El agua es conducida por medio de acequias, hundidas incluso en el suelo, no cementadas, en grandes albercas de acumulación, y después distribuida a los diferentes cultivos.
Algunas de estas acequias llevan el agua en largas distancias a las regiones menos favorecidas del país. Es el caso de la acequia real, que desciende de Trevélez a Cástaras, en una extensión de 12 kilómetros. El importante pueblo de Órgiva debe una parte de su agua al Veleta y a tomas en varios puntos del barranco de Poqueira, a una decena de kilómetros al noroeste.
Estas acequias y su mantenimiento están sometidos a la vigilancia permanente del acequiero, funcionario pagado por el ayuntamiento del pueblo por medio de tasas recaudadas entre los propietarios de terrenos.
El reparto del agua a la superficie de un campo es tarea que exige muchos cuidados. Es la labor a la que se dedican los regadores. Provistos de una pequeña pala encorvada (mancage), cuidan de que el preciado líquido penetré por todas partes.
La distribución del agua depende, a la vez, de la abundancia de ésta, de la superficie del campo que se riega y del género de cultivos. Estas tres condiciones se estudian por un Sindicato del agua (Hermandad del agua) que concentra a todos los cultivadores.
El riego se hace por tandas, de mayo a septiembre, coincidiendo con el periodo de mayor sequía. La distribución tiene lugar dos veces por mes (una vez al mes solamente al fin del verano). En los pueblos favorecidos, Trevélez por ejemplo, puede repetirse una vez por semana.
La cantidad de agua necesaria para el riego de una obrada (ver p. 99), se llama un brazón de agua.
Si por diversas razones un propietario tiene demasiada agua a su disposición, puede venderla a sus vecinos menos privilegiados. El precio dependerá de la habilidad del cliente y también de la del vendedor.
Las fuentes de los pueblos están alimentadas por manantiales naturales. Su agua, sobre todo en las zonas secas, viene a añadirse a la del riego.
El régimen de los cultivos es diferente en los oasis de la llanura y en las comunidades situadas en los confines orientales de la Alpujarra granadina (Yegen, Válor). Ciertamente, allí se encuentra el regadío, pero en un plano reducido y de ninguna forma comparable al de la montaña. Allí domina una agricultura llamada de secano (terrenos no regados) marcada por la presencia de los olivos.
Condiciones idénticas reinan en Torviscón donde el agua es rara y mala. El único riego posible se realiza a lo largo del Guadalfeo. El agua para el consumo doméstico viene de la rambla, a la que los habitantes llaman «la playa».
En la Contraviesa, en fin, el régimen de secano es del 100%
Ugíjar y Albuñol sacan de su rambla respectiva el agua necesaria para sus cultivos de legumbres y de maíz, aunque el riego de estosúltimos no sea el, matemático y riguroso, de la montaña.
La producción agrícola varía pues mucho, según nos dirijamos a un pueblo de la zona alpestre, de la llanura o de la Contraviesa. Algunos ejemplos figuran en el cuadro V (ver apéndice).
Los flancos sur de Sierra Nevada están cubiertos de centenares de castaños. Antaño hubo más, y algunos de impresionante figura. El precio de la madera, en alza constante desde la guerra civil ha incitado a los campesinos a sacrificar infortunadamente sus más bellos bosques. Hoy, el cultivo del castaño y del nogal está justificado más por la venta de la madera que por la recolección de los frutos que produzca.

Fig. 11 - Labradores en Murtas (muchacho de 12 años).
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Los campos de cereales, que se extienden hasta 1.500 metros de altura (e incluso más allá), las patatas, las habichuelas y los garbanzos, constituyen la riqueza agrícola de las regiones alpestres. Trevélez, a este respecto, es uno de los mayores productores de la Alpujarra, aunque la ganadería supere de lejos a la agricultura. En un segundo plano vienen algunas legumbres (lechuga, lentejas, tomates, pimientos) y los árboles frutales (manzanos, perales, ciruelos).
En la llanura, reencontramos iguales cultivos, pero con una importancia reducida.
En Órgiva, las cifras de producción agrícola más altas son las de legumbres, maíz y aceite de oliva.
En Cádiar, la vid, la almendra y el higo hacen su aparición. El régimen de secano se precisa a medida que nos dirigimos hacia el este, alejándonos de las altas cumbres cubiertas de nieve de Sierra Nevada.
En Torviscón, el paisaje ha cambiado. Domina la vid; ello nos recuerda que estamos al pie, de la Contraviesa. Pero la producción de cereales, aceite de oliva, almendras e higos permanece muy alta.
En Murtas, finalmente, el riego es desconocido. La comunidad entera se entrega al cultivo de la vid, de los cereales, almendros e higueras. Sin embargo, los manantiales abundan por todos sitios, al pie del Cerrajón y en el mismo pueblo. Uno de ellos, situado debajo de la localidad, es explotado. Su agua, por un sistema de bomba de mano y de canalización, es conducida por el tejado de una casa del barrio superior y puesta en un depósito que no se llena más que una o dos veces al día; es utilizada exclusivamente para usos domésticos.

Fig. 12 - Arado alpujarreño (1. La mancera; 2. La cuna; 3. La reja; 4. La orejera; 5. El dental; 6. La cama; 7. La tenilla).
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La ausencia de máquinas agrícolas se justifica por los accidentes del terreno más que por la pobreza de los agricultores. La labor se efectúa a mano, según procedimientos que datan ciertamente de los primeros tiempos de la agricultura.
Desde hace algunos años, en los cortijos de ricos propietarios funcionan trilladoras de trigo. En el resto del país, si bien ya casi no se pisa la uva con los pies, quedan sin embargo, los mismos gestos, las mismas costumbres, las mismas tradiciones ancestrales que se añaden a la belleza natural de los lugares.
Los aperos de labranza comprenden la guadaña, la horca, la pala, el rastrillo, la azada, etc. El arado, casi enteramente de madera, es arrastrado por un par de mulas o de bueyes.
El trigo, como los demás cereales, se siembra a finales de otoño y después se labra dos veces en el curso del invierno. Las siegas tienen lugar entre julio y agosto. Para cortarlo, se sirven de una pequeña hoz. Las espigas se reúnen en gavillas envueltas en un cordel de esparto y transportadas a hombros de mula hasta la era de trigo. Esta tiene la forma de una explanada circular, de una veintena de metros de diámetro, cuyo suelo de piedras planas constituye un piso continuo, emplazado en un lugar expuesto al viento.
Al amanecer, las gavillas se reparten por toda la superficie de la era (emparvar o meter las mieses), mientras que las espigas de la periferia se vuelven hacia el interior a fin de que el trigo no se desparrame durante el trabajo. El conjunto de estas gavillas se llama la parva. De dos a cuatro pares de mulas (en ocasiones más) dan, al trote, varias veces la vuelta a la era con el objetivo de enfaldar las gavillas. Después de lo cual, se enganchan las bestias a una pieza de madera rectangular, la tabla, sobre la que sube un campesino a manera de un ski náutico, y que sirve para la trilla del trigo.
Esta tabla es de nogal; mide una longitud de un metro, una anchura de 0,50 metros y un espesor de 3 a 5 centímetros. Su cara inferior, recubierta de una chapa de hierro, muestra una serie de cuchillas, distantes 3 centímetros, provistas o no de dientes acerados paralelas al eje de la tabla y de una altura de 7 a 8 centímetros.
Las mulas efectúan su vuelta a una velocidad prodigiosa, se cruzan formando inteligentes combinaciones. Se precisa para conducirlas una habilidad consumada, siendo preciso mantener en todo momento el equilibrio sobre la tabla. Lo cual no impide a los campesinos cantar a lo largo de lo jornada.
Mozuela te vas criando
Como la espiga de trigo,
Y yo estoy aguardando
Para casarme contigo.
Si mi corazón tuviera
Vidrieras de cristal,
Te asomaras y lo vieras
lo mal herido que está.
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(Cojáyar)
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Entre mediodía y las seis, los cansados campesinos toman algún descanso. La segunda fase de la tarea comienza por la tarde y se continúa hasta el anochecer. La mezcla de paja y trigo se amontona en medio de la era y después se lanza al aire (aventar) en pequeñas cantidades. El viento arrastra la paja, más ligera, mientras que los granos se acumulan al pie de los segadores. Este trabajo nos depara imágenes de infinita nobleza.

Fig. 13 - Cruce de mulas en la era de trigo (I. Dos pares de mulas; II Tres pares; III. Cuatro pares; IV. Seis pares).
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La paja se dispone en cestos de esparto y se lleva al pueblo. Cuando llegue el invierno, servirá de forraje a los animales.
Cada cultivador trata su trigo separadamente y no mezcla jamás su cosecha con la del vecino.
El propietario de la era de trigo percibe un derecho de arriendo que se eleva a 3 ó 4 cuartillos de cereales por fanega, es decir, por emplear un lenguaje más claro, el 7 u 8% de la cosecha.
El maíz, sembrado en mayo o junio, regado cada 10 ó 15 días, se recoge entre septiembre y octubre. A mano, se quitan primeramente las hojas de las espigas (las farfollas), y después el grano (desgranar). Muchachos y muchachas se reúnen para llevar a cabo esta tarea. Según el color de los granos, los jóvenes tienen el derecho de piropear a aquellas señoritas presentes que prefieran. Si la cosecha es abundante, la labor se hace en la era de trigo por medio de simples bastones utilizados como azadas.
Los higos son de tres clases: las brevas, precoces, pero de calidad inferior; los higos propiamente dichos, de color verde o violeta; los cabrahigos, que no se comen. Estos últimos son parasitados por un insecto conocido en el país bajo el nombre vulgar de mosquito. Cuatro de ellos, ensartados en una hebra de esparto, forman lo que se llama una sarta. De ocho a diez de estas sartas se suspenden a una higuera. Los mosquitos no tardan en pasar de los cabrahigos a los verdaderos higos, permitiendo a éstos alcanzar la madurez siguiendo un extraño fenómeno bien conocido por los entomólogos y los botánicos. La recogida de los higos comienza a principios de septiembre.
La vid, tan célebre en la Contraviesa (de ella existe una quincena de variedades), necesita especiales cuidados a partir del injerto practicado entre enero y marzo (*). Después, hasta la vendimia, se confía a ella misma y al capricho de las estaciones. Hombres y mujeres participan en la corta de la uva. Los racimos se cortan con un pequeño, cuchillo o se parten con la mano, después se echan en serones de esparto y se transportan al cortijo a hombros de mula. Las uvas pisadas con los pies deben pasar aún bajo una prensa; como las aceitunas, se las dispone por capas sucesivas entre espuertas circulares llamadas capachos. Para asegurar la conservación, se añade a veces al vino productos químicos o, sencillamente, un poco de yeso. El vino, especie de rosado, se obtiene a 18-20º. Su gusto es exquisito. En el país se lo conoce por el nombre de «sangre de Jesucristo». Se produce tal cantidad que, muy frecuentemente, se lo utiliza para las necesidades de la construcción, dada la rareza del agua en la región.

Foto 29: La trilla del trigo en Mecina Tedel.
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Foto 30: Parte interior de la tabla.
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Foto 31: La estimación de las cosechas con la ayuda de la cuartilla.
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Fig. 14 - Corte imaginario a través de la Alpujarra siguiendo su eje norte-sur, mostrando la diversidad de sus cultivos.
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La evaluación de las cosechas se realiza por medio de medidas de madera de las que existe una extendida gama que se compone así:
la cuartilla - 3 celemines o 12 cuartillos
el celemín - 4 cuartillos
el medio celemín - 2 cuartillos
el cuartillo - 4 raciones
el medio cuartillo - 2 raciones.
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El peso reseñado es relativo, pues depende del volumen ocupado por el cereal en la medida. De esta forma, una cuartilla de, trigo equivale a aproximadamente 11 kilos, mientras que una cuartilla de cebada, que es más ligera que el trigo, no pesa más que 8,5 kilos.
Cuatro cuartillas de trigo, que son 44 kilos, representan una fanega y corresponden al contenido de un saco. Es bajo este peso por el que el trigo es estimado, puesto en reserva o vendido.
Una fanega de maíz, en cambio, no pesa más que 36 a 37 kilos, una fanega de cebada 34, etc.
La ración, que es la menor de estas medidas, sirveúnicamente en las tiendas, en la venta de garbanzos tostados.
Para el peso, se utilizan balanzas romanas graduadas en arrobas o libras:
la arroba - 25 libras
la libra - 4 cuarterones
el cuarterón - 4 onzas.
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La libra vale 460 grs; en consecuencia, un kilo corresponde a 2 libras más 2 onzas aproximadamente.
La sal se vende por fanegas, el azúcar por libras o arrobas.
Las medidas que sirven para líquidos, recipientes cilíndricos de estaño o hojalata, se establecen de la siguiente forma:
la arroba - 16 a 18
a media-arroba - 8 a 9 litros
el jarro - 1 litro
el medio jarro - 1/2 litro
el cuartillo - 1/4 litro.
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La arroba se emplea en la venta del vino y del aceite de oliva, mientras que las medidas menores se utilizan para la compraventa de alcoholes, en especial de aguardiente.
Las medidas de superficie son igualmente relativas: La hectárea, en la idea de numerosos cultivadores, corresponde hoy todavía una obrada. La obrada es la superficie que labra un par de mulas de bueyes en una jornada.
En las tiendas, el metro se utiliza poco. Se prefiere la barra, pieza de madera de una longitud de 80 a 82 cms., dividida en octavas.
GANADERIA, CAZA Y PESCA
Los animales más representativos son el cordero y la cabra, criados a la vez para la lana, la leche y la carne que de ellos se extraen; la carne de choto es muy apreciada por los alpujarreños.
Las vacas, en número más reducido, trabajan a dúo bajo el mismo yugo en los campos. Rebaños de bóvidos de alguna importancia pasan el verano en los Alpes, por encima de Trevélez, procedentes de este pueblo o de localidades vecinas (Soportújar, Válor). En la época de los fríos, en otoño, son conducidos a Motril para pasar la mala estación; los de Válor retornan a su pueblo. La trashumancia era ya célebre en el tiempo de la ocupación musulmana. Las tahas de Poqueira y de Ferreira enviaban su ganado a la de Dalías, a Motril o a Salobreña.
El queso se hace con leche de cabra o de oveja, o bien de una mezcla de ambas. Se la vierte en una marmita, situada cerca del fuego en la chimenea, y se añade un poco de cuajó. La leche coagulada se echa en el interior de una ancha banda de esparto (pleita) en forma de corona, puesta sobre una tabla de madera (quesera) que lleva dibujos en relieve. Se la deja reposar un día, en el curso del cual el suero tiene el tiempo de separarse. El queso se conserva en unos recipientes de barro (orzas), llenas de aceite de oliva. El suero se pone en una marmita, sobre el fuego, hasta que se cueza. Se transforma en requesón, recogiéndose en un trapo; el líquido que se pierde sirve de alimento a los animales.
Cada familia cría al menos uno o dos cerdos. La matanza tiene lugar entre los meses de noviembre a enero. Sirve de pretexto a una pequeña fiesta. Una atmósfera muy particular reina en ese momento en los pueblos alpujarreños. La alegría que se trasluce en los rostros, los gritos lamentosos de las bestias sacrificadas en la propia calle (y no siempre de un solo golpe), la agitación febril en las casas donde las mujeres se afanan ante enormes sartenes, el olor de la sangre, de la grasa y de la carne, que flota en el ambiente, todo esto no está, desde luego, desprovisto de salvajismo.
La sangre se recoge en grandes platos (lebrillos). Después, el cerdo es rapado, abierto y cuidadosamente lavado con agua caliente que ha sido previamente hervida. El animal es colgado a continuación por los pies a una viga, en el interior de una casa, Al día siguiente se hace el desmembramiento y la preparación de salchichas. Hay toda una serie de estas salchichas: butifarra, morcilla, longaniza, blanquillo, salchichón, que adornan el techo de la cocina en alegres y vistosas guirnaldas.
Una gran parte de la carne es conservada tras la cocción, como el queso, en orzas llenas de aceite de oliva. La grasa fundida, salada o no, sacada de la carne y de los huesos del animal, es guardada también en recipientes de barro.
Los jamones, el tocino, las patas y la cola son saladas. Son consumidos a partir del mes de mayo, salvo el tocino que se pone en la mesa ocho días después de la matanza. En cuanto al corazón y a la asadura, se sirven durante la pequeña fiesta que reúne complacientes a la familia y a los vecinos.
Se ha escrito mucho a propósito de los jamones de Trevélez que son conocidos en toda España. Si atendemos a la tradición, habrían llegado a hacer las delicias de la reina Isabel II y del compositor italiano Rossini. Su gusto se debería al hecho de que los habitantes los conservan en la nieve o en una tierra especial. En realidad, nada de esto es cierto. La explicación es mucho más sencilla: los jamones, dado el clima que domina en la montaña la mayor parte del año, no necesitan ser salados. La carne, en consecuencia, guarda todo su sabor; de ahí el justo renombre de que disfrutan. Ello es, por otra parte, común a todos los pueblos de la zona alpestre, de tal forma que un jamón llamado de Trevélez no viene forzosamente de este pueblo. Pero la denominación permite favorables especulaciones que no han de desdeñarte en absoluto.
Cuando una familia mata un cerdo, algunos vecinos bromistas escalan el tejado plano de la casa e introducen en la chimenea un cordel acabado en un gran gancho («echar el garabato»), al cual las mujeres que abajo se afanan cuelgan un par de salchichas o un pedazo de carne a modo de regalo.
La grasa de cerdo, de mala calidad, y el aceite rancio toman parte en la composición de jabones fabricados para casa.
Los mulos y mulas son animales selectos para los trabajos agrícolas. A los asnos se les encargan las tareas más ingratas que despachan con una indiferencia que es sin duda el secreto de su felicidad.
El amor a los animales no es uno de los rasgos típicos del carácter andaluz (¡hay felices excepciones!). Se ha intentado explicar la crueldad que manifiestan numerosos indígenas por la pobreza de las gentes, no siendo posible el cariño a los animales más que a partir de un cierto nivel de vida. Estimo la teoría razonable. Un pueblo que no tiene con qué matar su hambre, no experimenta de ninguna forma la necesidad de inclinarse sobre sus hermanos menores que, ellos mismos, hambrientos, están siempre propicios a arrebatarle lo poco que tiene. Con el paso del tiempo, se ha establecido entre hombre y animal un clima de desconfianza recíproca y de temor que será difícil de cambiar.
Los caballos cuestan caros; no pertenecen más que a ricos cortijeros. Se prefieren los mulos y los asnos, de un precio menos alto y de un mejor rendimiento.
Las aves de corral están, en abundancia, en todos los sitios y no tienen siempre propietario definido.
No hay en la Alpujarra guardianes asalariados de los rebaños, por la razón de que cada lugareño dispone en su familia de al menos un joven al que confiar el cuidado de sus animales. Puede ocurrir, sin embargo, que un cultivador no posea más que un cordero o una cabra. El entregará el animal a uno de sus vecinos, propietario de un rebaño, comprometiéndose a ofrecerle en contrapartida una cierta cantidad de leche y de lana o el primer cabrito que la cabra traiga al mundo.
Una estadística de los animales domésticos en el interior de los principales términos municipales de la Alpujarra figura en el cuadro VI del apéndice.
La caza está hoy en día poco extendida y en parte prohibida por la Guardia civil. La despiadada masacre de cabras salvajes (la cabra montés de los autores españoles) tuvo por resultado la casi completa desaparición de estos afables animales en Sierra Nevada; en cambio, abundan aún, para la mayor alegría de los naturalistas, sobre la Sierra Almijara, en las fronteras de las provincias de Granada y Málaga.
Los conejos de campo, recientemente diezmados por la mixomatosis, están en franca regresión.

Fig. 15 - Un gallo (muchacho de 9 años).
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Fig. 16 - Conejos de campo (id.)
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No quedan más que las perdices. En primavera, los niños organizan batidas a fin de descubrir sus nidos y apoderarse de los pajarillos. Estos, traídos al pueblo, se ponen en jaulas y se cuidan bien. Su cautividad no les impide, cuando llegan a adultos, el cantar todas las mañanas al nacer el día. Los cazadores salen de noche, cada uno con jaula que contiene una perdiz, y llegan a un lugar habitualmente frecuentado por estas volátiles. Ocultan la jaula bajo un montón de piedras y ellos mismos se esconden en el interior de un, muro circular de piedras (puesto), construido para la ocasión.
En las primeras horas del alba, el pájaro prisionero comienza a cantar. Las perdices en libertad, atraídas por una voz que hasta entonces había permanecido desconocida, se aproximan. Entonces, los cazadores no tienen más que tirar.
El pescado (sardinas, anchoas, bacalao) viene de los pueblos de la costa de donde salen revendedores montados en una bicicleta o una moto que deben recorrer largas distancias para dar salida a su mercancía.
Los puertos alpujarreños son muy activos. La pesca tiene lugar por la noche. Barcos, provistos de potentes lámparas, iluminan los lugares a donde los hombres lanzan sus redes.
Los jóvenes se limitan a frecuentar las calas. Utilizan un cordel a cuyo extremo enganchan algunos anzuelos. Disponen un cebo, fijado por encima de éstos, en un bucle del hilo. Cuando un pescado quiere agarrarse, el pescador tira bruscamente del cordel. Uno de los anzuelos no deja nunca de hundirse en el vientre del animal.
El pescado es vendido en subasta a un precio que apenas si permite a la gente del litoral enriquecerse. Las noches de verano son hasta tal punto agobiantes que los pescadores abandonan su modestas cabañas para tumbarse en la misma arena de la playa. Duermen en grupo, envueltos en cobertores, cerca de sus barcos. Cada vez que los veo, me acuerdo de las palabras de una vieja malagueña que, en su origen, era una canción de marinos y pescadores:
Se me mojaron las velas
Estando la mar en calma,
Y fue de las puras lágrimas
Que yo derramé por ella.
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A medianoche parten los primeros. Se les oye a lo lejos, en la mar, dando órdenes.
Ya tuve la ocasión de insistir en el aislamiento que conocieron hasta estos últimos años la mayor parte de los pueblos alpujarreños, obligados a no contar más que con sus propios recursos. Este estado de cosas, existente desde hace mucho tiempo, ha cambiado considerablemente la vida en el interior de cada localidad. Es así que la alimentación es de una extrema monotonía, tanto más cuanto que los habitantes conceden poca importancia a su nutrición, un rasgo que comparten con el resto de los andaluces. Aducen (y no seré yo quien los contradiga) que el hombre no vino al mundo para sentarse a la mesa. Les basta un buen plato para mostrarse satisfechos; y este plato, nacional si puede decirse, es el puchero, especie de cocido hecho de una mezcla de carne de cerdo, tocino, patatas, garbanzos y habichuelas. Otro plato muy apreciado son las migas (harina de maíz o migajas de pan amasadas) que se fríen en una gigantesca sartén alrededor de la cual se reúnen de veinte a treinta personas, cada una con su cuchara. A estas migas se les acompaña pescado frito, pimientos, cebollas y patatas asadas a la brasa. Se come de todo hasta la saciedad para poder quedarse dos días sin necesidad de volver a sentarse a la mesa.
Las gachas se hacen con harina de trigo o de centeno, agua y un poco de leche.
El gazpacho andaluz es corriente en los pueblos alpestres sobre todo. Se trata de una sopa fría compuesta de agua, vinagre, aceite de oliva y legumbres, generosamente salada y pimentada.
Con ocasión de los días de fiesta, las mujeres confeccionan dulces llamados roscos, bizcochos y soplillos de los que aquí ofrezco la receta:
Roscos:
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Para un huevo:
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3 cucharadas soperas de azúcar en polvo
3 cucharadas soperas de leche (cocida y fría)
3 cucharadas soperas de aceite de oliva (frito y frío).
1 cucharada sopera de agua o de zumo de naranja
cáscara de limón
una punta de cuchillo de bicarbonato de sosa.
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Batir los huevos (yemas y claras revueltas). Añadir en el orden siguiente y siempre batiendo: azúcar, leche, aceite, agua o zumo de naranja, cáscara de limón y bicarbonato. Mezclar bien y trabajar con la harina hasta la obtención de una pasta firme.
Sobre una superficie previamente untada de aceite, preparar con esta pasta pequeñas salchichas de 10 cm. de largo y de un diámetro aproximado de 1,5 cm. Aplastarlos y plegarlos en sentido longitudinal y después cerrarlas en corona. Estos son los roscos.
En una sartén, calentar aceite de oliva hasta que el humo aparezca. Retirar la sartén del fuego y esperar que el humo cese. Volver a poner a fuego lento. Echar algunos roscos en el aceite y darles la vuelta a fin que se doren por los dos lados y que se inflen. Sacarlos del aceite y salpicarlos de azúcar muy fina. Servir y comerlos fríos.

Foto 32: Viejo molino cerca de Pitres.
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Foto 33: Cabañas de pescadores en la Rábita.
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Foto 34: Taller de ceramica en Ugíjar.
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Bizcochos:
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12 huevos
500 grs. de azúcar en polvo
250 grs. de almidón
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Batir las claras a punto de nieve. Aparte, batir las yemas e incorporar el azúcar y el almidón. Mezclarlo todo y ponerlo en el horno dentro de moldes.
Soplillos:
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4 claras de huevo
500 grs. de almendras dulces, tostadas
azúcar y canela a voluntad
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Batir las claras a punto de nieve. Añadir el azúcar la canela y las almendras, Mezclarlo bien y ponerlo en el horno dentro de moldes.
El pan de harina de trigo sigue siendo el alimento básico número uno. Se aliña de aceite o bien se lo come con un gran trozo de tocino. Es la comida preferida de los hombres que trabajan en el campo. A los mismos niños les entusiasma.
En las cortijadas aisladas, el pan es a veces fabricado con harina de centeno o de maíz (bazo).
LOS CACIQUES Y EL TRABAJO EN GENERAL
El término cacique conoció su apogeo en el momento en que, en España, dos grupos políticos se repartían el poder: de una parte, los conservadores favorables a la Iglesia; de otra, los liberales de tendencia netamente anticlerical. Unos y otros tenían representantes en el pueblo, los caciques, elegidos generalmente entre los propietarios más potentados. Es decir que la gente, obligada a elegir, no sabía con frecuencia cómo hacer para atraerse el favor de estos personajes importantes cuya amistad y protección valía su peso en oro.
Los caciques se comprometían a defender la ley. Pero la violaban sin ningún escrúpulo, ejerciendo sobre sus sujetos una autoridad semejante a la de los señores feudales. De ahí, los excesos de todas clases y un régimen cada vez más intolerable. Provincias enteras se hallaban a merced de unas pocas familias acomodadas que de ninguna forma se preocupaban del bienestar del pueblo. Extensiones considerables de terreno, aunque fértiles, permanecían en baldío, mientras que los campesinos desempleados vivían en condiciones inimaginables de miseria. El mal parecía sin remedio tanto más cuanto que se remontaba a los romanos, pues fue entre estos últimos en donde surgió la noción de latifundio, nombre aplicado a grandes propiedades agrícolas en manos de un solo terrateniente.
Sin embargo, el sistema tocó fin cuando el general Primo de Rivera fue nombrado al frente del país. Pero el término cacique ha perdurado, pues los caciques no han desaparecido completamente de la escena política y económica de España.
Contrariamente a lo que pasa en otras zonas de Andalucía, en la Alpujarra la tierra está bastante bien repartida. Raros son los habitantes que no poseen un pequeño pedazo, del que sacan lo indispensable para vivir. Los grandes propietarios no son numerosos. No disfrutan ni del afecto ni de la simpatía del pueblo. Viven entre ellos, las más de las veces arrogantes, no mejor educados que el resto, pero creyéndoselo, aguantados porque, no se puede actuar de otra forma.
Una cooperativa de cultivadores (Hermandad de Labradores) se asienta en la mayor parte de los pueblos. Dispone de su propio local o se reúne en el ayuntamiento. Su función es defender los intereses de los terratenientes y hacer valer sus derechos. Allí donde se carece de cooperativa, se reemplaza por una asamblea libre (junta) de trabajadores.
Entre los grandes propietarios, hay quienes tienen a su servicio uno o varios cortijeros, aparceros o encargados, empleados en el mantenimiento de sus tierras. Estos no cobran salario pero tienen derecho a la mitad de las cosechas (sistema de la medianería), de la que ellos hacen a continuación lo que buenamente les parece. El propietario provee de semillas y de la mitad del abono, encargándose la otra mitad al cortijero. Las relaciones entre ellos no son ni buenas ni malas; cuestiones de recíproco interés imperan sobre otros sentimientos.
En el momento de la siega, puede ocurrir que un labrador esté sobrecargado de trabajo. Puede entonces pedir la colaboración de sus vecinos que vienen a ayudarle a recoger sus cosechas. Cuando llegue el momento, este labrador, a su vez, prestará buena ayuda a sus compañeros de trabajo sin que se trate jamás de salario entre ellos. Se trata simplemente de un intercambio de buenos procedimientos, basado en una confianza recíproca.
Los obreros agrícolas (peones), procedentes del exterior son bien acogidos pues la labor nunca falta. Se los emplea sobre todo para plantar nuevos olivos. Excavan agujeros de 40 cm.3, y son pagados según el número de estos últimos. El superior encargado de la vigilancia del trabajo tiene una ingeniosa manera de indicar en su agenda el trabajo de cada hombre situado a sus órdenes. Cada peón lleva un número; en función de él, el superior anota dibujos tales como los representados aquí.

Fig. 17 - Página de un carné de contramaestre vigilando la plantación de diversos jóvenes.
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EL COMERCIO Y LA INDUSTRIA
La producción agrícola, según las regiones y los años, puede sobrepasar con creces las necesidades cotidianas del habitante de una comunidad.
Gracias a la constante mejora de la red de carreteras, se han podido establecer relaciones cada vez más estrechas entre los pueblos de la Alpujarra y las grandes ciudades de Andalucía.
Las regiones alpestres exportan sobre todo jamones, patatas, habichuelas; las del valle, aceite de oliva, cereales; las de la Contraviesa, vino, almendras e higos. Granada, Motril, Almería y Málaga se encuentran entre los principales compradores.
El precio de venta se fija por un funcionario, el albastro, empleado en la Oficina de abastecimiento y enviado sobre el terreno para medir las cosechas y juzgar sobre su calidad.
Los labradores tienen la costumbre asimismo de ir a vender ellos mismos a la ciudad más próxima el excedente de sus cosechas. Continúan en un cierto sentido, la tradición principiada por los corsarios de tiempos antiguos que hacían la ida y vuelta entre la Alpujarra y las ciudades del valle.
Dos o tres veces por semana, hay quien habiendo podido permitirse el lujo de un coche (si bien, muy modesto), va a Granada, cargado a más no poder, no solamente de viajeros sino también de pollos, cabras, sacos de harina, quesos, huevos, salchichas y legumbres, para regresar al día siguiente, cargado de igual manera, recogiendo incluso por la carretera gitanos y soldados de permiso, que recobran su aldea resignados tras recorrer inmensas distancias a pie, si bien, desde hace poco, hacen auto-stop.
¡Cuántas veces habré viajado en tales condiciones, aplastado entre una caja y un robusto campesino, las rodillas machacadas bajo gigantescos canastos, sin que un gallo, metido en una cesta bajo mi asiento, dejara de protestar! Necesitábamos siete u ocho horas para cubrir de 50 a 60 kilómetros, pues la carretera subía, bajaba, multiplicaba sus vaivenes; y el viejo coche, extenuado, se negaba a avanzar. Y ¿qué decir de las averías que nos inmovilizaban repentinamente, cuando estábamos con la capital a la vista?. Afortunadamente, a lo largo de la carretera, abundan las ventas. Nos deteníamos en ellas, gozando cada uno en ofrecer una copa a toda la compaña, mientras que las mujeres pálidas como cadáveres, se restablecían de su terrible malestar. Llegábamos a Granada con un enorme retraso, pero dichosos, sonrientes, cantando y dando gracias al cielo de estar todavía sanos y salvos.
El progreso sigue su marcha inexorable hasta los lugares más apartados y las necesidades de los pueblos alpujarreños aumentan de día en día. Tejidos, zapatos, mercería, medicamentos, papelería latas de conserva, aperos de labranza perfeccionados, toman el camino de la montaña. Allí se venden a un precio más elevado que en la capital de la provincia. Un servicio de camiones asegura un enlace regular entre esta ciudad y Órgiva en donde las grandes tiendas de Granada han abierto unos depósitos desde donde se hace la distribución.
Las tiendas de los pueblos están bien abastecidas. Bajo el nombre de comestibles, se vende de todo y, a menudo, el establecimiento se desdobla en un despacho de bebidas. Hay zapateros-barberos, otros que venden a la vez huevos y carbón vegetal. ¡Curiosa mezcla en verdad!.
El zapatero fabrica él mismo el calzado, no siempre de cuero, que cuesta caro, sino con restos de caucho y de neumáticos viejos. Con ellos hace albarcas, calzado desprovisto de elegancia, pero de una solidez sorprendente (ahí está su mérito), que es llevado por todos los campesinos de Andalucía. En la Contraviesa, hace algunos años de esto, los pastores calzaban todavía sandalias enteramente de esparto que trenzaban ellos mismos.
No resulta extraño que la tienda esté gobernada por una mujer, lo que deja a su marido la libertad de ejercer otras actividades a fin de poder hacer mejor frente a las exigencias de la vida diaria.
Al estar la tierra juiciosamente repartida, los alpujarreños pagan más o menos al contado lo que compran, mientras que en otras comarcas del país ha de esperarse a la venta de lo que reportan las cosechas para satisfacer las deudas contraídas a lo largo del año.
En algunas tiendas (sobre todo para la venta del pan y del vino), se utiliza un sistema de signos convencionales que el patrón graba, ya sea sobre una pared, ya sobre una caña de junco partida por la mitad. Uno de los pedazos pertenece al comprador en tanto que el otro, que lleva grabados idénticos, queda en posesión del vendedor. Al final de la semana o del mes, no hay más que calcular, para cada cliente, el monto de sus compras.
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Fig. 18 - Caña de junco dividida por la mitad y utilizada para la venta de pan. Un trozo equivale a 1 kg.; una cruz, a dos kilogramos.
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En varias localidades (Órgiva, Ugíjar, Cádiar, Albuñol, Murtas) se han abierto recientemente oficinas bancarias o sucursales de la Caja de Ahorros de la provincia. Ellas suponen una sensible y reconfortante mejora de las condiciones de vida.
En Órgiva se encuentra incluso uno oficina de correos. Por lo demás el empleado de correos es designado entre los habitantes de la localidad y se encarga de, la distribución del correo. Si el pueblo se encuentra fuera de las vías de comunicación, tiene que recorrer diariamente grandes distancias para llevar la correspondencia a la vecindad más próxima que está en contacto directo con Granada. El correo está encauzado por las compañías oficiales de autocares que aseguran el enlace entre la capital y las numerosas aldeas alpujarreñas.
Los sellos se venden en los estancos. La oferta en cigarrillos no es grande. Dos o tres marcas nacionales solamente se dividen el favor de los fumadores. Estos tienen, por otra parte, la costumbre de hacer ellos mismos sus cigarrillos, sirviéndose de sus dedos. El encendedor de bencina no se emplea apenas. Es sustituido por un ingenioso aparato, el mechero, compuesto de una piedra para hacer fuego, una rueda dentada y una larga mecha inflamable. Un golpe enérgico dado con la palma de la mano sobre la rueda produce la chispa. Este encendedor tiene la ventaja de funcionar incluso con un viento violento.
Los revendedores recorren las calles de los pueblos, principalmente con ocasión de la feria. Llegan hasta instalar un puesto al aire libre para vender sus mercancías: joyas de pacotilla, horribles juguetes, mercería, litografías de mal gusto.
El mercado se emplaza en las grandes plazas de la localidad y en las calles más anchas. Un lugar cubierto, reservado a la venta de pescado, ha sido habilitado en varias vecindades.
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Fig. 19 - La madre del autor dirigiéndose al pueblo (muchacho de 12 años). No se podría imaginar una silueta más expresiva, realizada, sin embargo, con un mínimo de medios.
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Los molinos de aceite y harina, construidos con piedra y movidos por agua, son numerosos. Algunos de ellos datan de la ocupación musulmana de la Alpujarra.
Se los puede ver en el barranco de Poqueira, debajo de Pampaneira, en el de los Molinos a la salida de Pitres, en los alrededores de los pueblos de Trevélez, de Válor y de Torviscón, así como a lo largo del torrente de los Molinos, entre Mecina Tedel y Cojáyar, en la Contraviesa. Poco a poco son reemplazados por molinos de motor (petróleo o electricidad) de una arquitectura moderna y no siempre muy afortunada.
El agua llega al molino por un canal llamado el caz. Después es conducida por una especie de alta chimenea rectangular, el cubo, que sobrepasa la construcción, para finalmente caer sobre la rodezna que, todavía en nuestros días, puede ser enteramente de madera. Esta ocupa una posición horizontal, golpeando el agua oblicuamente las paletas. Pone también en movimiento la piedra de moler, situada en un plano inferior. El agua sale del molino por uno o dos canales, los carabos.
El propietario percibe una tasa en dinero o en especie de los labradores que vienen a moler sus cereales.
Los viejos molinos alpujarreños han despertado la imaginación popular, que les ha dedicado leyendas y simpáticas canciones, gratas a los niños:
Cantarito de la fuente,
Caminito del molino,
Donde me espera mi novio
Para venirse conmigo.
Si este cantarito hablara
Ya lo sabría la gente
Lo que tenemos tú y yo,
Caminito de la fuente,
Cantarito de la fuente,
Caminito del molino,
Donde me espera mi novio
Para venirse conmigo.
Cantarito no te rompas
Que se me derrama el agua,
Y con el cántaro roto
Se me destrozaría el alma
(la sed no se me calma).
Cantarito de la fuente,
Caminito del molino,
Donde me espera mi novio
Para venirse conmigo.
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La harina se entrega en estado bruto. Las mujeres tienen que cernerla. Extraen la harina propiamente dicha de la que se sirven para las necesidades domésticas y para la fabricación del pan. Lo que queda sobre el cedazo, el salvado se da a los animales.
La mayor parte de las casas alpujarreñas poseen su horno particular, instalado en el interior de la chimenea de la cocina. Existen también hornos públicos donde las mujeres se reúnen para amasar el pan. Estos hornos venden igualmente el pan, haciendo la función de panaderías.

Foto 35: Tejedora de Tímar.
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Foto 36: Silla trenzada de esparto.
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Foto 37: Alfarero de Ugíjar.
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El mismo propietario del horno público se ocupa de la cocción. La tasa que recibe por el alquiler de su instalación difiere de un pueblo a otro. En esta tasa no está comprendida la leña que es llevada por las mujeres o pagada aparte.
Entre las industrias, figuraban, del tiempo de la ocupaciónárabe, las fábricas de seda de Laroles y de Ugíjar. La cría del gusano de seda se practicaba con éxito en razón a las excepcionales condiciones atmosféricas de estas regiones. Los productos, de gran fama, eran exportados hasta Oriente. Entre los asiduos y ricos clientes, se puede citar a la familia real de los Hohenzollern. Un industrial francés procedente de Lyon a mitad del siglo XIX, se puso al frente de una de estas fábricas. Pero la invención de la seda artificial tendría sobre la apenas renaciente industria las más dañinas consecuencias. Hoy, la fábrica de Ugíjar se contenta con criar los capullos que luego envía a Orihula para ser allí tratados.
Las fábricas de aguardiente y de alcoholes diversos han visto igualmente reducirse su actividad de forma considerable. El caso más llamativo es el de Alfornón que contaba en el siglo pasado con una docena de estas empresas, mientras que en la actualidad no queda más que una sola.
En las localidades de alguna importancia, se encuentran pequeñas industrias locales que responden a las necesidades inmediatas de la comunidad: fábricas de gaseosas, de alpargatas de carbón vegetal, de cal y de yeso, de ladrillos, de tuberías de barro cocido.
La Alpujarra es bastante rica en mineral. La geología permite establecer optimistas previsiones, confirmadas por la explotación de algunas minas con un rendimiento alentador. Las más conocidas son las de plomo de Peñarroya, en la Sierra de Lújar, al sur de Órgiva, y las de hierro del Conjuro, en los alrededores de Busquístar (*). Una mina de hierro de menor importancia está en explotación al este de Soportújar, y otras dos, de mercurio, al este y al norte de Cástaras. Filones de mercurio se han explotado, para luego abandonarse, en los alrededores de Tímar. La presencia del hierro es señalada en Mairena y en Almegíjar, la del plomo en Fregenite, Torviscón y Albondón.
Los manantiales de aguas minerales han hecho localmente célebre la zona alpestre. Son las aguas de Panjuila, al sur de Busquístar, y las ácido-ferruginosas de la Fuente Agria, inmediatamente a la izquierda y al borde de la carretera que va de Pórtugos a Busquístar. Estas últimas han sido estudiadas por L. Roche y L. Sanwn, de la Academia de Medicina de París, que midieron en ella un elevado porcentaje de ácido carbónico. Con todo, su explotación no es para mañana.
La instalación de pequeñas centrales eléctricas ha comenzado. Ya, el bello barranco de Poqueira ha sido irremediablemente afeado. Desde hace algunos meses, el sonriente oasis de Órgiva ve alzarse en su magnífico cielo inquietantes torretas, anunciadoras de una estación de grandes dimensiones. ¡Ojalá que la felicidad del pueblo nunca padezca con ella!
LA ARTESANÍA.- EL TEJIDO, LA CERÁMICA Y EL TRENZADO DEL ESPARTO
En la época del gran desarrollo económico de la Alpujarra, la artesanía ocupaba un lugar preponderante y sus productos eran exportados a grandes distancias. Esta artesanía se ha mantenido, no obstante la despoblación, debido a que respondía a las necesidades más urgentes de la comunidad, obligada a no contar más que con sus propios recursos.
Pero la construcción de una extensa red de carreteras y los intercambios cada vez más frecuentes entre los pueblos y la capital de la provincia han tenido como consecuencia la desaparición ya en varios lugares de la producción artesanal, que ha cedido el puesto a los objetos en serie provenientes de Granada.
Todavía se encuentran viejos telares puestos en funcionamiento para responder a modestos pedidos. Hay dos en Válor, uno en Cástaras, en Sorvilán, en Jorairátar y en el Collado (cortijada del término municipal de Murtas); hay otro también en Torviscón que antes contaba con algunos más. En Tímar, llegan hasta una docena y constituyen una verdadera industria y una de las principales fuentes de renta de la aldea.
La elaboración de tejidos es una tarea reservada a las mujeres. Con la rueca o el torno hilan la lana, la limpian y tintan con colorantes comprados en la ciudad. A no ser que empleen restos de telas, como de sábanas, servilletas, camisas y ropa usada que cortan en largas y estrechas bandas y tejen exactamente como si se tratara de lana. Así confeccionan mantas, alfombras de cama, cojines, esteras y alforjas de una solidez a toda prueba, evidenciando un gran gusto en la selección y mezcla de los colores.
Estas artesanas son pagadas por el trabajo que realizan, ya que el material empleado (lana o restos de telas) debe serles suministrado. Sus artículos comparten con los fabricados y vendidos en Granada, bajo el pomposo nombre de tejidos alpujarreños, numerosos ornamentos, principalmente en la alternancia y repetición de bandas de colores. Pero los típicos y complicados bordados que adornan los, productos de la industria granadina no se encuentran en los confeccionados en la Alpujarra.
Los alfareros también eran antes numerosos. Aún se los puede ver en Órgiva, consagrados a la fabricación de cántaros, ladrillos, tubos y tejas.
Los de Torviscón desaparecieron hace mucho tiempo
Los más interesantes viven en Ugíjar, en el barrio pobre de la localidad, al este y un poco por encima de ésta. La fábrica de Miguel García Sierra, con mucho la mejor instalada, se extiende solamente sobre una superficie de algunos centenares de metros cuadrados. Es el ejemplo perfecto de una artesanía local que vende sus productos en un radio limitado.
El material empleado es una mezcla de dos arcillas provenientes de los alrededores del pueblo. El alfarero paga 250 ptas. al año al propietario del terreno por la extracción de la tierra que necesita.
La arcilla es llevada a la fábrica y reducida a trozos por medio de un mazo de madera o de metal. Estos fragmentos se echan a un barreño rectangular lleno de agua donde se los deja y se disgregan. La greda así obtenida se cerne y se limpia de impurezas (chinas). Después reposa en un barreño de decantación hasta que alcanza la consistencia de la pasta para modelar. A continuación, se la trabaja con las manos (sobar la tierra). A fin de que no se pegue a la cabeza del torno, el alfarero le añade un poco de ceniza.
El artesano utiliza un torno de pie, que ocupa una fosa estrecha, cavada en el mismo suelo de la fábrica. Ejecuta su tarea (torneado) con una seguridad y velocidad desconcertantes, mojándose continuamente las manos. El alfarero trabaja a ojo, sin servirse de un compás ni de un calibrador. Todo lo más, se ayuda de una caña con la que precisa la forma de los objetos, los alisa tanto interior como exteriormente y dibuja luego sobre la panza de los recipientes un motivo modesto bajo la forma de una línea cortada en zig-zag.
Después del torneado, se ponen los objetos a secar. Se les unta, solamente en el interior, un líquido grisáceo, a base de sales de plomo (barniz). Este barniz hace las piezas impermeables; en el curso de la cocción, se pone amarillo dorado.
El horno es una modesta construcción en piedra, de una altura aproximada de 5 metros y de una anchura de 3,50 metros. La habitación, recubierta de ladrillos refractarios, mide 3 metros de profundidad, 2'50 de anchura y 3 de alto. Unos agujeros circulares, en el techo, permiten que el humo se escape. El fogón, habilitado por debajo del suelo, se alimenta de haces de romero, de tomillo, etc. Sobre la base del horno, se coloca una fila de ladrillos con el fin de proteger los objetos del fuego. El ajornar o ahornar es un trabajo delicado, pues conviene aprovechar de la mejor manera el espacio disponible. Las piezas son separadas unas de otras por pequeños trozos de arcilla. El horno se cierra por medio de ladrillos y de un revestimiento de greda -la misma que sirve para la fabricación de recipientes-. La cocción dura 15 ó 16 horas y se repite cada diez o quince días, según las exigencias de la comunidad. La temperatura, en el interior del horno, alcanza unos 900º.
La fábrica de Ugíjar no vende más que un número restringido de objetos, de utilización diaria: cántaros, pipos, tinajas, fuentes, ollas, lebrillos, curiosas piezas ensanchadas que sirven para darle la vuelta a la fritura (volvedores), recipientes cilíndricos para la fabricación de quesos(queseras), ladrillos, tejas y baldosas.
El alfarero trabaja solo. Un muchacho se dedica al mantenimiento de los barreños y a la alimentación del fogón durante la cocción. La mujer del alfarero va regularmente al mercado de Ugíjar donde tiene un pequeño comercio. Pero son numerosos los habitantes del pueblo que suben a la fábrica para comprar los objetos que les faltan. Allí van también revendedores a aprovisionarse. Los recipientes, colocados en capachos de esparto llenos de paja y cargados sobre los burros, se venden en los alrededores inmediatos: en Cádiar, Murtas, Albuñol y Adra.

Fig. 20 - Algunas formas tradicionales de objetos de barro confeccionados en Ugíjar, 1. Cántaro; 2. Tinaja; 3. Quesera; 4. Volvedor; 5. Lebrillo.
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Otros revendedores, provenientes de las fábricas de cerámica de Níjar y de Sorbas, en la provincia de Almería, llegan hasta los pueblos alpestres de la Alpujarra para ofrecer sus productos. De las fábricas de Granada, en fin, salen numerosos recipientes de barro que completan la vajilla.
En la cueva de los Murciélagos, cerca de Albuñol, se han actualizado objetos de esparto falsamente atribuidos al Neolítico. Sin remontarse a una época tan pretérita, estos vestigios no datan, con todo, de hoy. Confirman lo que ya sabíamos: que el uso del esparto era conocido en la antigüedad y que comenzó quizás en Oriente, antes de hacer su aparición en España.
La palabra esparto –en algunas regiones se lo llama atocha- se aplica a varias especies de gramíneas que crecen en terrenos pobres. Esta hierba está localizada en las provincias de Albacete, Murcia, Almería, Zaragoza, etc. Pero Andalucía y una parte de Levante subsisten como los centros más importantes de producción del esparto. La revalorización de éste, tras la guerra civil, permitió el desarrollo de una verdadera industria y de una artesanía activa, fuentes de ganancia para multitud de obreros y de campesinos.
El esparto crece tupido, en matas de una altura de 25 a 50 centímetros. Tiene un color verde oscuro muy reconocible, y se distingue por eso de otras gramíneas que, en ocasiones, lo acompañan. Su cultivo no necesita ningún cuidado.
La recogida del esparto es una tarea muy penosa. Tiene lugar durante los meses de agosto a octubre. Se enrolla la parte superior de la mata alrededor de un gancho de metal o de un simple trozo de madera (cogedor), sujeto con el puño, y después se extrae. La planta, sólida, resiste. Hay que dar un golpe violento y seco para arrancarla. Repetida durante horas, esta operación provoca, incluso en el campesino más recio y mejor entrenado, un cansancio extremo. Y ello sin contar su postura y el trabajar, por añadidura, bajo un sol de plomo.

Fig. 21 - Trenzado del esparto. I. Tomiza; II. Ramal; III. Crizneja.
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Una vez arrancado el esparto, se pone a secar al aire libre. Después se echa en unos barreños llenos de agua en donde se deja una decena de días. Salido de este baño prolongado y reunido en pequeños manojos, es secado, pesado y vendido y trabajado en bruto o previamente ablandado. En este último caso, se lo aplasta con un mazo cualquiera (martillo de madera) sobre una superficie pulida.
El esparto sirve para la fabricación de una multitud de lazos de varias hebras, trenzadas de diferentes maneras. Cada uno de ellos lleva un nombre determinado. La tomiza, compuesta de dos hebras, es simple. El ramal, que cuenta con tres hebras, es de uso diario. El rabo de gato se confecciona con ayuda de cuatro hebras; es muy resistente. La crizneja y su derivado el rejo son bandas anchas y sólidas, de cinco hebras; con ellos se hacen bozales para los animales domésticos y sacos para hacer la provisión. Una banda más ancha todavía, la pleita, es de difícil confección. Cosida en espiral, entra en la fabricación de grandes capachos (serones), con los que se cargan los burros para el transporte de las mercancías, y hay otros en número de cuatro (aguadoras) para el de cántaros. Con los cordeles, se hacen sandalias, cestos para la paja, asientos de sillas, etc.
En la Alpujarra, el esparto crece en los flancos del sudeste de la Contraviesa. Los objetos fabricados no son exportados, pues apenas si abastecen las necesidades diarias de la comunidad.
El aparejo de un burro o de una mula, en los días de fiesta (matrimonio de cortijeros, feria) no está desprovisto de elegancia. Se compone de numerosos accesorios que se amontonan sobre el animal.
Para protegerse del sudor de éste, se coloca en primer lugar un trozo de lienzo de algodón llamado el sudador. ¡Un nombre predestinado!. Encima viene una especie de colchón de tela gruesa y sólida (lona), la basta, lleno de paja de avena. Una nueva pieza de tela le sigue, el ropón adornado a cada lado, pero por detrás solamente, de una franja roja de lana. Una segunda lona, que desciende hasta bastante abajo, se pone sobre el ropón. Es la jarma, hinchada con paja o con hojas secas de maíz. A la jarma se fijan dos lazos: uno, el atajarre, de 10 cmts. de ancho, en cuero, esparto o cáñamo, hace la vez de la parte trasera del animal y pasa horizontalmente bajo la cola, provisto en este delicado lugar de un rodete reforzado de paja, la baticola; el segundo lazo, el pretal, de cuero, pasa bajo el cuello de la bestia. La jarma está recubierta por la sobrejarma, pieza de paño adornada de cordones lanosos con vivos colores que penden a la largo de los flancos del animal. La cincha es una ancha correa, igualmente de paño, que mantiene sólidamente todo en su sitio. La jáquima, aderezo de cuero, sabiamente claveteada, y sus anexos laterales, los rastrillos, cubren la cabeza del animal; ahí se fijan las correos que sirven para la dirección. Finalmente, viene el mandil, otro aderezo claveteado, situado delante del cuello. ¿He olvidado algo? Si no es así, no queda más que subir al burro o al mulo, muy orgulloso él (tanto como pueda estarlo su propietario) de este hábito de gala.
En la Alpujarra se encuentran algunos gitanos. Contrariamente a los nómadas del valle, los de la montaña se han establecido con sus familias, viviendo en el barrio pobre del pueblo en más o menos buena armonía con el resto de los habitantes. Es éste un fenómeno general a todo el país que no debe sorprendemos. Pues no ha amanecido aún el día en que una amistad verdadera una a españoles y gitanos.
Estos últimos se dedican a oficios determinados: unos son carniceros, otros herreros y estañadores; otros incluso sobresalen en la confección de cestos y canastos de junco.

Foto 38: La habitación del horno antes de la cocción.
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Foto 39: En la cocina: La chimenea y el horno de pan.
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Foto 40: Fabricación del queso. La pleita es colocada sobre la tabla grabada.
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El trabajo del metal y el ritmo del martillo sobre el yunque no han quedado ajenos al nacimiento de cantos espontáneos que pertenecen al más puro folklore musical andaluz, los Martinetes, y se oyen a menudo despuntar entre los haces de destellos que brotan del fuego.
Tienes el corazón más duro
Que el martillo de un herrero.
Contra más golpes le doy
Más duro tiene el acero.
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(Soportújar)
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