravillosa compañía, aceptando una ronda de su modesto salario que ofrecían con la mayor alegría.

    Por la tarde, venían hasta mí a pedirme consejo, a presentarme a su hijo, al asno o a la cabra comprada en la última feria. Había un médico en el pueblo, pero era a mí a quien se venía primero a enseñar la herida, a mí a quien se llamaba a la cabecera de la parturienta.

    Sencillamente, un gran pueblo que sabe mejor que ninguno el precio de la existencia y de la amistad.

    Ahora, pasando de un extremo a otro, a cambio, ¿qué me dieron?.

    ¡Todo!

    No las sobras de sus comidas o lo superfluo de sus despensas, sino lo mejor. El mejor vino de la bodega, la mejor habitación de la casa, lo mejor de su tiempo y de sus alegrías.

    Y son todavía capaces de mayor generosidad.

    Mi afecto a los animales es proverbial. Un muchacho pobre que vivía exclusivamente de la caza y no poseía otra cosa que un perro, se presentó una mañana y me dijo:

    - ¡Toma!, es para ti.

    - ¿Para mí?, repuse yo sorprendido.

    - Sí, tómalo, añadió él ofreciéndome su perro.

    - No, no, no puedo. Tú lo necesitas. ¿Qué harías sinél? ¿Cómo te ganarás la vida?.

    - ¡Bah! ya encontraré otro. Tómalo, tómalo puesto que tú lo quieres.

    - ¡No!, me negué rotundamente.

    Y se fue visiblemente descontento y, esa misma tarde, volvió a la carga.

    - Toma, se lo darás a tu madre. Le dirás que es de mi parte.

    ¡Y sacó por debajo de su chaqueta un conejo de campo que acababa de capturar en las mismas barbas de la Guardia civil!.

    Una hermosa tarde de agosto conocí a Domingo y charlé un rato con él. Era mayor, sesenta años por lo menos. Sus vestidos eran miserables. Se trasladaba de un cortijo a otro para ofrecer allí sus servicios. Caminamos juntos remontando una pendiente que dominaba el mar. Podría escribir un libro sobre ti, querido Domingo, sobre tu transparente simplicidad, tu existencia, tus penas y tus fatigas. Tú querías partir e ir a América -sí, a pesar de tu edad-, ir allí con toda tu familia.

    - Allí se gana más que aquí. Usted me comprende, es por mis chiquillos, me confesó.

    - Sí, pero América está lejos, le dije.

    - ¿Lejos? -se sorprendió-. No, veamos: está allá.

    Y con un gesto magnífico, me señaló la otra vertiente de la montaña.

    ¿Y qué decir de ti, José María, uno de los más pobres con los que me he cruzado a lo largo de mis caminatas a través del mundo?. «Perdóneme, me has dicho, por no ofrecerle más que el día y la noche. Pero estoy lleno de buena voluntad y trabajaré para usted todo lo que usted quiera». José María. nadie antes de ti me había ofrecido un tesoro semejante.

    ¡Y tú Santiago, que tienes el alma sana y bella como la eterna sonrisa en tus labios!. Tú que trabajas duro y firme en los campos para pagar al más sabio del lugar que cada día te enseña un poco de su saber. Cuando te vi por primera vez, no tenías siquiera con qué comprarte unos zapatos y te ibas con los pies descalzos al domicilio de aquél que tenía la ciencia.

    Numerosos son los habitantes de la Alpujarra que no saben ni leer ni escribir. Y, sin embargo, a pesar del esfuerzo que ello representa, no pasa una semana sin que reciba de ellos una carta. ¡Y qué carta!.

    No obstante su indigencia, algunos me han ofrecido una casa y otros un terreno para estar seguros de verme volver entre ellos; acabo de tener la experiencia. ¡Y las autoridades de Murtas me han nombrado hijo adoptivo de la comunidad!.

    No negaré ni el progreso, ni la máquina, ni las perspectivas de viajes sin límite a través del espacio.

    Pero es el hombre el que priva sobre todas las cosas. Y hay virtudes esenciales que, un día, sin duda alguna, nos serán necesarias.

    Una sociedad se organiza; un nuevo mundo se elabora poco a poco. ¿Ganará el furor de vivir a la inteligencia?.

    Nos hace falta el ruido, los gritos, las hazañas, los títulos, mientras que si cada uno de nosotros satisficiera naturalmente su trabajo y no hablase más que de lo que sabe, el planeta sería maravillosamente silencioso.

    Ese silencio benefactor, lo he encontrado allá arriba, justo al lado del cielo. Pues hay palabras que no son de ningún vocabulario y ejemplos de ningún libro.

    Aquéllos que permanecen fieles a su pueblo; aquéllos que cumple los gestos sagrados de sembrar, cortar las espigas y ventear en las eras de trigo, cantando a lo largo de la jornada; aquéllos que hacen largos recorridos en medio de la noche para tocar el violín o la guitarra, para bailar y fortificar los lazos que unen los unos a los otros; aquéllos que saben sufrir con la sonrisa, dar a pesar de que no tienen casi nada, y dar lo mejor de ellos mismos; ésos sí, solamente ésos, conocen el verdadero sentido de la vida. Y la generosidad entre ellos se ha convertido hasta tal punto en habitual que ha dejado de ser la mayor virtud.

    Las muchachas seguirán bailando a la rueda y cantando en las plazas de su pueblo. Domingo no verá América, pero soñará siempre con ir allí. José María terminará su existencia tan pobre y tan rico como la comenzó. Santiago llegará a ser un sabio digno de aquéllos a los que el Maestro lavó los pies. Y el pequeño San Roque de Alfornón será llevado en procesión por las calles de la aldea abandonada, símbolo de esperanza, y santificado por el milagro que le atribuyó un rostro.




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