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LA ALPUJARRA
La Andalucía Secreta
Jean-Christian Spahni
Primeramente hay que hacer referencia al mismo nombre, cuestión sobre la que han discutido los historiadores sin que sus controversias hayan resuelto el problema.
La palabra «Alpujarra», según cree Gómez: Moreno, viene de«Buxaira», citada en una crónica de Abenhayan, o de «Buxarra» (en plural,«Albuxarrat»), aparecida bajo el reinado de Aben Aljathib.
¿Debe, por el contrario, su origen a un berebere precisamente llamado Ibrahim Abuxarra?. O, ¿debemos admitir con Caro Baroja que el nombre de «al-Busarrat» se aplica a varios distritos montañosos?. Hay, en efecto, una Alpujarra en la provincia de Jaén, bautizada de tal forma por el geógrafo El-Edrisi.
De cualquier forma, el nombre «Alpujarra» existe como tal desde Juan II (1432), hablándose a veces en plural («Las Alpujarras»).
Hace alrededor de 5.000 años, el país debía estar ocupado por las tribus neolíticas llegadas de Oriente. En primer lugar, se instalaron en la provincia de Almería, a lo largo del río Almanzora, en El Gárcel, para extenderse a continuación en toda la región. Cerca del pueblo de Albuñol, está enclavada una cueva, la de los Murciélagos, muy grata a los arqueólogos. En el curso de unas excavaciones que datan de un centenar de años, fueron encontrados algunos instrumentos de sílex y de huesos, cerámica decorada, objetos de esparto trenzado (sandalias, cestas), una diadema de oro y esqueletos humanos. La manera en que estas investigaciones fueron emprendidas impide, sin embargo, atribuir todos estos vestigios a la misma capa estratigráfica. Los más antiguos de ellos, muy característicos, pertenecen al Neolítico.
Al pie oeste de Sierra Nevada, cerca de la aldea de Dílar, se levantaba un monumento megalítico que ha sido saqueado. Antiguos grabados nos muestran una especie de dolmen rodeado de un círculo de piedras.
Esto en cuanto a la prehistoria; restos pertenecientes a periodos anteriores, no han sido aún encontrados en la Alpujarra. Y probablemente no lo serán jamás, pues el terreno se presta mal a la formación de cuevas, y los glaciares que, durante el Cuaternario, recubrieron las altas cumbres de Sierra Nevada, mantuvieron un clima húmedo y frío, poco propicio al establecimiento del hombre en la montaña. En cambio, al pie de ésta, la llanura se extendía permitiendo la estancia en mejores condiciones. Mis exploraciones arqueo, lógicas iban a mostrarlo en más de una ocasión.
Lafuente Alcántara pretende que los Celtas se instalaron en Turón, entonces llamado Turobriga. Por su parte, Fidel Fernández asegura que los Cartagineses explotaron el Cerro de la Mina, cerca de Cáñar. Yo no he podido comprobar la veracidad de estas indicaciones, dada la ausencia completa de vestigios.
Una cosa sí es cierta: que la civilización del cobre va a desarrollarse en relación con la que engendrará las gigantescas sepulturas megalíticas. Uno de los centros más célebres es el de Los Millares, cerca de la estación neolítica de El Gárcel, sobre la vertiente este de la Sierra de Gádor. Un tercer foco de cultura de esta zona singularmente privilegiada es El Argar, descubierto y excavado, así como los precedentes, por los hermanos Siret, signo del comienzo triunfal de la Edad del Bronce.
Los fenicios se instalan sobre la costa, especialmente en Adra (Abdera), en La Rábita y, más al oeste, en Salobreña y en Almuñecar (Sexi). Penetrando en la provincia de Granada, edifican sobre la colina que llegará a ser la de la Alhambra, la ciudad de Karnattah, abren minas y siembran los alrededores de pequeñas ciudades florecientes: Íllora, Montrefrío, Pinos Puente. Pero, a algunos kilómetros de allí, al poniente, la tribu de los Turdules del poderoso pueblo ibero, construye la ciudad de Illiberis y graba un sol sobre la moneda que ella pone en circulación. ¿Signo de los tiempos?. Sin duda, pues Illiberis, convertida en Elvira bajo, el emperador Augusto, tomará una considerable importancia. Un terremoto, es cierto, destruirá la ciudad y obligará a sus habitantes a reconstruirla en un lugar menos amenazado. Así lo harán, y precisamente frente a Karnattah, condenada desde entonces a desaparecer poco a poco.
Entretanto, los griegos penetran en España siguiendo la orilla norte del Mediterráneo. Sí creemos a Estrabón (lib. 3) y Avieno (Ora marítima, v, 431), fundan en la Alpujarra una ciudad llamada Ulisea y llegan incluso a elevar un templo a Minerva. Pero nuestros entrañables historiadores olvidaron localizar estas obras.
El paso de los romanos está atestiguado por trozos de carreteras levantadas en Almuñécar, Motril, Torviscón (Turidianum), Dalías (Murgi) -estos dos pueblos citados en el Itinéraire d’Antonin- y en Berja. Colca, originario de Sierra Nevada, habría ayudado a Escipión a vencer a Cartago.
Después de lo cual se pondría a la cabeza de los alpujarreños para luchar contra los jefes romanos.
La tradición pretende que los siete «Varones» apostólicos, enviados por San Pedro y San Pablo para extender la palabra de Jesucristo, desembarcaron en Adra. San Tórcuato, que se estableció en Guadix (la Acci del tiempo de los Césares), fundando allí una sede episcopal, San Tersifón en Berja y San Cecilio en Granada, fueron martirizados. Pero en el año 304 se celebra en Elvira el primer concilio de la iglesia cristiana.
San Isidoro, en Sevilla, es la cabeza visible de una escuela totalmente impregnada de las enseñanzas de Alenjandría. Prepara, quizás sin darse cuenta, su país al mahometismo, tarea tanto más fácil al no tardar el latín en caer en decadencia, reemplazado por el árabe que la buena sociedad española se complace en aprender y hablar.
Antes de la llegada de los musulmanes, el país será testigo de sangrientas luchas entre vándalos y visigodos. Estos, bajo Enrique, acabaron conquistándolo. Gloria efímera, pues, en el 711, se produce el desembarco: losárabes hacen su entrada en el mundo occidental.
Nadie, a decir verdad, se sorprendió demasiado. La lógica había actuado plenamente una vez más. Tariq (Tariq-Aben-Ziyad) se apodera de Elvira y sus alrededores, incluida Sierra Nevada. Abderraman I funda el reino de Córdoba, cuya ciudad, a imagen de Damasco, es designada capital del inmenso imperio musulmán en España.
Desde un comienzo, las ideas son abiertas, pero hay jefes ocupantes a quienes hay que conciliar. Las luchas intestinas van a hacer el trabajo de organización particularmente difícil. No obstante, bajo el reinado de Abderraman III, se produce el primer apogeo de este Occidente bajo el signo de la media luna, que va a resplandecer en todos los campos de la ciencia y de las artes.
¡Al-Andalus!. Al romper los califas de Córdoba con el resto del Islam, un imperio nuevo había nacido. A tal resolución fueron impulsados por dos motivos de importancia: de un lado, por la excéntrica situación de su reinado con relación al mundo musulmán; de otro, por la amenaza permanente que las tribus sediciosas de África hacían sentir sobre este nuevo imperio. De ahí, la constitución de un enorme bloque cultura al norte del Mediterráneo. Un bloque de esencia especial, que no es ni Africano ni español, sino más rico aún, por beneficiarse de su contacto directo y cotidiano con los mundos islámico y cristiano. El resultado fue un clima de excepcional tolerancia religiosa en donde los siglos futuros habrían debido inspirarse. Altos dignatarios, provenientes del norte cristiano, eran recibidos pomposamente en Córdoba. Estrechas relaciones ligaban esta capital con Bizancio. Y si los esclavos vendidos por los europeos a los musulmanes eran el vehículo de la cultura occidental, los peregrinos que regresaban de Santiago de Compostela, de retorno a casa, contaban lo que habían visto en las fronteras de ambos imperios. Pues ningún telón de acero separó jamás, en la península, la España católica de la España musulmana.
Es de esta época de la que data el paso de las tropas de Abderraman III, que se dirigen de Guadix a Ugíjar y se apoderan del castillo de Juviles, defendido por los musulmanes moladíes Y los cristianos enviados de Ronda por el rebelde Aben Hafsún. Es de esta época también de la que data el considerable desarrollo de la ciudad de Almería, ilustrada por dos grandes hombres: un escritor-poeta, Ibn Charaf, originario de Berja, y un geógrafo, Ibn Omar, de Dalías.
Los alpujarreños, ya en estos momentos, evidencian su espíritu de independencia. Para ello eligen a Mohammed El Hambdan que guerrea contra el potente califa Soliman, sobrino de Abderraman III.
Los musulmanes dividieron la Alpujarra en una docena de distritos (tahas o cádis), dispuestos bajo la autoridad civil de un alcalde y religiosa de un alfaquí mayor (doctor de la ley entre los árabes). Estos doce distritos se repartían de la siguiente forma:
Cada uno de estos distritos comprende sus mezquitas, su plaza fuerte, en ocasiones su castillo, sus baños y su rábita. Este último término se aplica a un edificio utilizado al mismo tiempo de santuario y de almacén para el botín de guerra. Tras la Reconquista, no ha quedado prácticamente nada de todas estas construcciones.
Algunas sepulturas árabes han sido actualizadas en numerosos pueblos, fundamentalmente en Órgiva, Cáñar, Capileira, Pitres (Cueva del Humo), SorviIán, Albuñol. Los tiestos de cerámica abundan en más de una localidad y en más de un campo.
A la entrada este de la pequeña aldea de Capileira, al norte de Pitres (que no se confunda con la del mismo nombre situada por encima de Bubión), he apreciado las señales de un monumento sin duda musulmán, pero completamente destruido por los habitantes desde el establecimiento allí de una era de trigo.
En la misma región, a algunos centenares de metros al oeste de Busquístar, sobre un promontorio rocoso que domina todo el valle, se percibe una serie de obras talladas en la roca: habitaciones, escaleras, pozos, así
como restos de una muralla de una decena de metros de longitud. Estos vestigios se conocen en el país por el nombre de mezquita.
El pueblo de Trevélez, en el tiempo de los árabes, se componía ya de tres barrios. El más elevado se llamaba Harat Aben Xena (hoy Atabuey), el del centro Mytuet (Mitaite) y el de abajo Arat Alcace o Haraicel(Tentebecena). De la misma localidad proviene una inscripción mozárabe que data del S. IX.
Más arriba de Juviles, se ven todavía los restos de la fortaleza y del, castillo edificados por los moros. Lo mismo ocurre en Tímar, que muestra las ruinas de dos aljibes y de fortificaciones.
Al este de Yegen y bajo este pueblo está situada la Piedra del Fuerte (o Piedra Fuerte). Se trata de un impresionante monolito cuya superficie ovalada mide de 45 a 65 metros de diámetro y se eleva a aproximadamente 60 metros de altura. Una rampa natural, en parte arreglada por el hombre, permite la ascensión por el costado norte. En la cima, los restosárabes son numerosos; igualmente se distinguen dos pequeños muros paralelos.
Finalmente, a la izquierda y al borde de la carretera que desciende de murta a Jorairátar, en el lugar llamado Cortijo Castillo, estaba situado el castillo de Juliana del que se conserva una sólida torre cuadrada, al pie de una pendiente en la que cuelgan aún unas fortificaciones y dos voluminosos aljibes.
Pero volvamos al inmenso imperio musulmán en España, pues enél la euforia no iba a ser sino de corta duración. Las rivalidades crecientes entre los ocupantes, lejos de una Meca hacia la que no se vuelven más que para rezar, y, al norte, las primeras victorias de los ejércitos cristianos, provocan la lenta disgregación del califato de Córdoba y la formación, en la lucha por la supremacía, de una multitud de principados: Sevilla, Granada, Valencia, Almería, que son otros tantos focos brillantes de cultura.
Otra tormenta tiene lugar en un cielo que se pensaba siempre azul: la toma de Toledo, en 1085, por las tropas de Alfonso VI, ¿Qué hacer para contener el avance de los cristianos sino confiarse a los todopoderosos guerreros, aunque hasta entonces despreciados, de un Marruecos considerado inculto y salvaje?. Esta declaración de impotencia por parte de reyezuelos que se imaginaban invencibles mama la revancha de África sobre Europa. La ocupación va a cambiar de color. La fina flor del Islam deja sitio a las tribus de los bereberes que invaden España. Son primero los zinitas quienes edifican en Granada un embrión de palacio. A ellos les suceden los almorávides, luego los almohades, aún jactanciosos de la aplastante victoria que consiguieron en Alarcos, en 1195, sobre las tropas de Alfonso VIII.
De la misma forma que habían luchado contra los primeros califas, Soliman en particular, los habitantes de la Alpujarra van a oponerse a la tutela de los almohades, coronando en 1162 a Mohammed Ben Said.
Los soldados cristianos avanzan inexorablemente. En 1212 tiene lugar la batalla de las Navas de Tolosa que abre las puertas de Andalucía a los ejércitos católicos y marca, al mismo tiempo, el término de la dinastía de los almohades.
Córdoba cae en 1236; en 1248, es el turno de Sevilla.
Granada, bajo sana y vigorosa tutela de los nazaríes, cuyo iniciador fue un discípulo del profeta, recupera la llama de la cultura. Lo mejor del Islam reaparece sobre el mapa del mundo de la política, de la ciencia y de las artes. El imperio, que es vasto todavía, se extiende hasta los alrededores de Jaén, Sevilla y Murcia, englobando Málaga. Va a durar 262 años y contabilizará 21 monarcas, el más ilustre de los cuales es Yusuf I, el rey poeta, a quien se debe una parte de los palacios de la Alhambra.
Los bereberes han vuelto a sus tiendas de los desiertos Africanos, salvo los de la Alpujarra, en cuya región permanecerán mucho tiempo antes de someterse. Pues si la historia los olvida, no por ello quedan menos en su sitio, indómitamente independientes, marcando el país de una impronta que está
lejos de borrarse. Así lo prueban nombrando un rey, Aben Hud, asesinado en Almería en 1238.
El reino de Granada marca el nuevo apogeo del Occidente musulmán.
Se fundan hospitales, escuelas, baños y bibliotecas. La enseñanza se lleva a la perfección. Los estudiantes se reparten entre la teología, el derecho, las matemáticas, las ciencias naturales, la farmacia y, sobre todo, la medicina. Ya en esta época, se practica la autopsia, se conoce la prótesis dental, la anestesia y el porte de gafas.
Desde las alturas de Sierra Nevada, por una complicada red de canales, el agua es distribuida no sólo en la ciudad, donde la higiene es ejemplar, sino también por la vega de los alrededores que, irrigada, se convierte en el centro proveedor de alimentos de la provincia. Se cultivan plantas hasta entonces desconocidas y con mayor éxito en cuanto que el clima consiente todas las audacias: la caña de azúcar, el algodón, el cáñamo, el níspero, el membrillo, sin olvidar la crianza del gusano de seda practicada asimismo en la Alpujarra, especialmente en Ugíjar. La industria textil y la cerámica están en pleno desarrollo.
Toledo, bajo el cetro de Alfonso X, el rey sabio, se sitúa a la cabeza de la España católica. Una especie de equilibrio de fuerzas acaba por establecerse entre los dos polos de la cultura occidental. Caballeros cristianos de renombre universal son invitados a Granada para mostrar su talento, y viceversa. Nos encontramos en plena caballería. ¿Qué digo?. ¡En plena leyenda!.
La opulencia, por demás, es absoluta y un lujo inaudito caracteriza los actos más ínfimos de la vida cotidiana.
Se produce al mismo tiempo, el florecimiento del arte bajo las formas más sugerentes: la música, la arquitectura y la literatura.
Pero en el siglo XV, las rivalidades entre los jefes musulmanes resurgen con más fuerza. No entra en el contexto de este libro detallar las intrigas y traiciones que van a nacer entre las familias Zegríes y las de los Abencerrajes, mientras que al norte, al este y al oeste, los ejércitos cristianos no cesan de ganar terreno, estrechando poco a poco el cerco sobre el reino.
La esperanza va momentáneamente a renacer con el acceso al trono del cruel Muley-Hacen. En verdad, el episodio no hace sino prolongar una situación desesperada hasta el día en que, asediada finalmente por todos lados, Granada conoce los tormentos de la agonía. Muley-Hacen se refugia con su favorita Soraya en la Alpujarra, destronado y expulsado por su propio hijo, Boabdil. La suerte, desde ese momento, estaba echada.
El asedio de Granada durará ocho días durante los cuales Isabel la Católica funda la ciudad de Santa Fe, frente a la codiciada capital, para subrayar su tenaz voluntad de alzarse con la victoria cualquier precio. ¿El precio?. Lo constituyen las negociaciones secretas que concluyen el 2 de enero de 1492 con la abdicación de Boabdil.
La espectacular caída de Granada marca el final de un mundo. Pero, al mismo tiempo, extraña coincidencia, Cristóbal Colón, alentado por Isabel, parte de Granada y se embarca para América, creyendo ir a las Indias. Es el nacimiento de un nuevo mundo. Y es de estas Indias, siguiendo camino en sentido inverso, de donde vienen los gitanos, que se reparten un poco por toda la península con predilección evidente por el Sur.
Los árabes no van a desaparecer de un golpe de la escena europea. El rey Boabdil, tras rendirse, fue obligado a retirarse a la Alpujarra de la que recibe una parte importante. Se instala en Andarax, no por mucho tiempo sin embargo, pues, un año más tarde, vende todos sus bienes y se embarca para África.
Con el hundimiento del imperio musulmán concluye la felizépoca de tolerancia religiosa que honraba a su ocupante. En el curso de inmensos autos de fe son quemados millares de libros y manuscritos de incalculable valor sobre la ciencia y el pensamiento orientales. Se multiplican las persecuciones contra los árabes aún residentes en España. No se respetan en absoluto las cláusulas del armisticio que entregaba Granada a Fernando e Isabel. La lamentable vida que en adelante deben soportar los musulmanes impulsa a un gran número de ellos a buscar refugio en las alturas de Sierra Nevada. Allí reencuentran a los habitantes de la Alpujarra que fueron losúltimos en aceptar el yugo del Islam y que serán los últimos en aceptar el cristianismo.
Por otra parte, los procedimientos de Cisneros, el gran inquisidor de los Reyes Católicos, no arreglaron, desde luego, las cosas.
Desde 1500, Los árabes de la Alpujarra, los moriscos como así se los llama, se rebelan abiertamente contra los españoles. Lucharán con la energía de la desesperanza, pues saben su situación perdida.
Los cristianos reaccionan. Carlos I, en 1526, pronuncia una vigorosa pragmática, que resulta sin efecto. Felipe II hará lo mismo, sin ser mejor escuchado.
Los moriscos organizan su resistencia. Forman grupos, las cuadrillas, dispuestas bajo las órdenes de un capitán y sometidas a la disciplina militar, que realizan audaces descensos a la vega y avanzan hasta la misma Granada. Estos monfíes (o monfís) son protegidos por los ricos de la región, igual que lo serán más tarde, en el siglo XVIII, numerosos bandoleros. Asimismo son ayudados por los turcos y los bereberes que, desde el norte de África, hacen sentir una permanente amenaza sobre los lados vulnerables de Andalucía. Es ello lo que explica la presencia las torres de observación y de plazas fuertes, como se puede ver en la Rábita y en Castell de Ferro, construidas por Felipe II y Carlos I, que jalonan el litoral hasta Gibraltar e incluso más allá.
Entre los jefes musulmanes figura Fáraz-ben-Fárax (Aben Fárax), que se cree descendiente de los abencerrajes y ambiciona el poder. Pero el 24 de diciembre de 1568, en Béznar, los árabes de la Alpujarra eligen un rey en la persona de Fernando de Córdoba y Válor, cuyos antepasados quizás haya que buscarlos entre los omeyades. Fernando, que ha renegado del cristianismo, llevará en adelante el nombre de Aben Humeya. Aben Fárax será su gran visir (alguacil mayor). Este no aguardó a recibir su título para dirigir acciones contra Granada, con los 200 monfíes que le acompañaban fielmente. Aben Humeya nunca sabrá nada de esto, lo que no impide que la historia lo acuse de todos los crímenes cometidos.
Estas guerras de Granada han alimentado la literatura. Las innumerables páginas que les han sido consagradas evidencian a menudo una ausencia total de espíritu crítico. Entre las obras más conocidas figuran las de Pérez de Hita, Henriquez de Jorquera, Mármol Carvajal y la novela histórica de Fernández y González. En cambio, un estudio de gran valor y de reciente publicación elogia plenamente las pacientes investigaciones de Caro Baroja.
Ugíjar se convierte en la plaza fuerte y en el centro comercial de este reino microscópico que osó tomar las armas contra la España católica. Una verdadera guerra de religión había comenzado.
Felipe II, ante una situación cada vez más comprometida, envía al marqués de Mondéjar que, entré los meses de enero a marzo de 1569, llega a apoderarse de una parte de la Alpujarra. Su castillo, en Órgiva, se halla bien conservado; edificios de parecido estilo se encuentran también en Cádiar, Ugíjar y en varios pueblos de la zona alpestre y de la Contraviesa. El marqués de los Vélez, otro enviado de Felipe II, va asimismo al lugar, no ocultando su antipatía por el noble señor de Mondéjar. Los árabes se aprovechan naturalmente de esta mezquina disputa para intensificar una guerra en adelante sin piedad. Pues las masacres, dígase lo que se diga, mermaron los ejércitos de ambos lados de la barricada. Basta con citar el martirio, por culpa de la soldadesca cristiana, de familias compuestas por católicos y musulmanes convertidos (jerónimo de Mesa en Pitres, Catalina de Arroyo en Murtas, etc.).
Felipe II se decide a llamar a Don Juan de Austria, hijo natural de Carlos I, para poner fin a la revuelta. Este toma el mando el 13 de abril de 1569. Su tarea es facilitada por el hecho de que Aben Humeya, traicionado y vendido, fue asesinado -debió ser colgado de un árbol entre Cádiar y Narila-. Aben Amó su sucesor, lleva la guerra a las calles de Granada, gracias a la colaboración inesperada de los moros de las provincias vecinas; pues en la península quedan todavía cerca de un millón, una sexta parte de la población total.
El conflicto amenaza con extenderse a Murcia y a Valencia. Pero, una vez más, las circunstancias sonríen a Don Juan. Aben Amó, a su vez, fue asesinado y su cadáver arrastrado por la ciudad de la Alhambra. En 1570, tiene lugar la rendición definitiva.
A juzgar por la multa que debieron pagar, los árabes de la Alpujarra estaban todavía en número de 152.915.
¿Se puede concluir con Gómez Moreno que la expulsión fue total y que ni un morisco permaneció en la Alpujarra?. Ciertamente no. Es conveniente primero poner de relieve las relaciones matrimoniales existentes entre españoles y musulmanes. El hecho es más fácil de admitir en cuanto que un gran clima de tolerancia religiosa caracterizó la ocupación árabe de Andalucía en tiempos del califato de Córdoba y, más tarde, del reino de Granada. Una descendencia paterna fue quizás más problemática. Está fuera de duda, sin embargo, que numerosas familias musulmanas permanecieran en la Alpujarra tras la, guerras de Granada. Richard Ford lo subrayaba ya, con motivo de su paso por el país, a comienzos del siglo XIX: «The inhabitants are half Moors, although they speak Spanish. The women, with apricot-cheeks, black eyes and hair, gaze wildly at the rare stranger from little porthole windows, which are scarcely bigger than their head» (p. 160) (*).
Pero estas familias no bastaban para poblar una región que había sido muy próspera. Es la razón por la cual los soberanos católicos, ante el vacío creado por el conflicto y las ruinas amontonadas, decidieron repoblar la Alpujarra. Y lo hicieron no con andaluces, sino con españoles de Galicia, León y Extremadura. Es así como en el año 1576 llegaron del norte y del centro de la península centenares de familias para instalarse en los lugares que les habían sido asignados, cambiando de un día a otro de marco montañoso y de clima. El número de estas las familias, según las estadísticas de Núñez de Prado, alcanzó 200 en algunos pueblos. En total, fueron sobre 40.820 almas las que serían desplazadas.
Los nombres de aldeas tales como Capileira, Ferreirola, Pampaneira, etc., pasan por ser de origen gallego. Sin embargo, existían ya en la época de la ocupación musulmana y provienen ciertamente de la lengua mozárabe, si no son aún más antiguas. Capileira, por ejemplo, puede derivar del latín Caput capitis.
Este problema, en el que me he interesado sin éxito es más difícil de resolver -y el trabajo de Cagigas así lo prueba- cuanto que, durante la guerra civil, los archivos de la mayor parte de las localidades fueron destruidos.
En Trevélez, la tradición señala que el nombre fue dado por una familia llamada Vélez cuyos tres miembros principales fundaron cada uno de los barrios de la aldea. El nombre de Cástaras vendría de cáscara, la envoltura de la almendra, o de castro (castillo) que Don Juan habría edificado en este lugar, pero que es hoy por hoy inencontrable. Torviscón sería un derivado de torvisco, nombre aplicado a una planta, la Daphne Gnidium, o incluso de Torre de Vizconde, un conde llamado Cifuentes que había construido una casa flanqueada de una torre cerca de la iglesia. Así nos lo muestra una viñeta de1775, conservada en el ayuntamiento del pueblo, que ilustra una lista de producción agrícola.
La denominación de Turidianum, de procedencia romana, podría ser igualmente invocada. Válor, según el parecer de sus habitantes, debe naturalmente su nombre al infortunado rey Aben Humeya. En cuanto a Murtas, vendría del fruto del mirto.
Los siglos van a pasar sobre la Alpujarra sin que se produzcan convulsiones comparables a las que tuvieron lugar durante la Reconquista. El ascenso de los Borbones al trono de España coincide con un periodo de progreso. Se explotan minas y fábricas de seda, se construyen carreteras por donde circulan diligencias que van de Andalucía a Levante. Típicas posadas abren sus puertas a los caballeros que, a caballo, pueden penetrar hasta el patio. Las cuadras se prevén para abrigar a decenas de mulas o caballos. En vastas chimeneas se prepara el alimento a los hambrientos viajeros. Comerciantes, conocidos bajo el nombre de cosarios, se desplazan frecuentemente a la ciudad, en este caso Granada, para vender allí los productos del suelo y de la industria, trayendo con ellos todo aquello que su pueblo necesita.
En el momento de la invasión de las tropas francesas, el país está en plena expansión. Es bajo este esplendoroso aspecto en el que lo ve Pedro Antonio de Alarcón quien, en 1870, emprende el largo viaje del que nos ha contado las peripecias con tanto encanto y humor.
La aparición de la máquina, el establecimiento de vías directas de comunicación y el atractivo de la vida ciudadana tuvieron perjudiciales repercusiones para la Alpujarra. Uno tras otro, los pueblos conocieron los males de la despoblación. El éxodo, que, puede afectar a familias enteras, tiene en nuestros días por destino las grandes capitales españolas. Barcelona en particular, o las repúblicas de América latina.
Tal es el doloroso drama de Alfornón, aldea medio abandonada, cuya iglesia hundida no será reconstruida probablemente jamás. Hace un centenar de años, el pueblo conocía una intensa animación. Allí trabajaban activamente fábricas de aguardiente, exportando sus productos a Granada y Almería. Allí se detenían los cansados viajeros para reposar y cambiar de mulas. Una carretera pasaba por allí. Un servicio regular de correo aseguraba un ir y venir constante de mensajeros. Pero los tiempos han cambiado. Alfornón tiene hoy el aspecto de un lugar donde la guerra causó estragos. El progreso, con demasiada frecuencia, reviste esta apariencia...
1936 a 1939 se produce la revolución, ciega, cruel.
Iglesias, estatuas e imágenes santas son destruidas, los archivos exterminados, muchas personas masacradas sin motivo.
Desde entonces, animosos esfuerzos fueron emprendidos por los servicios públicos. Tienden, en primer lugar, a desarrollar y mejorar la red de carreteras de la Alpujarra que tanto lo necesitaba, a suministrar a las localidades luz eléctrica e incluso teléfono, lo cual traería consigo la conclusión del aislamiento absoluto y secular dé varias de ellas.
El folklore, ante estos cambios bruscos y definitivos, se halla en vías de desaparición. Numerosas canciones que grabé y tradiciones que voy en seguida a describir pertenecen ya al pasado...
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