Escrito y publicado

 

Cástaras en los libros

 

   

Cástaras, misterio entre aguas y piedra

Se trata, en palabras del autor, de “un paseo sentimental por un retazo de la vida de Cástaras”, y en opinión de Eduardo Castro, el acreditado periodista y escritor de Torrenueva, “una obra digna de los mejores clásicos editados hasta ahora sobre La Alpujarra, a la altura sin duda de Jean Christian Spahni e, incluso, del mismísimo Gerald Brenan”.  Escrito por Nicolás García Mezcua, castareño nacido en 1920 y fallecido en 2003, fue modestamente editado en 2005 por la Asociación Cultural de Cástaras y Nieles, recién creada entonces, con un notable y lúcido prólogo del prestigioso maestro y escritor Miguel J. Carrascosa Salas, precedido por presentación y finalizado con breve biografía del autor escritas por un servidor.

Doce de los diecinueve capítulos del libro están dedicados a compendiar la vida de Cástaras en crónicas mensuales, con los quehaceres de sus habitantes allá por los años veinte o treinta del siglo pasado. Aprovechando esta estructura incluiremos aquí cada mes su capítulo correspondiente, en un ejercicio a desarrollar durante 2008.

 

 

Nicolás García Mezcua

 

 

Cástaras,
misterio entre aguas y piedra
 

[fragmentos]

 

A mi madre, Victorina, y a mi abuela, Ana, que en sus conversaciones me trasmitieron tantas y tantas cosas de las que se dicen en estas páginas.

 

 

 

OCTUBRE

 

Lógico es comenzar por este mes.

Septiembre compendia en toda su estructura social y religiosa como en una síntesis, todo cuanto se pueda esperar a través de un año entero, refiriendo el discurrir del mismo hacia las fiestas patronales de San Miguel.

Esas jornadas festivas eran el condensador de los trabajos e ilusiones, que transformaban en alegría cuanto no pudieron lograr en el monótono y trabajoso transcurrir del deshoje del calendario.

Al iniciarse octubre, por toda la plaza y llenos de polvo abundaban los papeles de colores bonicos, que habían envuelto las yemas y chupones de dulce. Asimismo las cañas medio tiznadas de los cohetes disparados tanto a la salida como a la entrada, de las procesiones de San Miguel y de San Antonio patrón y copatrón del pueblo respectivamente.

Los chiquillos, que habíamos disfrutado hasta de la posesión de algunas monedas en aquellas fechas, cosa rara y casi única en el resto del año, buscábamos y rebuscábamos entre aquellos detritus alguna reliquia útil para hacernos posible, siquiera por unas horas más, la idea de que iba a perdurar aún el regocijo de los días anteriores.

La vida, sin embargo, entraba en el quehacer rítmico de todas las jornadas salpicado por algún que otro suceso que las diferenciara de la rutina diaria de aquellos pueblos.

Los músicos se despedían de las familias en cuyas casas habían estado alojados. Los instrumentos musicales de menor tamaño eran llevados por los mismos músicos, que retornaban a pie a sus hogares. Los de mayor envergadura eran cargados dentro o sobre los capachos en alguna caballería, coronando siempre esta carga el bombo. Los mayordomos, compromisarios elegidos anualmente para organizar los festejos, eran los encargados de esta tarea y con ella daban por terminada su misión aceptada por ellos mismos de los mayordomos del año anterior encabezados por el Piostre y asesorados por el Sr. Cura Párroco.

Se notaba en todos una mezcla de tristeza y de cansancio por el ajetreo de los días pasados y a la vez una sabia resignación para emprender nuevamente el ciclo de preparar durante un año la alegría recién saboreada.

Otra vez las tareas del campo, los pantalones de pana y las gorras o sombreros avejentados con el polvo de todos los días.

Para suavizar estas nostalgias y este volver a empezar, el día siete de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario se celebraba una pequeña función en honor de la Virgen bajo esta advocación. Misa cantada y una procesión matinal, que recorría solo media estación. Como era día de labor y las faenas de recolección andaban en plena actividad, la concurrencia a estos actos litúrgicos no solía ser muy numerosa.

Además de esa mencionada media estación en otras ocasiones se utilizaba otro recorrido llamado estación completa. Ambas comprendían un trecho más o menos largo según se hicieran las procesiones por la mañana, al atardecer o por la noche.

De media estación eran las fiestas del Rosario, de la Candelaria, de San José, el sábado de Gloria, el Día del Señor o del Corpus Christi y el día tres de mayo, fiesta de la Santa Cruz.

Distinto itinerario observaban las siguientes celebraciones: Rogativas en tiempo de témporas, primer día hacia el Albercón, segundo hacia las Eras y el tercero hacia el Camino Nuevo. En ellos se bendecían los campos y se oraba por el buen resultado de las cosechas.

También el dos de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, se acudía procesionalmente al Cementerio para rogar por todos fallecidos en el pueblo de Cástaras.

De estación completa, las del Sagrado Corazón de Jesús, las dos de la Purísima (último día de mayo y ocho de diciembre), las de San Miguel y de San Antonio, amén de cuantas se celebrasen durante la Semana Santa. Estas últimas salían todas de noche.

A principios de este mes daban comienzo las tareas escolares. Casi todos los niños acudían a la escuela. Gran parte de ellos por poco tiempo. Sus familiares, con harta pena de los pequeños, en nombre de una situación económica deficiente, los quitaban de la escuela para dedicarlos a las tareas del campo especialmente para guardar una cabra o un marrano u otras faenas impropias de la edad de los niños, siendo esta la causa principal del analfabetismo reinante. Podía cifrarse en más de un tercio la población que no sabía ni leer ni escribir.

Tan honda y arraigada era la aplicación a ese minúsculo pastoreo que, por aquel entonces, a los chiquillos se les llamaba zagales y las chiquillas zagalas, porque tampoco

ellas, aunque en menor escala, se libraban de ese cometido.

En la adolescencia ellos y ellas pasaban a la categoría de zagalones y de zagalonas.

Los locales escolares, uno para cada sexo, eran muy deficientes en cuanto a su espacio y en el material empleado para la enseñanza.

Todo el menaje escolar lo componían la mesa destartalada del maestro con su correspondiente sillón, un encerado o pizarra de regular tamaño, algún que otro mapa descolorido por el tiempo, dos o tres banquillos pequeños para los niños de corta edad y varias bancas o pupitres de diferente color y hechura cada uno que, además de rayados, estaban salpicados de manchas de tinta producidas al mojar su pluma los escolares en unos diminutos tinteros de loza, llenos con la tinta que ellos mismos fabricaban con agua y unos polvitos negros o azulados que venían en unos sobrecitos de papel.

Años se pasaban deletreando la Cartilla, pasábase luego al Catón y por último a unos libros de lectura titulados Deberes y Mi primer manuscrito.

No había enciclopedias y los diversos conocimientos eran transmitidos por el saber y la buena voluntad de los maestros. De vez en cuando se iba de paseo al Camino Nuevo para hablar de Geografía o de Ciencias Naturales.

El maestro utilizaba un largo puntero para señalar en el mapa o en la pizarra. Así mismo nunca faltaba la regla o la palmeta para hacer valer aquello de la letra con sangre entra o algo similar.

Para hacer cuentas o escribir dictados se utilizaban unas pequeñas pizarras y un pizarrín o clarión. Rara vez se encontraba una de esas pizarritas que no estuviera sin marco, rajada o convertida solamente en un trozo de la misma. A veces, por no tener el pizarrín conveniente, se usaba para escribir un trocito de la misma pizarra. No había dinero para comprar los útiles necesarios.

Se cantaba al entrar y salir de la escuela. El canto era el comienzo o final de la labor escolar. Estos cánticos tenían un sabor más o menos religioso o político, según corrían los aires gubernamentales. Era ineludible cantar todos los días la tabla de multiplicar.

En los cuatro o cinco años en que yo acudí a aquellas escuelas, recorrí cuatro locales distintos, todos de las mismas dimensiones poco más o menos y con igual ventilación: sólo la puerta y también una pequeña ventana. Fueron: los bajos del Ayuntamiento, otro en la Placeta y dos más en distintas casas al subir la cuesta de la iglesia.

Los maestros y maestras, chapados a la antigua, eran trasladados con frecuencia de un pueblo a otro.

Trataban de enseñar y sobre todo de educar tanto dentro como fuera de la escuela, dejando en los alumnos y en sus familiares un grato recuerdo.

Por estas primeras fechas de octubre se celebraba en Cádiar su feria anual. Era casi obligado acudir a ella. Especialmente los niños gozaban con esta primera salida importante a un lugar distinto de su pueblo, poniéndose en contacto con un mundo diverso sobre todo en actividad mercantil. Para los más su segunda salida digna de mención era para ir a hacer el servicio militar.

En esta feria se realizaban diversas transacciones. Compras y ventas de variadas mercancías o intercambios de animales. Contaba sobremanera retornar al pueblo con el lechón para la matanza del año siguiente.

Aquellos vecinos del pueblo que tenían sus haciendas propias o en arrendamiento en la vega alta y que allí habían disfrutado del fresco y trabajo del verano, hecha la recolección de sus cosechas, retornaban a sus hogares para pasar el invierno que se avecinaba.

Todas las tardes, casi entre dos luces, cruzaban las calles las caballerías, asnos o mulos, cargados de maíces, habichuelas o forraje para el ganado.

El conjunto de los pagos de la vega alta era denominado con el término de por ahí arribas, teniendo sin embargo, cada pago su propia denominación según el nombre de su dueño o debido a alguna circunstancia orográfica de suelo o manantial.

También en ese mes de octubre daba comienzo la vendimia. Parte del secano del municipio estaba plantado de viñedos con bastantes almendros y no pocas higueras.

En capachos era transportada la uva y depositada en alguno de los diversos lagares existentes en algunas casas del pueblo.

El día señalado para la pisa se buscaba a los expertos para ese menester. Ellos, recogido el pantalón hasta la rodilla, con unas agovías de madera, pisaban la uva con lentitud y cierta maestría y elegancia.

El mosto, recogido en el pilón del lagar, era llevado en cántaros hasta la casa del propietario de la uva y allí se introducía en las cubas o toneles, dejándolo fermentar hasta el tiempo del trasiego a otro recipiente, esperando la hora del disfrute del caldo generoso coincidente, casi siempre, con la fecha de las matanzas.

Sobre los terrados de las casas aparecían tendidos sobre jarapas o zarzos de cañas, los maíces para terminar de secarlos. Igualmente se extendían los higos de secano que, una vez tostados por el sol, se depositaban en cajas o cajones de madera y en ellos apidonados se les dejaba criar azúcar para tomarlos como dulces en los días de Navidad.

A los lados de las ventanas se colgaban ristras de pimientos colorados, orejones de tomate y ensartas de habichuelas garbanzas para los pucheros con manteca de los inviernos.

Muchos niños que durante el verano anduvieron descalzos siempre a causa del ahorro económico, volvían a calzar las albarcas o las babuchas y así podían librarse del frío o del barro que comenzaba a formarse al caer las primeras lluvias otoñales. A ello se unían los calcetines fabricados por las mujeres con algodón y caseramente. Estos calcetines, de larga duración, cuando se rompían, eran nuevamente remendados con las mismas artes y, al final, cuando ya no era posible la componenda, los críos los aprovechaban para hacer pelotas con que jugar al frontón. Así de pobre y de reutilizada era la economía de aquella zona.

La agricultura apenas daba para comer a los que tenían propiedades. Los menos favorecidos por la fortuna aguardaban la salida de algún jornal. Con frecuencia estos jornales se daban a torna peón, auxiliándose mutuamente en los diversos quehaceres.

Hubo un periodo en que la explotación minera contuvo a los castareños dentro de sus límites municipales.

Existían en aquel entorno diversas explotaciones mineras de mercurio o azogue amén de otra mayor de hierro.

En el término municipal de Cástaras se encontraban las minas del Cerro de Mansilla y las de los Prados de Villareal, ambas de mercurio. Cercanas estaban las de La Sultana en Almegíjar, las de La Perla en Nieles, y las del Riachuelo de Tímar en el término de Lobras.

La explotación minera de hierro, en jurisdicción de Busquistar y Almegíjar estaba situada en el Cerro del Conjuro de donde tomaba su denominación.

Agotada la explotación minera de estos yacimientos se produjo un éxodo muy fuerte para buscar fortuna, hacia Marruecos y hacia América, especialmente hacia Buenos Aires, en la República Argentina.

Rara era la familia que no tenía emigrado alguno de sus miembros. Muchos de estos emigrantes se llevaron a la familia entera y bastantes de ellos cortaron para siempre la relación con los suyos y con el lugar que los vio nacer.

Temporalmente había dos periodos en que se producía otro tipo de emigración. Algunos se alejaban buscando trabajo a diversas comarcas dentro de la provincia. Concretamente se dirigían al Marquesado provistos de su rempuja o sombrero de palma y de su hoz bajo el brazo. Era la temporada de la siega.

La otra salida hacia la costa de Motril y aledaños. Hombres y mujeres, a veces también la familia entera, con un bagaje de mal vivir, para trabajar en la Monda o zafra de la caña de azúcar.

Con lo ganado retornaban al pueblo, después de muchas fatigas y penurias, para emplearlo en atender al pago de las deudas acumuladas durante el año y comprar los trapillos para las fiestas de San Miguel.

 

Tradicional vista del pueblo desde el Visillo. Años 60.

 

Nicolás GARCÍA MEZCUA: Cástaras, misterio entre aguas y piedra. Cástaras (Granada), Asociación Cultural de Cástaras y Nieles, 2005, pp. 47 - 55. Copyright © Herederos de Nicolás García Mezcua.

 

 

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Fecha de publicación:  01-01-2008
Última revisión:            10-10-2008

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