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LA ALPUJARRA
La Andalucía Secreta
Jean-Christian Spahni
Los pueblos de la Alpujarra están construidos en cascada sobre una pendiente más o menos acentuada, expuesta al levante o al sur, salvo los de la llanura y algunos otros agazapados en una pequeña explanada (Turón, Jorairátar).
Su aspecto está condicionado por la propia geografía de los lugares.
La mayoría de las localidades ocupa una situación dominante; algunas de ellas, en cambio, al fondo de un valle (Trevélez), al borde de una rambla (Torniscón, Albuñol) o en una depresión, no presentan más que una vista muy limitada.
Las casas, orientadas al este y al sur, aprovechan al máximo el sol y la luz. Pero la regla sufre excepciones, pues Mecina Tedel y Jorairátar, por ejemplo, miran hacia el norte y Murtas, erigida en herradura, hacia el norte y hacia el este a la vez.
El tipo más corriente es el del pueblo aglomerado, con casas cercanas unas de otras. Esto es particularmente cierto en las aldeas en nido deáguila (Almegíjar, Notáez, Cástaras), limitadas por el precipicio por tres lados de los cuatro.
Otros, por el contrario, «se rompen en aldeas» (Los Bérchules, Mecina Bombarón).
Cuando el espacio circundante lo permite, el pueblo se extiende sobre una gran superficie (Órgiva, Ugíjar).
Algunas localidades tienen la forma de una doble fila de casas a lo largo de una arteria principal, sea perpendicular a la pendiente (Ferreirola, Juviles, Laroles), sea paralela a esta última (Carataunas, Trevélez). La longitud puede sobrepasar el kilómetro (Cádiar).
Allí también, la forma de la vecindad depende de su situación geográfica. La presencia de un Pueblo se justifica del resto por la de fuentes, viniendo la irrigación a suplir la necesidad de agua siempre considerable, a causa de las exigencias de la agricultura.
El plano del pueblo no sigue ningún esquema de construcción bien definido. Las calles son pedregosas. Según el grado de la pendiente, presentan un recorrido más o menos incierto y penoso.
Las calles horizontales, y consecuentemente más importantes, no son raras en absoluto. Jalonadas por tiendas, enlazan la iglesia con el corazón de la aldea y representan el centro comercial y atractivo de la localidad. Algunas están alegremente cubiertas por los pisos superiores, construidos en alero a lo largo de una fila de casas (Soportújar, Pampaneira).
La carretera se aprovecha de esta arteria principal para penetrar en el pueblo (Órgiva, Juviles); a no ser que ella siga el borde superior (Bubión, Laroles, Murtas) o se limite a no dibujar alrededor de la localidad más que tímidos zig-zags (Los Bérchules, Mecina Bombarón, Picena).
El número de las calles no es nunca muy elevado: 43 en Torviscón, 29 en Albuñol, 26 en Órgiva y Cádiar, 20 en Murtas, 16 en Trevélez. No está forzosamente relacionado con la superficie de la localidad.
El desmembramiento de varias vecindades ha originado la formación, en el interior de una misma comunidad, de anejos, es decir de pueblos secundarios, tributarios del más poblado. Ocurre así en Los Bérchules que cuenta 2.094 habitantes y en su anejo Alcútar (1.051 habitantes), situado solamente a algunos centenares de metros al sudeste. Entre los anejos figuran asimismo pequeñas vecindades (caseríos y aldeas) y grupos de granjas(cortijadas), esparcidas por el territorio de la comunidad y que pueden estar separadas por grandes distancias (Apéndice, cuadro l).
Todas las casas de la Alpujarra están construidas en piedra, blanqueadas o no con cal. Una banda de color ocre o azul (mezcla de sales férricas y de cal) de un metro de ancho, está pintada a partir del suelo para evitar que los animales, frotándose, manchen con demasiada rapidez la superficie inmaculada de las paredes exteriores. ¡Sabia precaución!. Estos mismos colores los volvemos a encontrar en al interior: las habitaciones están retocadas con agua de cal y los techos pintados en ocre, azul o rojo.
Las paredes tienen un espesor de 50 centímetros o más, mientras que los tabiques están hechos de un amontonamiento de ladrillos ligeros.
Las ventanas, pequeñas, irregularmente repartidas sobra la fachada, están provistas de postigos de madera maciza.
La puerta da entrada se abre directamente a la calle o a una escalera cuyos escalones -muy altos- sirven de bancos donde a los habitantes les gusta sentarse a la caída de la noche. La puerta se cierra por medio de un gran cerrojo de madera que se acciona desde fuera con cordel. Reina la confianza, pues no se echa la llave más que en caso de ausencia prolongada.
El reparto de habitaciones en el interior es muy variado. La cuadra es parte integrante de la casa. En ella se penetra sin que sea necesario salir o atravesar la calle. Esta cuadra está situada bien bajo la parte habitable de la morada, formando el subsuelo o planta baja, bien al mismo nivel que las restantes habitaciones. Allí se apilan los animales domésticos: el asno, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos, los gatos y los perros. De ahí la permanente amenaza que pesa sobre los lugareños por los insectos parásitos de todas las especies, que, sin embargo, no parecen apenas importunar a los habitantes. «Es cuestión de acostumbrarse», se me dijo. Esta costumbre jamás he podido soportarla, a pesar de mis esfuerzos y de mis llamadas a la razón.
Una gatera se encuentra al lado de la puerta. Las gallinas acceden a la cuadra por una abertura practicada en la pared exterior que se cierra de noche por medio de un grueso tapón de madera.
A la puerta de entrada le sigue un vestíbulo al que se abren todas las habitaciones, o directamente la cocina que es la parte más importante de la casa. Está provista de una enorme chimenea que se utiliza para la preparación de la comida y la calefacción de la habitación. Allí se queman las ramas de tomillo, de romero, todos los restos de los árboles encontrados en el camino así como el carbón vegetal fabricado en el mismo pueblo. Las otras habitaciones no tienen chimenea. Para calentarse, se emplea el brasero, situado bajo una mesa redonda especial, la mesa camilla, recubierta de una espesa falda. La mitad del cuerpo se beneficia del suave calor que asciende, mientras que la espalda y los hombros quedan fríos.
Fig. 4 y 5 - Planta baja y primer piso de una casa alpujarreña. I, Cocina; II, Dormitorios; III, Despensa; IV, Comedor; V, Cuadra (esta se abre por el corral situado detrás de la casa; c, Chimenea. |
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A cada lado de la chimenea, unos nichos dispuestos en la pared, provistos de una puerta de vidrio o de una cortina, sirven para colocar la vajilla que, por otra parte, está reducida a lo esencial. Los alpujarreños tienen la costumbre de comer en el mismo plato, con una cuchara o simplemente con un cuchillo, ayudándose, para la sopa, de trozos de pan.
El mobiliario se reduce estrictamente a lo mínimo. Este hecho se explica en parte por la pobreza de los habitantes (aunque los ricos vivan más mezquinamente que los demás) y por la poca atención que los españoles prestan generalmente a su interior. Los armarios no son numerosos. Las pocas vestimentas de que se dispone se cuelgan de ganchos, colocando la ropa en baúles de vivos colores. El guardarropa de los alpujarreños no es complicado. El traje de ceremonia, de color oscuro y de corte impecable, se guarda cuidadosamente y no se saca del baúl para ponérselo más que con ocasión de fiestas y manifestaciones de cierta importancia.
Los dormitorios son pequeños. En ellos duermen de dos a cuatro personas. Existe también una habitación que sirve de salón y de comedor, donde se recibe a los amigos y a los invitados. Pero se prefiere con mucho tomar la comida en la cocina, ante la chimenea en que arde un fuego vivo y chispeante.
Si la casa es amplia, una escalera interior conduce desde la planta baja a los pisos. A veces, un granero lo recubre todo. Allí se colocan las cosechas, el grano para la alimentación de los pollos, los instrumentos para el arado, los abonos. Estos graneros miran hacia el sur por una oquedad anchamente abierta y confieren al pueblo un aspecto muy particular (Picena). En las aldeas alpestres, constituyen un anexo de la casa, recubierta de un tejado y expuesta a los cuatro vientos (Trevélez).
Los cortijos de la Contraviesa comparten idéntica arquitectura con las casas de los pueblos, aunque todas las habitaciones estén construidas sobre la planta baja. En algunos cortijos de grandes propietarios, el granero forma el primer piso de la morada; a el se sube por unas escaleras interiores y exteriores.
El encendido eléctrico está cada vez más esparcido, salvo en verano en que los cortes de corriente son frecuentes. En los cortijos, se utilizan aún bonitas lámparas de aceite de latón y de cobre, provenientes de Lucena (provincia de Córdoba) y compradas en Granada, o quinqués de hojalata fabricados por los gitanos en el pueblo más cercano con latas de conserva vacías. La candela y la lámpara de petróleo, de un coste alto, ase emplean raramente. Se prefiere el aceite de oliva, más económico al ser el mismo que sirve para la cocina, lo que permite tener una única provisión.
Las casas de la Alpujarra son famosas por su tejado plano de launa que se encuentra también, fuera ya del ámbito estudiado, hasta en Almería.
Tejados aproximadamente semejantes caracterizaban ya, en el sureste de España, las moradas de la antigua edad del bronce. Pero una influencia berebere no debería ser excluida, pues este modo de construcción existe en todo el Atlas argelino y marroquí.
No obstante, en numerosos lugares, Cádiar, Murtas, Torviscón y Albuñol principalmente, las habitaciones -y precisamente las más ricas y antiguas- están recubiertas de un tejado de tejas rojas. El caso es particularmente llamativo en Órgiva donde el barrio pobre de San Sebastián es el único que muestra tejados de launa. Esta launa está igualmente menos extendida en los pueblos colgados a los flancos de la Contraviesa (Polopos, Rubite, Sorvilán).
Para la fabricación de techos y suelos se dispone en primer lugar de un revestimiento de vigas de pino o de castaño espaciadas unas de otras aproximadamente 50 centímetros. Por encima, se añade bien una capa de pizarra (esto en las localidades alpestres a causa del peso de la nieve en invierno), bien una capa de finas cañas de junco (cañizo), enlazadas por juncos más gruesos. Las dos especies de tejados pueden coexistir. Viene a continuación un recubrimiento de hojas y de tierra arcillosa(malhecho). Para los suelos, la última etapa comprende, según las posibilidades financieras del propietario, una capa de yeso, un revestimiento de ladrillos o unas losetas multicolores. Para los tejados, al malhecho sucede una capa de algunos centímetros de tierra grisácea, impermeable, llamada láuna. Se trata de una arcilla magnésica producida por la descomposición de la pizarra. Forma yacimientos que abundan en la Alpujarra y cuya explotación es libre.
El borde de los tejados, rebajado, está provisto de tubos de barro, que funcionan a manera de atarjeas, o de un bordillo continuo de pizarras inclinadas por las cuales el agua puede correr.
En el barrio superior de Trevélez se encuentran aún casas cuyos techos muestran enormes vigas de roble, lo que prueba su antigüedad, pues este árbol desapareció de la región hace siglos.
Las chimeneas exteriores ostentan formas variadas. Son redondas, cuadradas o trapezoidales, en piedra, blanqueadas o no con cal, y miden de 0,75m. a 1,50m. de altura.
Algunas habitaciones están desprovistas de ventanas. Una abertura periscópica, dispuesta en el techo, pequeña garita de rejas y vidrio, en verruga sobre el tejado, les procura, durante el día, la claridad necesaria.
Se puede vivir sobre estos tejados inmensos, donde se hacen secar las cosechas, la ropa tras la colada y donde hay reunión por las tardes, trayendo mesas y sillas, para conversar alegremente vecinos y amigos. Rompiendo el silencio nocturno, se deja oír la voz del pregonero. Mensajero de noticias oficiales, reemplaza con acierto al periódico. O bien es algún joven el que toca la guitarra a la luz de la luna.
Los pueblos de la Alpujarra, de carácter netamente Africano, contrastan de manera singular con todo lo que podemos ver en el resto de Andalucía. Deben tan particular aspecto a sus tejados planos empleados como terrazas que facilitan el paso de una casa a otra, dada la estrechez de las calles. Lo deben también a la forma de las casas que ofrecen un increíble apilamiento de cubos pegados a una fuerte pendiente. Como en el norte de África, volvemos a encontrar calles cubiertas, pequeños puentes enlazando una casa a su vecina cuando la vía de la azotea no es posible. Incluso en las localidades ampliamente extendidas o en aquellas «rotas en aldeas», el sistema permanece idéntico. Es apenas sobre la Contraviesa o en las alturas de Sierra Nevada donde encontramos alguna alquería aislada, aunque las cortijadas siguen la regla, repitiendo en miniatura lo que sucede en los pueblos.
Esta arquitectura, donde el empleo de la piedra es primordial, es común no sólo al norte de África sino también a toda la cuenca mediterránea. El parentesco está subrayado por la existencia de cercados alrededor de los campos y huertos, la de cultivos en bancales y por la utilización intensiva y racional del riego.
La presencia del balcón aporta una prueba suplementaria. Se encuentra en las casas moras donde desempeña un papel considerable, llegando a servir de marco favorito a numerosas obras literarias. Este balcón está con frecuencia acompañado, sobre la misma fachada, de ventanas con rejas y de miradores recubriendo los edificios, lo que, en Ugíjar por ejemplo, confiere al pueblo un sello oriental ante el que no es posible quedar indiferente.
Caro Baroja ha intentado explicar la persistencia de esta arquitectura típicamente morisca a través de los siglos. El hecho de que los actuales habitantes de la Alpujarra, procedentes sin embargo del centro de la península, adoptasen espontáneamente el modelo del país, se debería a la existencia de un libro sobre construcción mudéjar, escrito por Diego López de Arenas, del que fueron tiradas varias ediciones -la última data de 1867- y que influyó sobre numerosas generaciones de arquitectos y carpinteros.
De cualquier forma, los pueblos de la Alpujarra han conservado una fisonomía cuya desaparición no está próxima. Si algunos cafés han instalado horrendas luces de neón, creyendo hacer gala de buen gusto y afirmando por ellos sus tendencias progresistas, los constructores actuales apenas si se alejan de la tradición. Este respeto en ninguna manera excluye las mejoras siempre deseables y apreciadas detrás de la fachada.
En nuestros días, el número de habitantes de la Alpujarra granadina se eleva a aproximadamente 75.000 almas, lo que hace una concentración de 46 habitantes por kilómetro cuadrado y de cuatro a cinco personas por vivienda. En estas cifras no se comprenden los niños, cuyo número, por cada familia, es de una media de cuatro (Apéndice, cuadro II).
Las estadísticas que he recogido conforme al «Nomenclator» oficial, que publica regularmente interesantes informaciones sobre la demografía de las provincias españolas, me han permitido extraer útiles conclusiones (Apéndice, cuadro III).
En el curso de los últimos cincuenta años, se observa un ligero aumento de la población junto a, sin embargo, una baja de la curva entre los años 1910 y 1930, que coincide con un endurecimiento de las condiciones de vida. El aumento es del orden del 5 al 20% -más del 50% en Órgiva que es precisamente el más desarrollado de todos los pueblos alpujarreños y el que, por añadidura, se encuentra en relación directa y permanente con Granada. Pero desde el momento en que se considera el extraordinario aumento de la población en otros lugares de la provincia y de la península, el registrado en las localidades alpujarreñas no aparece más que relativo. Un éxodo hacia las grandes ciudades de la llanura y del litoral se manifiesta tan alarmantemente para los pueblos abandonados como para las ciudades en donde la gente no encuentra dónde hospedarse, lo que no le impide llegar de cualquier parte, incluso clandestinamente. Entre los pueblos en vías de despoblamiento figuran aquéllos que sólo aseguran a sus habitantes condiciones muy precarias de vida(Nechite, Picena, Cherín, Alfornón). En otras vecindades, la curva de población muestra periódicas fluctuaciones que culminan en una disminución cada vez más acelerada del número de habitantes (Válor, Lobras, Polopos, Sorvilán, Albuñol, Murtas, Turón, Jorairátar).
Los estudios demográficos existentes sobre nacimientos y defunciones no me dieron las informaciones que yo esperaba; la mayor parte de los archivos destruidos durante la guerra civil.
Las estadísticas de nacimientos, entre 1900 y 1955, muestran una progresiva disminución, seguida, en los cinco años últimos, de una ligera subida de la curva, llegando a su máximo entre 1931 y 1935. Tras la revolución, la caída de la curva se acentúa. Se remarca al mismo tiempo que el número de personas del sexo femenino es inferior al menos en un 5% al de las personas del otro sexo. La media de nacimientos depende de la concentración de la población en una aldea -no son las más grandes las que están más pobladas- (Apéndice, cuadro IV).
En general, el registro de defunciones indica un mayor número de individuos masculinos que femeninos, en una relación idéntica a la calculada en los nacimientos.
La disminución de defunciones entre los recién nacidos y el alargamiento de la vida se manifiestan desde la utilización de los antibióticos. Por las razones que acabo de aducir, no me fue posible establecer las curvas de mortandad en razón de la edad y del sexo. Entre 1900 y 1910 por ejemplo, calculé que de un 25 a un 35% de los fallecimientos comprendían a menores de hasta doce meses, y de un 25 a un 30% a las personas de 60 o más años de edad. Actualmente, estos porcentajes descienden para los recién nacidos a un 15 ó 20%, mientras que para los de mayor edad alcanzan e incluso sobrepasan el 50%. Esta favorable situación irá mejorando a medida que sean aplicados los progresos de la medicina.
Resulta de estas mismas estadísticas que la longevidad es mayor entre las mujeres que entre los hombres, lo que fácilmente se explica por la vida que llevan estos últimos. Los individuos que pasan de los cien años son raros (en Trevélez, en 1917, un hombre muere a los 103 años; en Murtas, en1923, una mujer llega a los 102).
Las enfermedades no son muy frecuentes. Propia del pueblo de Cástaras es una especie de bocio a la que se han consagrado estudios. Si bien la tuberculosis y el cáncer están poco extendidos, en cambio casi todo el mundo sufre úlcera de estómago, esto en razón de la monotonía de la alimentación y de los elementos grasos que ésta contiene en abundancia.
Cada provincia española se divide en un cierto número de distritos, los partidos judiciales, según un sistema en vigor desde la segunda mitad del siglo XVIII. Estos partidos están dispuestos bajo la tutela de la Diputación provincial, La Iglesia, por su parte, concede más o menos diócesis con divisiones políticas arbitrarias; lo mismo ocurre con la Guardia Civil que ocupa un cuartel en la mayor parte de lea términos municipales.
Los pueblos de la Alpujarra granadina se reparten en tres partidos: el de Órgiva que comprende los pueblos de Bubión, Busquístar, Cáñar, Capileira, Carataunas, Ferreirola, Lanjarón, Mecina Fondales, Órgiva, Pampaneira, Pitres, Pórtugos, Soportújar, Trevélez; el de Ugíjar con Los Bérchules, Cádiar, Cherín, Jorairátar, Laroles, Mairena, Mecina Bombarón, Murtas, Narila, Picena, Turón, Ugíjar, Válor, Yátor, Yegen; el de Albuñol con Albondón, Albuñol, Alcázar y Fregenite, Almegíjar, Cástaras, Juviles, Lobras, Polopos, Rubite, Sorvilán, Torviscón (*).
Cada uno de estos pueblos es la cabeza de partido de un término municipal.
El personaje más importante del término es el alcalde, nombra do por el gobernador civil de la provincia y elegido entre los habitantes de la localidad. Se trata de una función meramente honorífica. El alcalde tiene bajo sus órdenes a un secretario de ayuntamiento, designado por la Dirección general de la Administración local, en Madrid, y que proviene siempre de otra provincia. El secretario es pagado por el ayuntamiento. Su tarea y sus responsabilidades son inmensas. De hecho, a menudo es él el verdadero jefe del término. Su instrucción, más completa que la del alcalde, refuerza aún más su prestigio y su influencia.
Otro funcionario del estado es el alguacil; nombrado y pagado por el ayuntamiento, especie de ujier encargado de multitud de pequeñas tareas, hace a veces de, pregonero.
![]() Fig. 7 - Cuartel de la Guardia Civil en Órgiva (muchacho de 12 años). |
El ayuntamiento es la sede de reuniones en las que participan seis concejales, tomados entre los habitantes más apreciados del término. Su función es honorífica. Establecen el enlace entre la autoridad civil y los ciudadanos a quienes ellos representan.
En los términos municipales extensos el alcalde encarga a un cierto número de hombres de confianza, los pedáneos, el representarlo, cada uno de ellos a la cabeza de un anejo o de una cortijada. Estos pedáneos, cuyo poder es limitado, no cobran salario. Su función consiste en mantener el orden y en tener al alcalde al corriente de los disturbios que puedan producirse en el seno de la comunidad que custodian.
La policía, tanto en el interior como en el exterior del pueblo, así como la protección de carreteras y cultivos, se ejerce por la Guardia civil, que comprende varios hombres comandados por un cabo y sometidos a un régimen militar bastante severo. La Guardia civil ocupa un cuartel en el que cada hombre está acompañado de su familia. Sus efectivos dependen de la importancia de la localidad y del término municipal. En Órgiva, por ejemplo, donde se encuentra el mayor cuartel de la región, viven codo a codo catorce soldados, un capitán y dos radiotelegrafistas.
La justicia es administrada por un juez de paz que ejerce una profesión honorífica y que se encuentra asistido por los miembros del juzgado. Es secundado por un secretario, funcionario del estado. Las decisiones del juez se transmiten a la capital de provincia que es la única autorizada a abrir un proceso y a fallar la sentencia que se acuerde.
El ayuntamiento dispone de un capital procedente en parte de impuestos cobrados en el pueblo (matanza del cerdo, consumo de vino en bares y tabernas, acondicionamiento de las conducciones de agua, licencias para construir). En lo que le concierne, la Diputación cobra contribuciones sobre la riqueza agrícola (8%), urbana (17,25%) e industrial (10%). A tal efecto, envía regularmente recaudadores, encargados de ingresar dinero. Si el balance anual del Ayuntamiento es deficitario, la Diputación provincial aporta la suma que falta (recurso nivelado), restableciendo así el equilibrio en las cuentas.
En algunas localidades hay un casino, es decir, un café particularmente bien acondicionado. En Órgiva, se trata de un establecimiento lujoso, provisto de una sala de espectáculos, sede de una sociedad local. Sus miembros, todos varones, pagan una cuota mensual variable (25 ptas. en Órgiva, 12 en Murtas, 7 en Cádiar). En este casino, disponen de uno o varios salones donde pueden reunirse y dedicarse a su pasatiempo favorito (juego de cartas, dominó). Este casino es igualmente el sitio de discusión en donde se tratan la situación de la comunidad y los principales acontecimientos de la vida cotidiana. Su función política en las grandes vecindades de Andalucía es inmensa, lo que no es el caso de la Alpujarra, donde el casino permanece como un lugar de distracción.
![]() Foto 24: Pequeño puente que une dos casas en Trevélez. (*) |
![]() Foto 25: Terraza florida y ventana enrejada en Torviscón. |
![]() Foto 26: Murtas: plaza del ayuntamiento. |
En la relación de personajes distinguidos del pueblo, amén de la autoridad religiosa y del cuerpo docente, figura también el médico, el practicante y el veterinario.
Raras son hoy en día las aldeas que no poseen médico; lo que no impide que los curanderos gocen de una considerable estima (ver pág. 138). El médico titular es nombrado por el Estado y pagado por la mancomunidad que recibe la ayuda económica de la Unión sanitaria y del Colegio médico, quienes perciben impuestos en consecuencia. El médico tiene una clientela de gente a la vez desahogada y humilde. Esta última no paga un céntimo, pues sus cuidados el Estado se los financia al médico (beneficencia municipal). El doctor cobra asimismo honorarios de la Seguridad Social (Instituto Nacional de Previsión) y de seguros privados. Existen también médicos independientes que se establecen por su propia cuenta. Pero todos deberán ceder su puesto cada vez que se nombre un médico titular.
El practicante titular es un fiel auxiliar del médico. Nombrado por el Estado (Dirección General de la Salud), pone inyecciones, asiste a enfermos necesitados de cuidados particulares y puede incluso realizar pequeñas intervenciones quirúrgicas. El practicante interno, designado por la Dirección provincial de la Salud, tiene que partir, igual que el médico independiente, cuando aparece el titular. Los pueblos mayores cuentan además con una doctora y una matrona.
El oficio de veterinario se hizo importante desde la revisión obligatoria de los animales de carnicería antes de su consumo directo o su exposición para la venta en el mercado.
Las farmacias se multiplican en la Alpujarra. Allí donde aún faltan se halla un depósito de medicamentos dispuesto bajo la vigilancia de un habitante, elegido por el farmacéutico del pueblo más próximo. No es de extrañar que este hombre de confianza, consultado, administre remedios, cumpliendo oficiosamente el cargo de practicante.
Las propias condiciones de la existencia cotidiana, que reclaman todos los brazos disponibles, se oponen al establecimiento de una vida en familia. Por otra parte, ya sabemos que los españoles son un pueblo que vive en la calle y se preocupa muy poco de su interior.
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Fig. 8 - Salida de la escuela en Murtas (muchacho de 12 años). Curiosa representación que he vuelto a encontrar en algunos pueblos. |
La escuela es obligatoria. De los 6 a los 8 años, las clases son mixtas. A partir de los 8, los niños van por un lado y las niñas por otro. Según el número de habitantes, las localidades tienen de dos a seis escuelas. Se hallan también en las cortijadas grandes lo que ahorra a los niños caminatas de varios kilómetros para llegar a la escuela más próxima (*).
A la edad de 14 años, termina la enseñanza. Si los padres tienen la voluntad y los medios, pueden enviar a sus hijos a Granada, donde, internos en un colegio dirigido por sacerdotes, continuarán sus estudios para entrar más tarde en la Universidad. Sin embargo, las exigencias del trabajo requieren que los niños sean retirados muy pronto de la escuela, bien antes del plazo previsto por la ley. Los chicos se mandan al campo para ayudar a su padre y guardar los rebaños, mientras que las chicas permanecen, en las casas secundando a su madre y cuidando del recién nacido de la familia. El niño es, de esta manera, enfrentado pronto a la realidad de la existencia y a tareas que, en otras partes, sólo incumben a los adultos. En tales circunstancias, una educación mixta resultaría imposible.
La joven imita a su madre de la que recibe consejos a la vez que la acompaña al horno del pan, a la fuente y al lavadero público, iniciándose en los infinitos trabajos y deberes de la mujer.
El joven es mucho más independiente. Tal independencia la debe ya al hecho de ser varón y de ocupar en consecuencia un lugar de privilegio en la jerarquía social. Es resaltante (y este hecho es sin duda resultado de la ocupación musulmana) que la mujer cumpla su función muy oscurecida y que brille por su ausencia, no solamente en los cafés, sino incluso en reuniones y fiestas donde su presencia no es indispensable. Ella no se lamenta de esta situación. Es evidente que no ha visto otra. Lo que no significa que la que conoce distintas condiciones sea más feliz.
Sucede que el joven ha de salir de los límites de su pueblo, viajar, por ejemplo durante el servicio militar, ver aprender, cosas nuevas, todo lo cual no puede dejar de cambiar algo su forma de pensar y su visión del mundo. Pero la tradición casi siempre lo arrastra. Genio y figura... De vuelta al pueblo, a este recipiente cerrado donde se ha desarrollado lo mejor de su infancia, se enfunda su camisa y su pantalón usados, se inclina sobre la tierra que lo vio nacer, retoma sus costumbres y se reintegra en la vida de la comunidad.
La educación, desde luego relativa, de chicos y chicas no se hace pues sobre un plano idéntico. Será de todas formas más tarde, a propósito del trabajo, donde se opera la verdadera segregación de sexos; las duras labores serán reservadas a los hombres; mientras que las mujeres son empleadas en tareas más fáciles: recogida de frutas y legumbres, limpieza de la viña. Es en cambio a ellas a quien corresponde la faena de blanquear los muros de las casas. Cobran un salario inferior en aproximadamente un tercio al de los hombres. Algunas están al frente de una tienda que generalmente les pertenece.
Los niños, exageradamente mimados y consentidos (las niñas sobre todo), entregados a ellos mismos y a sus menores caprichos, situados, por otra parte, de una forma quizás demasiado brutal ante la realidad de la vida sin haber sido preparados para ello, manifiestan un descaro y una audacia que se debe lamentar. Pero cuando crecen, su conducta se modifica y se hace más reservada. Pues, en este momento, es la sociedad la que entra en juego con sus obligaciones, sus exigencias, sus deberes, autoritaria, inflexible, no perdonando ya los ataques a la que ha llegado a ser la moral de un grupo.
Es lo que explica por ejemplo que la prostitución sea algo imposible. Si se admitiese, no tardaría en hacer peligrar el equilibrio indispensable de la vida de la comunidad. Ciertamente, hay mujeres provocadoras y hombres que se aprovechan de ello. Las relaciones extraconyugales se mantienen al abrigo de la mayor prudencia y nunca duran mucho tiempo.
Esto es igualmente cierto para toda forma de existencia que no sea la de la mayoría, siendo considerado todo lo demás como una excentricidad. Caben dos opciones: o bien someterse a la ley general y secular, o bien irse. A este respecto, las sentencias del grupo son categóricas y sin apelación.
La influencia del medio se hace mentir desde el nacimiento. Numerosas tendencias individuales, faltas de recursos y de ocasiones, jamás verán la luz o serán rápidamente inhibidas. Y si suponemos que, a, pesar de todo, estas tendencias se hacen valer, habrá todavía que tener en cuenta el qué dirán que, en un pueblo, es todopoderoso. Alimentado por un ciego y excesivo fanatismo religioso el qué dirán puede llegar hasta la expulsión de una persona indeseable o tener consecuencias más trágicas aún.
No hay pues nada de paradójico en que los jóvenes que durante su infancia, conocieron una libertad total, sean estrechamente controlados desde el momento en que se adentran en el mundo de los adultos. Esto es más comprensible por cuanto su educación sexual es un ámbito del que jamás se ha desvelado palabra.
Después del trabajo, al atardecer se pasea por grupos; las muchachas permanecen juntas, los chicos las ven pasar. Este paseo de fin de jornada es común a todas las ciudades y todos los pueblos de Andalucía.
El compañerismo, tal como lo entendemos en nuestros países, no existe más que entre personas del mismo sexo. Se trata de un sentimiento que, entre personas de sexo contrario, para el sentir de los españoles, deja suponer la existencia de relaciones íntimas y, por tanto, censurables ya desde sólo el punto de vista religioso. Esta forma de pensar, que no es tan difícil de entender, es tan extremada que, cuando un joven entra en una casa donde la familia se halla reunida, se limita a estrechar la mano a los hombres y tal vez a alguna anciana, pero raramente a las jóvenes que estén presentes.
De esta forma, los novios jamás salen solos. La muchacha está siempre acompañada de una hermana o de, una amiga. Cuando los futuros esposos se reúnen para intercambiar sus propósitos, la entrevista se emplaza bajo la vigilancia de los padres, principalmente bajo la de la madre de la novia que asiste a la conversación cuya duración ella determina. Esta presencia inoportuna Provoca, en el joven sobre todo, cambios de humor que pueden comprenderse. Véase lo que uno de ellos, improvisando, declaraba en una de sus canciones:
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Mi suegra, casco de olla, Tapadera del infierno. No lo diremos muy recio, Por si acaso nos está oyendo. |
En Cástaras, la costumbre requiere que el novio brinde visita a su prometida el martes, el jueves y el domingo.
La juventud de ciertos pueblos se muestra en cambio muy resuelta. Los novios, cuyas relaciones no encontraron la aprobación de los padres, se fugan del domicilio paterno y viven en casa de un amigo común hasta que la familia, derrotada, da muestras de buena voluntad y de comprensión.
No es raro tampoco que el joven decida llevar consigo a la mujer de sus sueños. Una noche, entre las dos y las tres («el rapto» suele desarrollarse durante los meses de agosto y septiembre) se presenta ante la casa de su novia: Esta, ya puesta al corriente, huye con su amante. Los jóvenes permanecerán ocultos el tiempo necesario para que sus familias hayan recobrado la calma. Tras lo cual, reaparecen y se instalan en su casa. Esta graciosa costumbre ha sido en todos los tiempos combatida pero sin resultado. Están en vía de desaparición desde que el Estado otorga subsidios a los casados legalmente que cuenten con familia numerosa, impulsando de esta forma a la juventud a pasar ante el altar.
Puede ocurrir que un joven se enamore de una joven de un pueblo distinto al suyo. Los jóvenes de este último, recelosos de ver un intruso interesarse por un miembro de su comunidad, hacen todo lo que está en su mano para romper las relaciones. Lo conseguirán a veces, pero lo más normal es que dejen de manifestar su hostilidad el día en que el novio consienta en ofrecerles un banquete copiosamente regado. Esta costumbre es llamada cobrar o pagar el piso, expresión a la que no le falta encanto.
El noviazgo puede prolongarse durante años. Finalmente, el mismo novio se declara, a menos que sea su familia la que pida la mano de la joven a los padres de ésta. Los jóvenes entonces se presentan ante el sacerdote al que hacen partícipe del amor que siente el uno por el otro (tomar los dichos).
El día de la boda, no son los padres los que acompañan a sus hijos al altar, sino amigos de la familia, el compadre y la comadre, escogidos para la ocasión. Estos disfrutan desde entonces de una especial consideración: se les habla de usted, incluso si se los tuteaba antes. El compadre y la comadre no tienen especiales deberes que cumplir. A lo más, ofrecer la comida y la merienda de boda que sigue a la ceremonia religiosa.
La dote de los esposos depende de la situación económica de cada uno. El marido puede aportar la cama, su ropa personal y la cosecha de un año; la mujer, por su parte, aporta los muebles, la ropa y la batería de cocina. La casa la ofrecen las dos familias o es comprada entre los esposos.
Como en el resto de España, la mujer casada conserva su apellido de soltera. Imaginen la unión de José Linares Ruiz y de Carmen Sánchez Jiménez. Esta, tras su matrimonio, se llamará Señora Carmen Sánchez Jiménez de Linares.
Los niños, cualquiera que sea su sexo, llevarán el nombre de, sus abuelos paternos; después, según su número, el de sus abuelos maternos, el primer apellido de su padre y el primero de su madre. Admitamos que la pareja mencionada arriba haya tenido tres hijos: dos niños Juan y Antonio y una niña María. Tenemos por consecuencia: Juan Linares Sánchez, Antonio Linares Sánchez y María Linares Sánchez.
![]() Fig. 9 - La herma pequeña de la artista (niña de 8 años). |
En el momento del bautizo, los niños son conducidos a la iglesia por un padrino y una madrina, pudiendo ser uno de ellos el padre o la madre, siendo designado el otro entre los miembros o los amigos de la familia. Estos padrinos, como los compadres, son en adelante tratados con muchas atenciones y respetos. La tradición cree que un niño bautizado por un cura de físico agradable o simpático a la comunidad tendrá más posibilidades de triunfar en la vida que otro recibido en la iglesia por un eclesiástico que no ha sabido merecer el favor de sus fieles. El bautismo se termina con una pequeña fiesta íntima en la que toman parte la familia y los amigos más cercanos.
En Torviscón, me contaron la historia de un gitano que, nacido en prisión, fue adoptado por una docena de padrinos y madrinas que se encargaron de su educación. Los habitantes de la Alpujarra, en su conjunto, son profundamente religiosos. Su fe es serena y tranquila, poco comparable al fanatismo religioso propio de otros puntos del sur de la península. El trabajo está ahí presente y son muchos los hombres que, incluso los domingos, van a los campos para desempeñar urgentes labores.
El cura, ligado a un pueblo determinado, está frecuentemente asistida por un sacristán. En otros casos, está él solo y queda obligado a llegar a varias aldeas para decir misa.
Las mujeres no entran en la iglesia sin cubrirse previamente la cabeza con un velo o con un echarpe (la mantilla no se utiliza más que en las ciudades de la llanura). Se sitúan sea a izquierda o a derecha del altar, delante y en bancos señalados o no, sea en sillas que deben llevar.
La iglesia se levanta generalmente en el centro de la localidad. Puede también situarse abajo, justo ante el precipicio (Bubión, Timar, Sorvilán) o, por el contrario, en la parte superior, dominando la aldea (Carataunas, Busquístar, Torviscón). Ante ella se extiende una plaza en la cual se instala el mercado. En otro tiempo, el cementerio estaba pegado a la iglesia como puede aún constatarse, en Carataunas y en Soportújar. En otros lugares, en fin, la falta de sitio ha contribuido a que el camposanto se acondicione fuera de los límites del pueblo.
La familia en la que se halla una persona o animal enfermo organiza una extraña velada llamada velatorio. Padres, amigos y conocidos se reúnen en una habitación donde, sobre una mesa, se han dispuesto imágenes y estatuas de Jesucristo, de la Virgen y de santos. En su presencia, se come, se bebe, se canta y se baila toda la noche.
El entierro es asunto de hombres. Tras las formalidades al uso, se pone al difunto en un ataúd muy sencillo, y al día siguiente ya, es llevado al cementerio seguido de un cortejo compuesto únicamente de personas del sexo masculino. La misa de funeral tiene lugar algunos días más tarde (3 ó 4 en Trevélez; 9 en Soportújar, Válor, Ugíjar, Sorvilán, Albuñol, Turón; 15 en Cádiar). Este plazo es motivado por las distancias que separan unos pueblos de otros, la carencia de vías de comunicación y, por tanto, la dificultad para los padres y amigos residentes fuera de presentarse rápidamente en el lugar de la inhumación. Un año después, es usual hacer decir una misa de aniversario que, según la situación económica de la familia del difunto, puede ser repetida.
La legislación concerniente a la herencia recuerda, en grandes rasgos, a la de otros países europeos. El de los dos esposos que sobrevive al otro guarda todos los bienes. A su muerte, estos son repartidos entre los hijos. El dinero de un hermano o hermana soltera vuelve a los padres, el de una tía o tío no casado a los sobrinos y sobrinas.
Cuando un viudo o viuda se vuelve a casar, el pueblo entero entra en ebullición. Se recorren las calles del pueblo cantando coplas sobre la pareja que se ha convertido en el centro de todas las conversaciones, Este regocijo dura días. La víspera de la boda, la cencerrada alcanza el paroxismo. Los grupos pasan por las calles y hacen todo el ruido posible: golpeando cajas, ollas y latas de conserva vacías, soplando silbatos, proclamando en voz alta el acontecimiento con coplas irónicas (pregones) hasta bajo las ventanas del viudo o viuda. En Válor, esta costumbre fue suprimida a causa de los excesos a los que se entregaron un día los habitantes que condujeron a la muerte de uno de los cónyuges.
![]() Muchacho de la Contraviesa. |
Los españoles, al dirigirse a una persona que respetan, utilizan termino Don (Doña para la mujer), inmediatamente seguido del nombre: Don Miguel, médico de Murtas, Doña María, maestra de escuela en Órgiva.
El empleo de este término obedece a reglas de decoro que varían mucho de un pueblo a otro. Para personas tales como el cura, el cabo de la Guardia Civil, el médico, el farmacéutico, el practicante y el maestro se utiliza siempre la palabra Don. Pero hace falta además que la persona en cuestión tenga una cierta edad y una cierta experiencia, pues su sola situación, aunque envidiable en el seno de la comunidad, no es suficiente para que el Don le sea dado. Si algunos grandes propietarios son tratados de tal manera, es más con la intención de ganarse su favores que por simpatía o admiración.
Esta señal de respeto está reservada a una sola persona y de ninguna forma a su familia o a su eventual descendencia. El hijo del farmacéutico, incluso si sobrepasó ya la treintena y entretanto no se dedique a una profesión independiente o no brille por cualidades excepcionales, no será mejor tratado que el resto de hombres del pueblo, quedando el término Don exclusivamente atribuido a su padre. Como ha destacado Pitt Rivers en su bello libro sobre un pueblecito de la provincia de Málaga (p. 72), el Don se da al margen de toda consideración de sangre. Resalta la deferencia que una parte de la población siente hacia una persona que ha realizado estudios o que se ha distinguido por una vida ejemplar.
El extranjero, automáticamente, se beneficia de esta consideración. En los pueblos donde permanecí incluso mucho tiempo, los habitantes no dejaron de llamarme Don Juan. Los numerosos amigos con que cuento en la Alpujarra no se dirigieron nunca a mí por otra forma que por Don, a pesar de los estrechos lazos que nos unen. Pues, para ellos, yo siempre seré el extranjero en el sentido de una persona digna de respeto.
El alcalde que, teóricamente, es el primero del pueblo, tiene derecho o no al Don. Todo depende de la diferencia que suscite, pues sabemos que el personaje es nombrado entre los habitantes del término municipal que administra. Y esta deferencia, con frecuencia, no es grande. El secretario de ayuntamiento, por el contrario, que procede de otra provincia, merece el Don que se le da, justificado a la vez por su origen, las importantes funciones que ejerce para el bien de la comunidad y por su valor personal.
El término Don puede ser retirado si el que lo llevaba se hace indigno a los ojos del pueblo.
El término Señor es utilizado por los niños cuando se dirigen a los adultos. Es asimismo aplicado a una persona admirada por su actividad o sus cualidades, y esto, contrariamente al Don, sin ninguna relación con su formación intelectual ni con el lugar que ocupa en la jerarquía social. De ahí algunas diferencias muy sutiles en cuanto al empleo de estos dos vocablos.
El diminutivo Señorito tiene el mismo significado que Señor pero se lo utiliza para hablar a un joven. Su femenino, Señorita, se emplea para una mujer casada con un hombre unánimemente estimado. Los domésticos, los obreros del campo y los jornaleros emplean estas dos palabras siempre que conversan con sus amos. También los mendigos y los gitanos, en sus peticiones a los transeúntes de los que esperan atraer su generosidad.
El término Señorito puede estar cargado de ironía, por ejemplo a propósito de nuevos ricos que hicieron su fortuna durante la guerra civil, no se sabe muy bien cómo. Por el tono obtendremos el significado. Y así el que, en una conversación, escuche repetidas veces la palabra Señorito sabrá, según la manera con que se pronuncie, si la persona de la que se habla es digna o no del respeto que se le testimonia (o que se finge testimoniarle).
Estas notas nos muestran que, a pesar de una educación que deja casi siempre que desear, acaba el respeto por imperar bajo sorprendentes maneras, si no entre los niños sí al menos entre los adultos en las relaciones de unos con otros. Tácitamente compartido por la comunidad, este respeto permanece fuera de toda discusión. Se merece o no. Ni se compra ni se hereda. Se consigue, aparte de raras excepciones, sobre la hipocresía casi obligada, que por otra parte caracteriza los lazos entre los miembros de una misma sociedad.
Se debe igualmente Pitt Rivers (op. cit. p. 113) el intento de definir el exacto significado del término vergüenza, cargado de, un significado que no es siempre fácil de comprender. De tal forma que su empleo por un extranjero, incluso si conoce Perfectamente el español, no puede pasar sin crear divertidas y embarazosas confusiones.
Sentir vergüenza es manifestar respeto hacia las reglas seculares de la comunidad y someterse a ellas. Mientras que una persona sin vergüenza se destaca por sus palabras, sus gestos y su manera de actuar al margen de la sociedad de la que no tardará en ser rechazada.
Por su extensión, la falta de vergüenza significa una carencia total de educación. ¿Cómo va un niño o una niña a experimentar vergüenza si sus padres antes que él fueron incapaces de sentirla?.
Vergüenza sobreentiende también la timidez mostrada por los niños cuando se encuentran ante una persona extraña. En el curso de mis investigaciones sobre la música popular de la Alpujarra, me fue a veces imposible grabar una canción de una muchacha que, en mi presencia, por vergüenza, no osaba abrir la boca.
La palabra puede ser empleada por los padres cuando regañan afectuosamente a sus hijos: «¡Qué bribón!, ¡Qué sinvergüenza estás hecho!». Ahí también por el tono obtendremos el significado. En otras ocasiones, durante una pelea por ejemplo, la palabra vergüenza adquiere el valor de un reproche, hasta de un insulto tanto más zahiriente cuanto que no sea merecido.
Las injurias no se echan de menos en la lengua española. Una de las más graves consiste en acusar a la madre de alguien de ser una sinvergüenza. En efecto, las faltas que un hombre puede cometer, incluso sus infidelidades conyugales, si bien la Iglesia no las aprueba, no encontrarán nunca en la comunidad oprobio semejante al que una mujer se gana por haber faltado a su deber de esposa, aunque no sea más que una sola vez y con circunstancias altamente atenuantes. Numerosos suicidios cometidos por mujeres son el desenlace trágico pero inevitable –si tenemos en cuenta las circunstancias que acabo de aducir- de una situación sin escapatoria posible para el culpable. Un hombre, por sinvergüenza que pueda ser, no se conducirá más que muy raramente a tal extremo. Volvemos a encontrar una vez más, y singularmente demostrada, la predominancia del sexo masculino sobre, el otro y de los celos despóticos de que aquél es, capaz.
La madre, entre los españoles, es venerada, lo que no impide que a menudo no sea mejor tratada dentro de la familia que una vulgar criada. En cada una de las cartas que envían, mis amigos de la Alpujarra no se olvidan de saludar a mi madre, aunque no la conocen ni la conocerán jamás. Y yo faltaría al formalismo más elemental si, a mi vez, en mi correspondencia con destino a España, no me informase de la salud de la madre de cada uno de mis amigos.
La madre debe esta preferencia, aunque relativa, al hecho de ser una mujer. Es así el amor filial que se profesa a la Virgen, bajo múltiples aspectos, y que supera con mucho al del que es objeto Jesucristo, juzgado demasiado alto e inaccesible, y cuya imagen física no seduce tanto como la, radiantemente femenina, de María.
Por innumerables motivos, económicos sobre todo las relaciones entre los pueblos de una comunidad no se mantienen bajo el signo de la perfecta cordialidad. Asimismo, pueden surgir rivalidades entre los barrios de una misma localidad. Esta animosidad latente y a veces secular, propicia el nacimiento de coplas que el pueblo o barrio principal hace circular sobre los habitantes menos favorecidos.
En los dos cuartetos siguientes, recogidos en Cástaras, el tema lo constituye la gente de Nieles, anejo del primero:
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Me gusta la gente de Nieles Por lo valientes que son. Se juntan quince o veinte Para matar a un cigarrón. (y al final se les escapó) (*). |
Esta hostilidad existe con mayor motivo entre pueblos muy cercanos pero que no pertenecen al mismo término municipal. Ella también engendra coplas irónicas que la gente se complace en propagar. Véanse estos dos cuartetos, oídos en Soportújar, dirigidos a los habitantes de Carataunas, la localidad más próxima.
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Las niñas de Carataunas No saben fregar un plato, Pero sí saben llevar Los novios de tres a cuatro. Las niñas de Carataunas Están todas muy amarillas, De comer pámpanos verde, Y yerbas por las orillas. |
La población de cada pueblo tiene el mote que le han dado los habitantes de las aldeas de la región, la mayor parte de las veces en un sentido peyorativo. Así, la gente de Nechite llama a los de Válor moriscos. Estos últimos se lo devuelven llamándolos canutos.
Los mismos apodos se emplean en un amplio radio. Los habitantes de Cádiar y de Tímar son conocidos bajo el nombre de pavos; los de Válor son tratados de picantes, los de Torviscón de lagartos, los de Yegen de Peludos, los de Órgiva de hueveros; y no sigo...
En cambio, una indiferencia total puede existir entre localidades bastante cercanas unas de otras, señalada por la ausencia de relaciones económicas y sentimentales. Uno de los casos que me ha Ilamado más la atención es el de los pueblos de Murtas y Albondón, distantes una docena de kilómetros y que viven, sin embargo, cada uno para sí, ignorando todo lo que pasa en el otro y sin interés por saberlo. Y ello mientras que Murtas mantiene estrechas y constantes relaciones con Albuñol, situado a la misma distancia que AIbondón y, lo que es más, en los alrededores de éste.
Los alpujarreños, a imagen de los andaluces, tienen la costumbre de llamarse por apodos. Razones profundas y sutiles provocan su nacimiento y después su uso, trasmitiéndose de una familia a otra hasta llegar a ser hereditarios.
Los más numerosos están relacionados con un rasgo del carácter, que puede marcar a toda una familia. Un hombre piadoso será llamado Obispo o incluso Arzobispo, un rico propietario el Rey, un avaro la Peseta, un glotón la Sopa, un enfermo imaginario la Píldora, uno con mal genio el Pincho, un mentiroso desenfrenado Judas.
Otros apodos nacen a continuación de una particularidad física del que lo lleva y que lo distingue del resto de la comunidad: el Rubio, el Cojo, el Mudo.
Algunos se han forjado por la semejanza que se cree poder establecer entre una persona y un animal, ya se trate de su físico o de su carácter: la Loba, el Tejón, el Zorro, el Gato, el Conejo.
El nombre del oficio puede servir de apodo. El que arregla zapatos se le conoce bajo el nombre de Zapatero, hasta tal punto que se llega a olvidar completamente su verdadero nombre. El hijo de este Zapatero, incluso si no ejerce el oficio de su padre, será corrientemente llamado Zapatilla.
Las apodos se deben también al apego o repugnancia que una persona siente por un objeto o animal determinado: el Violín a un tocador infatigable, la Sardina a una mujer que detesta el pescado.
Yo conozco un hombre apodado Víbora por haber sido mordido por uno de esos reptiles, otro el Americano por su simpatía no disimulada hacia los habitantes del Nuevo Mundo, un tercero el Cohete por haber sido herido manejando uno de estas artefactos, etc.
A mí mismo, en numerosas localidades, se me llama simplemente el Suizo o incluso Buscapiedras a causa de mi actividad arqueológica que despertó la imaginación popular.
Incluso bromeando, no podrían utilizarse estos apodos a diestro y siniestro. Sólo una amistad profunda justifica su empleo en presencia de la persona en cuestión; aun así, es preciso saberlo hacer con mucho tacto.
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