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LA ALPUJARRA
La Andalucía Secreta
Jean-Christian Spahni
No se podría estudiar la Alpujarra sin detenerse primeramente en Sierra Nevada, que constituye la frontera absoluta al norte.
Esta larga cadena de montañas pertenece a la cordillera Penibética, la cual está comprendida casi por entero en la provincia de Granada. Extendiéndose del este al oeste en una longitud aproximada de cien kilómetros, mide de quince a veinticinco kilómetros de anchura y está situada a sólo treinta kilómetros del litoral mediterráneo del que dibuja su exacto perfil.
Se trata de un anticlinal, orientado al noroeste, contemporáneo de los Alpes y datado en el Mioceno. El terreno se compone de pizarra micácea arcillosa, rica en granates, y de pizarra de formación cristalina, ambas muy friables. Los contornos de la montaña, muy poco marcados, se resienten de ello. Sierra Nevada muestra, en cambio, una cara norte abrupta donde los abismos presentan profundidades de varios centenares de metros. Su flanco sur, por contra, ofrece, en la pendiente suave, una ascensión fácil pero de una monotonía desesperante.
Al oeste, Sierra Nevada desciende bruscamente para permitir su paso a la carretera Granada - Motril. Vuelve a alzarse en seguida formando un desordenado complejo de pequeñas cordilleras, dominadas por la masa de la Sierra de Almijara, en el linde de las provincias de Granada y Málaga.
Al este, Sierra Nevada acaba por confundirse con las colinas poco elevadas de la Andalucía de la sed. Esta, inmensa extensión desértica y calcinada, cubre la parte norte de la provincia de Granada, una superficie importante de la de Almería, penetrando incluso en Castilla y en los encantadores huertos murcianos. Tres cadenas montañosas cercan, sin embargo, el sistema en dirección al este. la Sierra de los Filabres, la Sierra de Gádor y la pequeña Sierra Alhamilla.
Al norte, el desorden es mayor aún. La carretera que, de Granada, conduce a Levante, atravesando la pintoresca ciudad de Guadix y la de Baza después, debe franquear no sin dificultades algunos puertos, hundirse en estrechos valles, luchar contra una geografía caprichosa, que no había previsto un día el hombre pasaría por allí. Bordea el pie sur de la Sierra de Harana, cordillera calcárea roída por la erosión que ofrece una silueta extraordinaria y atormentada. Originaria de África, esta montaña pasaría por encima de Sierra Nevada, abandonando su raíces en territorio malagueño.
Por último, al sur, Sierra Nevada no toca el mar. Ha permitido la formación de una llanura larga pero estrecha, orientada del este al oeste, sembrada de oasis verdeantes y fértiles, donde el hombre se instaló. Entre Sierra Nevada y el Mediterráneo se levanta aún una cordillera de escasa altitud, la Contraviesa, cubierta de vides, almendros e higueras. A sus pies, se cultiva la caña de azúcar, las naranjas y los limones, mientras que a algunos kilómetros de allí, al norte, se extienden bosques de castaños y brillan nieves eternas. La Contraviesa se precipita directamente en el Mediterráneo. Hay, por zonas, suficiente espacio para que modestos pueblos de pescadores se atraviesen siguiendo una de las más bellas carreteras del litoral, la de la Costa del Sol. La Sierra de Lújar, sólido macizo de calcáreos triásicos, marca altanera el límite al oeste.
La Alpujarra se extiende desde Sierra Nevada hasta el mar. Es cierto que el nombre engloba una sensible parte de la Andalucía de la sed, que desborda la provincia de Granada, penetra en la de Almería y va a tropezar contra la Sierra de Gádor: Pero esto no es va la Alpujarra en lo que ella tiene de típico. Es ya una escapada a una región de carácter completamente distinto, a un país atormentado, sin indulgencia, de una dolorosa belleza. De ahí la limitación voluntaria de esta obra, dedicada exclusivamente al estudio de la Alpujarra granadina.
Sierra Nevada suministra agua en profusión. Granada le debe el ser una de las ciudades más frescas de Andalucía y el poder mantener una llanura de excepcional fertilidad, la Vega.
![]() Foto 1: Soportújar. |
![]() Foto 2: Capileira. |
![]() Foto 3: Torviscón. |
![]() Foto 4: Cástaras. |
El Geníl, el río que arrastra lágrimas y sangre, cantado por campesinos y poetas, nace al pie del Veleta, una de las mayores cumbres de la Sierra. Sus afluentes más fieles son el Darro, el Monachil y el Dílar. El Geníl lleva orgullosamente sus aguas al Guadalquivir, y después al océano Atlántico.
¡Vale la pena emprender el viaje desde el techo de la península a los lugares desde donde, Cristóbal Colón partió hacia su gran aventura!. Al este, se encuentra el río menos favorecido de Almería, cuyas aguas, bebidas a la vez por el hombre, los cultivos y el calor, raramente alcanzan el Mediterráneo (*).
Entre Sierra Nevada y la Contraviesa, numerosos torrentes, en el deshielo de las nieves ó en verano, en la época de una tormenta en las alturas, vienen a formar un río de poca importancia, el Guadalfeo, que también desemboca en el Mediterráneo, cerca de MotríI. Pero la irrigación emplea lo mejor de sus aguas y el resto no es más que un líquido fangoso y rojizo, cubierto de todas las tierras de la montaña.
En el flanco norte de Sierra Nevada nacen algunos arroyos, como el río de Gor y el río Fardes, juntándose este último con el Guadiana (*) en ocasiones para marchar en su compañía al Guadalquivir por un camino apartado.
En la Contraviesa, en la rambla de Albuñol, que casi siempre se atraviesa sin tener uno que mojarse los pies, se ha abierto, sin embargo, un valle encajado y profundo. Mucho tiempo y paciencia fueron necesarios para ello.
Tres gigantes ilustran, en la geografía y en la historia, Sierra Nevada. Los tres, por fantasía de la naturaleza, ocupan la parte occidental y componen para la ciudad de Granada el más bello cuadro de fondo que un artista pudo jamás imaginar. Es la Alcazaba, el menos alto de todos, terreno de actividades por excelencia de los alpinistas granadinos. Es el Veleta, cuya cumbre intenta conquistar una carretera, sin conseguirlo siempre. Es el Mulhacén, techo de la península, en donde la leyenda emplaza la tumba del penúltimo rey de Granada al cual el pico debe su nombre.
Los turistas que gustan de los paisajes grandiosos tomarán en Granada la carretera llamada de la Sierra (pendiente 7º como máximo), que pasa por la aldea de Pinos Geníl y que los conducirá fácilmente hasta los albergues del Veleta, a una altitud aproximada de 2.500 metros. El panorama, ya en este punto, es magnífico, sobre todo en primavera cuando la nieve adereza aún las más altas cumbres. Pues Sierra Nevada, en verano, justo es confesarlo, de color amarillento, quemada y estéril, es muy monótona. En mayo o junio, en cambio,¡qué magnificencia!. Un amanecer visto desde el Mulhacén, y a pesar de algunos grados bajo cero, resulta un espectáculo inolvidable ¿No se perciben, más allá de un Mediterráneo brillante como un espejo, las crestas del Rif temblando en el vapor matinal?. África está aquí presente, más lejana a causa de la bruma que de la distancia.
![]() Fig. 1 - La Sierra. La sucesión de altas montañas y la presencia inesperada de algunos cortijos han atraído la imaginación del autor de esta extraordinaria composición (muchacho de 11 años). |
Desde los albergues hasta la señal del Veleta, la subida en automóvil es imposible la mayor parte del año. Es mejor llegar a pie. Por otro lado, los itinerarios no faltan en Sierra Nevada. Yo dejo al naturalista en busca de plantas medicinales, de cabras salvajes y de pájaros raros, al geólogo o simplemente al viajero sensible, el cuidado de trazar por sí mismo los vericuetos que deleitarán a los más indiferentes.
En la época cuaternaria, algunos glaciares recubrían una parte importante de la sierra. El estudioso Hugo Obermaier ha completado la lista y dibujado los límites de los mismos. No podrían ser comparados a los de los Alpes o los Pirineos, pero no han caracterizado menos la región, abriendo enormes circos, al fondo de los cuales duermen pequeños lagos prodigiosamente coloreados. Uno de ellos, la Laguna de las Yeguas, está próximo a la carretera del Veleta. De estos glaciares cuaternarios, quedan algunos restos recubiertos de arena y de guijarros, refugiados a la sombra de tres colosos donde sufren una agonía que perdura desde milenios.
Por un agradable sendero se puede ir a pie desde los albergues a Capileira, una de los pueblos más altos de la Alpujarra. El recorrido es hermoso y una carretera pasará un día por allí.
Para penetrar en la Alpujarra, se pueden también afrontar los Puertos que, al este, como el del Lobo, conectan con la vasta llanura de Guadíx. Pero la visita del país -una sugerencia no excluye la otra-
debe hacerse, a mi entender, por la puerta natural e histórica. Y esta puerta se llama Órgiva.
Se llega a Órgiva siguiendo la excelente carretera que va de Granada a Motril. Desde el comienzo, se disfruta de un panorama maravilloso sobre Sierra Nevada. En el lugar llamado Suspiro del Moro, la tradición relata que Boabdil, el último rey de Granada -el rey chico como todavía se le llama entre el pueblo-, se detuvo para dirigir una última mirada sobre la ciudad que acababa de entregar en las manos de los Reyes Católicos. Chateaubriand nos ha referido, no sin romanticismo, la capitulación de Granada en su obra titulada Aventures du dernier Abencérage.
«Cuando Boabdíl, último rey de Granada, fue obligado a abandonar el reino de sus padres, se detuvo en la cima del Monte del Padul. Desde este elevado lugar, se descubría el mar donde el infortunado monarca iba a enbarcarse para África. Se divisaba también Granada, su Vega, el Geníl, en cuya ribera se alzaban las tiendas de Fernando e Isabel. A la vista de tan bello país y de los cipreses que a ambos lados flanqueaban las tumbas de los musulmanes, Boabdil se deshizo en lágrimas. La sultana Aixa, su madre, que lo acompañaba en el exilio con los grandes que antaño componían su corte, le dijo: «Llora ahora como mujer el reino que no has sabido defender como hombre»'. Descendieron la montaña y Granada desapareció para siempre de sus ojos».
Es cierto que a partir de este lugar histórico, comienza el descenso al sur y al Mediterráneo (que aún no se ve, ¡mal que pese a Chateaubriand!).
Con el pueblo de Padul y después el de Dúrcal, se entra en el radiante valle de Lecrín. El suelo allí es muy fértil. Unos puentes franquean amplios valles. El aire es de una insospechada transparencia. Las rocas desnudas de la Sierra inmediata presentan colores que no son de ninguna paleta.
Y se llega a Béznar y sus cultivos mixtos de naranjos y olivos. Estos protegiendo a aquéllos de una helada siempre amenazante dada la proximidad de la montaña. A lo largo de la carretera se venden naranjas; su piel cubre el asfalto en algunos kilómetros; se conoce que los turistas pasaron por allí...
En Tablate hay que detenerse para admirar el puente árabe. La historia entera de la rebelión morisca está ligada a esta laboriosa obra, gracias a la cual los musulmanes, descendiendo desde la Alpujarra, podían atravesar el valle, esparcirse en la Vega y penetrar en las calles de Granada donde sembraban el pánico y el desorden.
Después, la carretera se bifurca. La rama de la derecha continúa descendiendo. La de la izquierda afronta una subida que llega rápidamente a Lanjarón, una de las estaciones balnearias más célebres de Andalucía.
Desde el pueblo, que se extiende en dos kilómetros a cada lado de una calle principal, se disfruta de una vista incomparable y de un aire que, en pleno verano, permanece fresco. En cuanto a los baños, libre es cada uno de creer o no en las virtudes de que hablan los prospectos. Ello no obsta para que la estancia en Lanjarón, para millares de turistas, constituya un encantamiento. Hay hoteles modernos y suntuosos, grandes cafés y animación en las calles donde los gitanos venden toda clase de souvenirs. Se hallan postales, piscinas y cines. Pero el color local está evidentemente ausente.
Lanjarón, en tiempos de los árabes, formaba parte de la Alpujarra. Allí habían construido una poderosa fortaleza de la que se ven aún las minas, de arriba a abajo del pueblo, sobre un espolón rocoso. Su toma y destrucción datan del año 1500. No nos detendremos allí, pues el verdadero contraste no es en Lanjarón donde lo sentiremos.
Sin embargo, a la salida del pueblo hay un primer signo: advertiremos antiguas casas con tejados planos de launa. Eso sí es de la Alpujarra y nos invita a proseguir el viaje.
La carretera comienza a descender. Enfrente de nosotros; está la Sierra de Lújar y sus barracas altas donde se alojan los mineros. El Mediterráneo está escondido detrás; se lo divisa sin embargo, a mano derecha, allí donde en el mapa figura la ciudad de Motril.
Órgiva se extiende espléndida en una llanura de pendiente suave hacia el sur, toda cubierta de olivos. Desde lejos, se distingue su gran iglesia de dos torres. Las casas de techos de tejas, de varios pisos, ricas y suntuosas, abundan, pues la localidad es importante. Por ella desfilan todos los habitantes de la Alpujarra, pues está a la entrada (o a la salida) de su pequeño reino. Por allí pasan líneas de autobuses que enlazan numerosos pueblos. La vida en las calles es intensa, pero no como en Lanjarón. Aquí
predomina el campesino de la montaña. Con todo, antes de encontrar la verdadera Alpujarra, es necesario recorrer algunos kilómetros.
Dejaremos para otro itinerario la carretera que conduce a Torviscón y a Cádiar. Retrocediendo un kilómetro nuestros pasos, tomaremos la que, definitivamente, asciende a la conquista de la Sierra, trazando mil zigzags sobre una pendiente cada vez más acentuada. Mejorada recientemente, enlaza dos de las más importantes localidades de la Alpujarra granadina: Órgiva y Ugíjar.
Se pasa por encima de Bayacas y de Carataunas, después delante de Soportújar. Esta aldea merece un alto en el camino debido al panorama que se disfruta sobre el valle y a su típica arquitectura: callejuelas estrechas y tortuosas, casas de piedras, blanqueadas con cal, orientadas hacia el sur, balcones llenos de flores, graneros ampliamente abiertos y, en los alrededores, en los campos, campesinos afanándose. La duda no tiene ya razón de ser: nos hallamos en la Alpujarra.
![]() Fig. 2 - Pequeña plaza de Órgiva (muchacho de 12 años). |
Se debe a Gustave Doré un dibujo del barranco de Poqueira que impresionó a los escritores románticos, a Charles Davilliers en particular, por su profundidad y sus dimensiones. El espectáculo es ciertamente atrayente, pero guardémonos de exagerar.
Por otra parte, una central eléctrica, que acaba de instalarse bajo el pueblo de Pampaneira, arruina todo el efecto. La belleza del lugar ha sido desgraciadamente dañada y hace falta levantar muy alta la cabeza para que la mirada no tropiece con las torretas y los hilos que tejen en el cielo una horrible tela de araña.
Construidas unas encima de otras, se hallan estas tres aldeas: Pampaneira, Bubión y Capileira, dominadas por el Veleta cuyo acceso, desde esta última, es fácil. Una cascada de cultivos, de tejados grises y planos y, en cada localidad, gentes hospitalarias, adorables casas antiguas, flores en todas las ventanas, un aroma a pan recién hecho, a madera de castaño y a pizarra.
Un poco antes de Bubión, la carretera continúa en dirección a Pitres. Se extiende a lo largo de precipicios, multiplica los virajes en horquilla, pero la naturaleza está en fiesta y la sombra del peligro no podría deslucirla.
Pitres, en sí, no tiene nada de atrayente. Sin embargo, la situación del pueblo merece ser señalada. Este panorama grandioso lo conservaremos todavía algunos kilómetros.
Al fondo de un estrecho valle, se distinguen unas aldeas: Mecina Fondales y Ferreirola. La visita vale la pena, mucho más si gusta andar, pues la pendiente es vertiginosa y la subida, de regreso, no puede hacerse corriendo.
En un barranco, aprovechando un modesto torrente, se escalonan viejos molinos de origen árabe.
A la izquierda y por encima de la carretera, está Pórtugos; a la derecha y por debajo, Busquístar. Ambas son espléndidas localidades alpujarreñas, en medio de sus campos de cereales y de maíz. Altas colinas atormentadas les sirven de decorado. Pero en la proximidad se explotan minas de hierro. El va y viene de las vagonetas que transportan el mineral a Órgiva perjudica un poco, el paisaje. La civilización tiene exigencias que no respetan la poesía de los lugares.
Nueve kilómetros más allá, en un valle ampliamente abierto, primero sobre el sur y que se estrecha progresivamente, está Trevélez, el pueblo más alto de España (1.700 metros de altitud), a excepción de Soldén, situado en Andorra.
La carretera pasa al pie, de la vecindad. Levantando la cabeza se valora más la audacia de quienes construyeron la aldea.
Punto de partida favorito para una ascensión sin peligro, pero larga, hasta el Mulhacén, Trevélez se merece una parada (de él hablaré numerosas veces). El agua es allí tan pura como la claridad de las estrellas. El aire que se respira abre furiosamente el apetito.
En invierno, caen hasta cinco metros de nieve en el pueblo. La única solución para salir de casa es utilizar el tejado, afortunadamente adaptado a las circunstancias.
El itinerario alpestre no acaba ahí. Vamos a seguir ahora la pendiente oriental del valle, pasar el puerto de Juviles y atravesar la sonriente aldea del mismo nombre, cara a la Contraviesa cuya enorme masa secuestra el mar de nuestros ojos.
Un sendero, a la derecha, conduce a la pequeña aldea de Tímar, famosa por sus telares. Penetra en un mundo de rocas, desfiladeros estrechos y precipicios en donde las cabras negras, que no son víctimas del vértigo, pacen en toda quietud.
La carretera, por su parte, no administra sus ondulaciones, sino que sube, baja, tan caprichosa como es la geología, y parece en ocasiones penetrar hasta el corazón de la montaña.
El espectáculo cambia a cada vuelta. A cada recodo surgen descubrimientos, sorpresas, gratos encuentros.
Los pueblos se multiplican; se asemejan mucho entre sí, pero cada uno con su propia personalidad: Los Bérchules, Mecina Bombarón, Yegen, Válor...
Pero a medida que se distancian Trevélez y las cumbres nevadas, nos adentramos en una zona estéril y desértica, asolada por la doble erosión de la lluvia y del viento. Así, en Yegen, al borde de la explanada, inclinándose sobre el abismo, se tiene la ilusión de un paisaje lunar.
Válor es rico, sonriente, una charca de vegetación, mientras que su alrededor es un desierto multicolor. Hemos dado los primeros pasos en la Andalucía de la sed. Allí, se celebra, el 15 de septiembre, una fiesta muy curiosa, llamada de moros y cristianos (ver pag. 134), que se desarrolla ante la mitad de los alpujarreños acudidos para la ocasión.
Después de Válor, la carretera vacila, gira, regresa, finalmente se decide y deja atrás la zona alpestre para adentrarse en el margoso valle de Ugíjar, dominado por extrañas paredes de arcilla rojiza. Antes de entrar en la capital de la Alpujarra, sería bueno volver a subir la pendiente y visitar los pueblos de Mairena y Laroles, balcones de la región, el muy pintoresco de Picena, para cerrar la hebilla en Cherín.
Desde Laroles, una pista poco transitable, la de la Ragua, conduce al norte, a la llanura de Guadix.
Ugíjar está situado en los confines orientales de la Alpujarra granadina. Su posición es ya sorprendente, pues el pueblo se despliega anchamente en una comarca desértica. Toma su sustento de un oasis fecundo donde, gracias al clima excepcional y a la irrigación, se cultivan conéxito legumbres, frutas y cereales.
La localidad respira la alegría de vivir, la despreocupación y la tranquila seguridad que procuran una vida sana y armoniosa. Las casas relucen de blancura. Bastantes de ellas, que datan de cuatro a cinco siglos, presentan un aspecto arrogante con su balcones, sus ventanas enrejadas y sus torres. Las semejanzas son abundantes con ciertos rincones del Albaicín, el barrio de los artesanos árabes que, en Granada, ocupa una de las tres colinas de la ciudad. Ugíjar es sin discusión el pueblo más pintoresco de la Alpujarra. El pasado allí subsiste inalterado, en un decorado fiel y constante, en calles confusas, entre el mido, los colores y el olor del gentío y las bestias. Lo mejor de Oriente ha penetrado profundamente en las tierras, en donde ha pervivido más tiempo que en otra parte, abrigado ante las influencias exteriores, detrás de la muralla infranqueable de las altas montañas. El contacto con el hombre, en Ugíjar, es tan fácil como secreto Y hostil es el desierto del alrededor, dada la frontera rigurosa que marca el límite entre el núcleo de población y la vasta extensión mortalmente calcinada. Ugíjar dejará un recuerdo inefable al que ama y comprende el lenguaje de las Piedras, de las casas cargadas de historia y de un pueblo que lleva en el alma la nostalgia de un pasado casi legendario.
De Ugíjar, una carretera se dirige directamente hacia el este, penetra en territorio de Almería y se encamina entonces, libre de toda traba, por montes y valles inofensivos, a la conquista de la Andalucía de la sed donde los pueblos descubiertos, a cada recodo, hacen maravillarse. Son Alcolea y Láujar, éste aún repleto de recuerdos de la rebelión marisca, donde se muestra una casa que habría habitado el infortunado rey Aben Humeya; después, descendiendo ¡lacia el Mediterráneo, Fuente Victoria, Alfondón, Canjáyar.
Otra carretera conecta Ugíjar con el puerto de Adra, construida sobre una colonia fenicia. Atraviesa un paisaje de estepas donde brilla la pizarra. En Berja, el cultivo de la vid en parrales está muy generalizado. La mirada reposará allí de la aridez de los lugares. Pero es hora de dar media vuelta y regresar a Órgiva para una nueva partida.
Tomamos ahora la carretera que atraviesa el Guadalfeo, pasa por encima del triste pueblo minero de los Tablones, al pie de la Sierra de Lújar y comienza a elevarse siguiendo los menores pliegues de la montaña. Las ramblas y los barrancos son profundos. Los vaivenes imitan, en sentido inverso, los de la carretera que va de Trevélez a Ugíjar.
El flanco norte y mal iluminado de la Contraviesa se hace pronto monótono. Afortunadamente, una sorpresa nos aguarda: en un recodo, está Torviscón, construido entre las pistas y las higueras de Berbería, en una atolondrada cascada de tejados planos, hasta tal punto próximos entre sí, que se puede, dada la estrechez de las calles, saltando de uno al otro, visitar así toda la localidad de una manera, si no afable, sí al menos original. El ambiente es africano, berberisco, muy diferente del oriental de Ugíjar. Torviscón está al borde de una ancha rambla pedregosa, casi siempre seca, que los campesinos utilizan para llegar a la ribera del Guadalfeo donde mantienen pobres cultivos. Un enorme puente atraviesa esta rambla, y parece bien inútil. Si una tormenta estalla sobre las alturas de la Contraviesa, el lecho, de cincuenta metros de ancho, se convierte en pocos minutos en un torrente impetuoso y devastador que ha aniquilado más de un ganado.
Pedro Antonio de, Alarcón pasó por allí; una placa fijada al muro exterior del ayuntamiento renueva su recuerdo. Sensible gesto. Por otro lado, todo el mundo es amable en Torviscón. Al extranjero se le acoge con una hospitalidad tan notable como lo es la dedicación de sus habitantes al cultivo de la vid y como raras son las casas que carecen de lagar. El vino de allí es famoso.
A partir de Torviscón, el paisaje se hace más interesante. Al norte, colgados sobre vertiginosas pendientes, están los pueblos de Almegíjar, Notáez y Cástaras, construidos en nido de águila y que, desde abajo, parecen inaccesibles. Así lo fueron hasta la reciente construcción de una buena carretera. El aislamiento sufrido durante siglos ha permitido la conservación de un rico folklore en la zona.
Haremos un alto en Cádiar, que está en el corazón de la Alpujarra granadina. El importante pueblo, construido sobre la ribera izquierda del Guadalfeo, es muy alargado y atraviesa una buena parte de la llanura que se extiende entre Sierra Nevada y la Contraviesa. La riqueza de Cádiar está en el aceite de oliva y los cereales. Hay profusión de eras de trigo.
| Fig. 3 - El pueblo de Torviscón. Las dimensiones voluntariamente exageradas de la iglesia subrayan la importancia de ésta en el seno de la comunidad (muchacho de 11 años). |
Sobre una pendiente, entre castaños, reconocemos Los Bérchules y, detrás, las estribaciones del Mulhacén que parece tocar el cielo.
En Cádiar tenemos que elegir. O bien reenlazamos la carretera alpestre que, de Trevélez, nos conduce a Ugíjar. O bien nos dirigimos directamente a este pueblo pasando por Yátor. La llegada de un desconocido a esta extraña localidad, perdida en medio de las estepas, provoca el levantamiento en masa de todos los niños de la región.
Un poco antes de Torviscón, la carretera se bifurcaba. Para llegar a Cádiar, habíamos seguido la vía de la izquierda. Tomaremos ahora la de la derecha que acomete una pendiente bastante pronunciada. A cada recodo, el paisaje se ensancha. Sierra Nevada entera se presenta ante nuestros deslumbrados ojos. Esta subida de la Contraviesa, al comienzo de la primavera, cuando están los almendros en flor, es fantástica. Poco a poco, se domina toda la Alpujarra y, por encima de las montañas, la vista se aventura hasta los confines orientales de la provincia de Málaga.
Y llegamos al puerto, al sur, con una bajada de mil metros sobre el Mediterráneo (*). Nos quedamos mudos de sorpresa. ¡Pero hay allí algo más que el panorama!. Es también el perfume de centenares de plantas y musgos. Es el vuelo tímido de curiosos pájaros cerca de nuestras cabezas. Es el aire fresco, la inesperada presencia de algunos alcornoques, el brillo de los esquistos. Uno se siente dueño del mundo, espectador de dos continentes, pues África se adivina, a pesar de la bruma que sube del mar. Y el silencio es total.
La carretera bien trazada, invita al descenso. ¡Qué éxtasis!. Los pueblos pronto reaparecen entre una cascada de viñedos: Fregenite, Rubíte, Polopos, Sorvilán. Comparten una arquitectura que nos es familiar. Sin embargo, numerosos tejados son de tejas rojas, que se suman a la alegría de un paisaje donde no faltan los colores. La vid está por todas partes. De ella se extrae tina multitud de vinos (vino de la Costa), de los que algunos, sacados a 20 y más grados incluso, de un sabor incomparable, son el orgullo justificado del país. En Sorvilán, llegué a beber algunos ¡con más de cien años!
Los que gustan de andar, harán el trayecto de Torviscón a Sorvilán pasando por el Haza del Lino. Esta excursión a la conquista de la Contraviesa y con un panorama desde uno de los puntos más elevados y mejor iluminados de la amable cordillera, les encantará.
La carretera hace perdurar el placer; se aproxima para después alejarse del Mediterráneo, perdiendo poco a poco altura. Pronto emprende la profunda rambla de Albuñol, de una increíble esterilidad. Pero el pueblo aparece en medio de una fértil vega. Ahí radica todo el encanto y el secreto de la Alpujarra: en una sucesión rápida, con una distancia muy corta, se encuentran paisajes tan diferentes entre sí como se pueda imaginar.
Albuñol conoció sus momentos de esplendor. Primero, en los tiempos prehistóricos, cuando las tribus neolíticas frecuentaban la cueva de los Murciélagos. Luego en el curso de la ocupación musulmana, bien al abrigo de su vega próxima al mar, guarida ideal para piratas y contrabandistas. Los conoció, una vez más, a finales del siglo pasado, cuando una élite dirigía sus ojos hacia el exterior y una imprenta publicaba obras debidas a la pluma de sus propios habitantes. El pueblo, dividido en dos barrios separados por un profundo barranco, es agradable. A su iglesia no le falta belleza. Las calles están limpias y las tiendas bien abastecidas. La animación que reina no puede por menos que recordar la de Órgiva. En las bodegas se degusta un vino suculento.
La rambla de Albuñol nos conduce directamente al mar; los cultivos se extienden hasta la playa. Desemboca en las proximidades de la miserable aldea de pescadores de La Rábita, dominada por una pequeña fortaleza.
Desde Albuñol, una carretera retorna la ascensión de la Contraviesa entre los almendros, las higueras y la vid, dirigiéndose hacia el este. Pasa por Albondón, otro balcón sobre el Mediterráneo, desfallece y alcanza finalmente una cresta que no dejará ya en un largo trayecto. La Contraviesa, constelación de cortijos todos blancos, es como un trozo de cielo caído, con las casas allí donde estarían las estrellas.
Se continúa esta carretera, olvidando la que, a la izquierda, conduce a Cádiar. Bruscamente, se desciende hacia el norte, hasta Murtas, frente a la Sierra de Gádor. Pedro Antonio de Alarcón, que residió
allí, comparó esta localidad a algún pueblo de Castilla la Vieja. La semejanza es discutible. Su personalidad, que no comparte con ninguna otra vecindad alpujarreña, no se la debe Murtas tanto a una arquitectura, que hemos encontrado muchas otras veces, como a sus propios habitantes y a un folklore milagrosamente conservado intacto. En ello tengo que extenderme por cuanto que yo descubrí en esta región privilegiada canciones, música, costumbres y un arte popular que, en otras partes, desaparecieron para siempre. En el centro del pueblo se levanta una magnífica iglesia de doble campanario. Murtas está dominado por la cumbre redondeada del Cerrajón que, hacia el este, está cortado al abismo; su altitud alcanza los 1.509 metros y la vista desde la cima, no tiene par en toda la Alpujarra.
Antes de acometer el descenso a Murtas, dejamos a la derecha una mala pista que, en quince kilómetros, lleva a Turón. Construido sobre una explanada, el pueblo parece haber olvidado las horribles masacres que tuvieron lugar durante la guerra civil de 1936 a 1939. Desde allí, una carretera mejor trazada conduce a Benínar, después a Darrical, ya en la provincia de Almería.
Desde Murtas, seguiremos la carretera que baja a Mecina Tedel, pasa por delante de las ruinas del castillo de Juliana, por encima de la sorprendente aldea de Cojáyar, en equilibrio sobre una arruga del terreno, donde los cultivos tropicales vuelven a ser posibles. Nuevo recodo, nuevo contraste: ahí está Sierra Nevada, reencontrada, con sus pueblos en medio de oasis suspendidos y verdeantes. A nuestros pies comienza la Andalucía de la sed que, como se sabe, nos arrastrará lejos, hacia el norte o hacia el este si uno se deja tentar. Cerca de nosotros, en un campo de olivos, mancha blanca sobre fondo verde, se extiende Jorairátar, última etapa de la Contraviesa antes del desierto quemado en medio del cual, pese a todo, milagro de la irrigación, vive y vive intensamente Ugíjar, capital de de la Alpujarra y fin de este itinerario.
![]() Foto 5: Sorvilán. |
![]() Foto 6: La Rambla de Albuñol. |
![]() Foto 7: La Contraviesa, como un pedazo de cielo caído. |
![]() Foto 8: El Collado, cortijada de la Contraviesa. |
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