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LA ALPUJARRA

La Andalucía Secreta

Jean-Christian Spahni



COSTUMBRES, FOLKLORE Y MÚSICA


EL CALENDARIO DE FIESTAS

    El español, en el fondo de sí mismo, ha permanecido pagano, fiel a sus orígenes. Adoptó el cristianismo sin renunciar por ello a lo que había sido antes. Es más, sólo difícilmente llegará a renegar de su prodigioso pasado cuya huella guarda en su piel.

    Lo que aprecia del cristianismo es sobre todo el lado espectacular, las manifestaciones exteriores que, por tanto, le gusta que sean ruidosas y coloristas.

    De ahí, pues, la explicación de las semanas santas de Granada, Sevilla y de Málaga, con su inaudito despliegue de pompas y el fervor de un pueblo arrodillado ante las imágenes que desfilan. Imágenes regias, deslumbrantes de oro y piedras preciosas, en las que la humanización ha sido impulsada hasta el detalle. Mezcla sorprendente de fanatismo religioso y de paganismo, con los accesorios indispensables: fuegos de artificio, fanfarrias, gritos, redobles de campanas, sin olvidar a los soldados, bayonetas en ristre, como para guardar a los gigantescos Cristos y Vírgenes, transportados durante horas a través de las calles más anchas y más estrechas de la ciudad por veinte o treinta hombres aplastados bajo el peso, obligados a detenerse a cada paso a recobrar el aliento.

    La Alpujarra en absoluto desconoce estas costumbres, pero las fiestas allí se desarrollan con mucho menos lujo.

    Cada pueblo tiene a su patrón o su patrona cuya celebración es el pretexto de jolgorios que se prolongan durante días. Procesiones, misa mayor, carruseles, bailes al aire libre (si el cura lo permite), marcan estas alegres ferias donde se bebe y se come más que de costumbre.

    La feria de Ugíjar, que tiene lugar del 9 al 14 de octubre, es justamente célebre por su tipismo.

    Millares de campesinos vienen desde los cuatro puntos cardinales con sus familias y sus bestias para vender, comprar, hacer trueques en medio de un ruido y una animación extraordinarios.

    Un denso gentío se apelotona en las callejuelas y en las plazas del pueblo se acomoda, sin preocuparse del tiempo que pasa, en la acogedora terraza de un café.

    Todo el mundo charla, ríe, bromea, se interpela y se divierte de la manera más espontánea.

    Es el desfile interminable de burros, pesadamente cargados, y el mido de sus pezuñas sobre las gastadas y resbaladizas piedras del camino.

    Son los cacareos de los animales de corral, emplazados para la ocasión sobre los tejados y balcones, o los balidos de las cabras negras para las que subir las plantas de las casas resulta muy fácil.

    Son las llamadas ininteligibles de los artesanos ambulantes que venden y fabrican de todo, instalados en la misma calzada.

    Son los gritos vociferantes de los gitanos, preparando su comida sobre una sartén de hojalata, trocando un pedazo de tejido tornasolado a cambio de Dios sabe qué, mientras que una madre, silenciosa, apoyada contra unárbol amamanta a su hijo.

    Hay quien lleva sobre la espalda un verdadero manojo de pollos vivos, atados por las patas, la cabeza colgante; otros arrastran una carreta que se desploma por el peso de objetos divinamente coloreados; un tercero, que atraviesa el pueblo sin apresurarse, conduce sus marranos gruñentes y caprichosos.

    Algunos chiquillos bailan tocando las palmas ante la mirada de admiración de los mayores.

    En el mercado, se vende de todo, incluso figuras de porcelana, souvenirs, helados de vainilla y balones de tripa de buey. Las moscas abundan por todo aquello, tanto sobre la carne como sobre el queso. Pero las frutas y las legumbres, ¡qué colores, qué perfume, qué abundancia!.

    Como champiñones, los carruseles brotan un poco por todos lados. No disponen de motor; se les hace girar poniéndose allí tres o cuatro y cantando para suplir la música.

    Cerca del ayuntamiento, sin embargo, es la banda municipal la que toca hasta enloquecer.

    Un circo al aire libre es instalado en la plaza principal. Allí se exponen una mujer barbuda, un monstruo humano detestable y resignado, un lobo enclenque traído de Sierra Morena. Una comedia en un acto completa el espectáculo iluminado por la luz de lámparas de aceite ante una algarabía que obliga a los actores a chillar.

    Todo esto, evidentemente, pertenece a otro mundo, a otro planeta. El desconcierto no podría ser más absoluto. Se llega a perder la noción de las cosas y del tiempo y, también, como hacen los presentes, a probar, en definitiva, del verdadero sabor de la existencia.

    La fiesta termina con la procesión en honor de la Virgen del Martirio, patrona de la localidad y de toda la Alpujarra.

    En el barrio norte de Ugíjar se encuentra una pequeña cripta construida alrededor de un pozo legendario ante el cual se levanta la imagen de la Virgen, pintada sobre paño, acompañada de la siguiente inscripción (en parte deteriorada):

«La sagrada imagen de. Nuestra Señora del Martirio se veneraba en la iglesia colegial de esta villa bajo la advocación del Rosario. Fue arrastrada, quemada y puesta por puente en la acequia que atraviesa esta calle por los Moriscos sublevados en la noche del 28 de diciembre de 1578(*)... Cristianos la ocultaron a las vías de los sarracenos depositándola en un pozo donde fue hallada en el año 1606 con ocasión de limpiar el pozo... se iluminó oyéndose las palabras de «Martirio me llamo» bajo cuyo nombre hoy la veneramos. El agua de este pozo es milagrosa. Se adquirió este local por las Sras. camareras. El Excmo. Ilmo. Señor Don José Moreno Mazón Arzobispo de Granada concede... días de indulgencia rezando una salve de ... ».

    La dedicatoria nos muestra que la imagen de la Virgen era venerada en Ugíjar bajo el nombre de Virgen del Rosario. Los moriscos m el momento de la rebelión, en la noche del 28 de diciembre de 1578, se la adueñaron, la arrastraron por las calles, la quemaran y, finalmente, se sirvieron de ella como pasarela para atravesar el canal que suministraba el agua a la localidad. Pero los cristianos se apoderaron pronto de la preciosa estatua para ocultarla en un pozo donde fue recuperada en 1606 con motivo de la limpieza de este último. En el instante de su descubrimiento, la imagen mutilada pronunció estas palabras: «Martirio es mi nombre». Es bajo esta denominación por la que la Virgen es hoy venerada. El agua del pozo sería milagrosa. En el curso de una reunión entre distintas personalidades de Ugíjar, el 15 de septiembre de 1606, se decidió organizar una fiesta en honor de la Virgen del Martirio.

    Poco antes de la primavera tenía lugar el carnaval que, desde la guerra civil, ha sido suprimido. Esta fiesta, que debe tal vez su origen a las saturnales romanas, estaba acompañada de bailes públicos, de hogueras encendidas un poco por todas partes y de un gran cortejo de gente enmascarada. Ante la iglesia, en Yegen, sobre una gran hoguera, se quemaba solamente el pellejo de un zorro o de un conejo de campo.

    En Murtas, el pueblo de toda la Alpujarra que ha conservado mejor su folklore musical, grupos de muchachas recorrían las calles cantando coplas irónicas que improvisaban para la circunstancia. Una de ellas se ha prestado a hacer el esfuerzo de resucitar algunas de estas canciones.

Señores y señoritas,
Asomarse a los balcones.
Traemos una orquesta
que roba los corazones.

Las muchachas de este pueblo
Todas se quieren casar
Con los ricos forasteros
Para vivir en Graná.

De oficio ya no los quieren.
De clase media tampoco,
Abogados es lo que quieren,
médicos y magistrados.

Pero en eso se equivocan,
Que no lo conseguirán,
Pues los de alta carrera
Por otro lado se van.

Cuando tengan treinta años
De té se arrepentirán,
Si llega un betunero,
ése no se escapará.


Foto 41: Transporte de la paja en las redes de esparto (*).
Muchacho
Foto 42: Muchacho del Collado.
Vieja gitana
Foto 43: Vieja gitana de Murtas.
Albondón
Foto 44: Vista parcial de Albondón.

    El carnaval no existe ya más que en el recuerdo. Para hacer notar la ocasión, las muchachas de algunos pueblos intentan aún salir, llegado el momento, con la cabeza cubierta con un saco que les sirve de máscara. ¡Grandeza y decadencia!

Dibujo de Jesucristo
Fig. 22 - Jesucristo. Dibujo de un realismo sorprendente que he recogido bajo una idéntica forma en numerosas aldeas
(muchacho de 11 años).

    Sin poder compararse a la de las ciudades andaluzas, la semana santa de los pueblos alpujarreños no está, sin embargo, desprovista de emoción. Una profunda tristeza, que te acrecienta a medida que se acerca el viernes santo, se lee en los rostros. Ese día, el Cristo crucificado es paseado en procesión en medio de un silencio general. El sábado santo, en cambio, a las diez de la mañana, las campanas de las iglesias echan a sonar al vuelo para anunciar la resurrección del Señor. Los habitantes llenan los vasos de agua bendita y la expanden por sus casas a fin de alejar a los malos espíritus. El domingo de Pascua, las imágenes de la Virgen y del Cristo resucitado son mostradas al pueblo, el cual no sabe ya cómo testimoniar su júbilo y se apelotona en las calles de la aldea gritando: ¡Viva la Purísima! ¡Viva el Señor! ». En numerosas localidades, se ata a un árbol un monigote de trapo que representa a Judas. Los niños lo lapidan hasta que la figura se hace jirones.

    A los ojos de lo, españoles, San Marcos personifica el patrón del ganado. Es el día en que los animales domésticos, adornados con cintas multicolores, son bendecidos por el sacerdote ante el cual se los ha conducido en procesión. Los chiquillos se aprovechan para ir al campo a coger ramas de olivo o hierbas de las que hacen grandes manojos que arrastran tras de sí atadas al extremo de un cordel. Otros niños los siguen, golpeando a aquéllos con palos de madera. Por la tarde, todo el pueblo se (dirige a los prados para merendar. A esta costumbre se le llama matar el diablo».

    El día de la Cruz es festejado con gran pompa. Los niños (sobre todo las niñas), limpios como una patena y vestidos con esmero, se pasean sosteniendo unas cruces provistas de flores. En varios lugares de la localidad, se elevan altares que centellean bajo los colores y las luces.

    En Trevélez, el día de San Antonio de Padua, se organiza la fiesta de moros y cristianos  (ver pag. 134) y se ofrecen pequeños sainetes sacados del teatro popular español.

    Comedias parecidas son representadas en Cástaras, por San Miguel.

    San Roque, patrón de los arrieros, es venerado en Alfornón. Se dice que su estatuilla, obra enternecedora de un artista que ha permanecido anónimo, fue descubierta en un árbol por un pastor. Hay dos procesiones: una el16 de agosto, en el curso de la cual se pasea al San Roque oficial, llamado el Grande; otra, el 17, consagrada al Pequeño, imagen milagrosa que es visiblemente preferida a la primera.

    Los pescadores de la Rábita tienen una curiosa manía. El 8 de septiembre, día de Nuestra Señora de las Angustias, patrona de la aldea y de Granada, uno de ellos captura los gatos que encuentra por el camino, los mete en un saco, toma un barco, se aleja de la orilla y arroja viva al mar su carga. Todos los pescadores reunidos en la playa ríen a mandíbula batiente ante los esfuerzos que hacen los infortunados animales para ganar de nuevo la playa.

    En Alfornón, a pesar de las ruinas y de la miseria, se festeja dignamente el rosario. Esta manifestación está dirigida por una cofradía que se afana en recolectar el dinero necesario para su plena realización. Dura desde el día de todos los Santos hasta Reyes. En ella no participan más que hombres y niños que  pasean  por las  calles portando estandartes, cruces y cirios y recitando el rosario En lo que en otro tiempo era la plaza de la iglesia se prenden grandes hogueras  a las que se arrojan castañas verdes que estallan como petardos. Se cantan coplas improvisadas. Al final de cada una de ellas, el cortejo se detiene y los que lo componen llaman a las puertas de las casas. Los habitantes de asoman a las ventanas desde donde cuelgan quinqués de cobre y de latón o simplemente  velas metidas, en un vaso que sirven a manera  de farolillo.




Fig. 23 - La iglesia del pueblo
(muchacho de 7 años).
Perezoso que estas en la cama
Oyendo las voces
Del despertador.
Si las oyes y no te levantas
Serás del infierno
Horrible tizón.

Maria es el tallo de trigo
San José la espiga y el Niño la flor.
Y el Espíritu Santo el grano
Que se encuentra aquí encerrado
Por la gracia del Señor.

    La Navidad sigue siendo la fiesta más bella y también la más esperada. La misa de Navidad (misa del gallo) es seguida con el fervor que se puede imaginar. La aldea entera se reúne en la pequeña iglesia donde la gente se amontona, a porfía. Hace calor. Uno se siente dichoso y sereno. La felicidad más auténtica brilla en todas las miradas. Y estalla en animadas canciones que interpretan todos los asistentes con una vivacidad inimitable.

En el portal de Belén
Hay estrellas, sol y luna,
La Virgen y San José,
Y el Niño que está en la cuna.

Esta noche nace el Niño,
Yo no tengo qué llevarle.
Le llevo mi corazón


Que le sirva de pañales.
¡Alegría'. ¡Alegría!. ¡Alegría!
Esta noche nace el Niño
En el portal de Belén.
(Trevélez)

    Estas canciones de Navidad son conocidas en España con el nombre de »Villancicos» o de «Canciones del Niño Jesús». Forman un vasto repertorio y evidencian a la vez un realismo y una inocencia conmovedores.

Gachas le dieron al Niño
y no se las quiso comer.
y como estaban tan dulces
Se las comió San José.
(Órgiva)

    A menudo, los cantantes están acompañados de músicos que tocan la guitarra, el laúd y la bandurria. Estos instrumentos, si bien a veces desafinados, comunican a la ejecución un ritmo irresistible.

    Puede incluso ocurrir que los espectadores hagan un ruido ensordecedor batiendo palmas, tocando las castañuelas o haciendo chocar una botella vacía contra otra. Otros prefieren la zambomba. Este instrumento se fabrica con la ayuda de una maceta de barro cocido recubierta de un pellejo de cabra o de conejo, traspasado por un agujero a través del cual pasa una vara. Frotando ésta en un movimiento de va y viene con la mano húmeda, se obtienen sonidos tanto más sordos cuanto mayores sean las dimensiones del instrumento.

    No veamos, en estas manifestaciones ruidosas una falta de respeto por parte de los que llenan la iglesia, sino, conociendo al pueblo español y su manera de ser, el único y legítimo deseo de testimoniar su alegría en esta noche milagrosa en que un salvador le ha sido dado.

Somos pastorcillos
Del monte cercano;
Pasarnos la vida
Guardando ganado.
Y todos los días
A Belén bajarnos
A ver mi ha nacido
El Dios humanado.

Todo esto, pastores,
Resulta muy bien.
Pero está sin dientes,
No puede comer,
Mejor le llevamos
Al Niño chiquito
Cántaros de leche,
Sopitas de vino.

Llevamos al Niño.
Al Niño Dios,
Una cestita
Y un gordo melón,
Patatas, castañas,
Turrón, borrachuelos,
Pavos y gallinas
Y los ricos peros.

    En otro tiempo, la fiesta constaba también de animados bailes, los remolinos, que hoy han desaparecido, sobre los que no he obtenido más que informaciones muy contradictorias.

    En Ugíjar se organizan concursos públicos de tiro en los que se pone en juego un pollo ofrecido por un habitante de la comunidad.

    Cada tirador debe pagar algunas pesetas para tener el derecho de probar su suerte. Si mata el pollo, a él le pertenece. El dinero recogido al final de la jornada se distribuye entre los más necesitados de la localidad.

    La alegría después de la Navidad está lejos de apagarse. Dura por lo menos hasta Reyes, pues es entonces cuando se distribuyen y reciben los regalos. Las calles, de los pueblos son recorridas, por grupos de jóvenes y de niños de que no dejan de cantar.

    Me resulta difícil determinar con exactitud el origen de una manifestación que se desarrollaba con fastuosidad en toda Andalucía e incluso en Levante. Me refiero a la fiesta llamada de moros y cristianos.

    En Alcoy, en la provincia de Alicante, reviste todavía una gran importancia. Parece datar de 1284 y fue dada por primera vez en esta ciudad con motivo del paso de Pedro I de Valencia, a fin de celebrar la victoria de los ejércitos cristianos sobre los ocupantes musulmanes.

    En la Alpujarra, la fiesta se celebra en Trevélez, en Mecina Tedel y sobre todo en Válor. Se trata de una comedia-farsa en la que participan un rey, un general y un embajador musulmanes, dos cómplices  a la vez espías y bufones, algunos soldados españoles con trajes de la época de Felipe II y un número igual de árabes provistos de turbantes y chilabas.

    La acción se desarrolla en la plaza de la iglesia, donde se construye un castillo de madera, ante millares de lugareños; venidos de toda la región y hasta encaramados en los tejados de las casas. Por la mañana llegan los cristianos y se apoderan de la fortaleza. Pero los moros no tardan en seguirlos. En el curso de un simulacro de batalla, los españoles son expulsados del edificio que los musulmanes ocupan triunfalmente. Por la tarde, se lleva a cabo el segundo acto de la comedia. Los cristianos han reagrupado sus fuerzas. Avanzan hasta el pie del castillo y ordenan a los árabes rendirse. Estos se niegan. Una nueva batalla se entabla consagrando la definitiva victoria de los españoles. El rey moro, derrotado, se convierte al cristianismo y los dos monarcas, reconciliados, deambulan por las calles portando un estandarte con la imagen de Cristo o de la Virgen. Durante el entreacto, los espías-bufones se encargan de divertir a la multitud con toda clase de historias graciosas sobre los personajes más significativos del pueblo.

    Desde hace poco tiempo, el cine ha hecho su aparición. Hay dos salas en Órgiva (una en el casino), una en Cádiar, en Torviscón, en Ugíjar, en Albuñol, abiertas solamente dos o tres veces por semana y con ocasión de la feria. Las películas que allí se proyectan no datan todas de hoy..., pero no por ello hacen menor la alegría de los espectadores, confundidos y admirados.



LEYENDAS Y SUPERTICIONES

    A pesar de su apego a la Iglesia católica,  los alpujarreños son supersticiosos. Sus miedos se traducen en la creencia en fantasmas, en buenos y malos espíritus (duendes) que, por  la noche llaman a las puertas y ventanas, revuelven muebles y poseen el extraño poder de la metamorfearse en animales. Así, la gallina negra que, a la entrada de la aldea, se precipita sobre los caminantes, para arrancarle los ojos.

Dibujo de un duende
Fig. 24 - Un duende. Así lo ha visto en sus sueños un muchacho de once años.

    En Trevélez, se cuenta la historia de un tal Cifuentes  que, un día, encontró un pequeño cabrito en su camino. Creyendo extraviado al animal, lo cargó sobre sus hombros para llevarlo al pueblo. De repente, el cabrito se puso a hablar: «"Cifuentes, ¿tienes dientes?». El hombre aterrado se desembarazó del animal y no paró de correr hasta llegar a la plaza de la iglesia.

    Y la aventura del campesino que, cargado de deudas, cada tarde recibía la visita de un fantasma, ¿no es sabrosa?. «¿No tienes vergüenza?», no cesaba de repetirle la siniestra aparición. Exasperado, nuestro hombre superó finalmente su terror y gritó al fantasma que no pagaría un céntimo. Se asegura que éste no volvió jamás.

    Los hay que se aprovechan del miedo de la noche y del hecho de que las calle, están generalmente desiertas para presentarse ante una chica bonita cuyo novio o marido está ausento.

    Las cuevas encierran tesoros fabulosos, olvidados por losárabes durante su retirada precipitada. Pero raros son los que penetran allí, superando con creces la angustia de la oscuridad a la sed de oro. Me hizo falta usar toda mi paciencia para convencer a algunos de mis amigos a seguirme en mí exploración de las cavernas de la Alpujarra. La mayoría de ellos, en medio de las húmedas y silenciosas galerías, apenas podían tranquilizarse.

    Hay casas encantadas, otras que contienen incalculables riquezas en forma de piezas de oro forradas con una piel de toro o incrustadas en un muro. La creencia puede ser tan fuerte que, bajo las indicaciones de una presunta hechicera, la gente se ponga a excavar sin encontrar nada evidentemente. Lo que no impide la credulidad del afectado.

    Antiguamente, vivía en Torviscón un hombre llamado Mambrú, cuyo cuñado era recaudador de contribuciones. Un día que nuestros dos hombres regresaban de Jaén, tras percibir todas las contribuciones del año, fueron atacados, dos o tres kilómetros antes de llegar al pueblo, por una banda de malhechores. Mambrú, que llevaba el dinero, consiguió darse a la fuga. Llegado sano y salvo a Torviscón, contó que acababa de ser desvalijado; después entró en su casa y se apresuró a ocultar el dinero. Esta mentira no iba a beneficiarle, pues los ladrones, que no habían encontrado nada sobre el cuerpo de su infortunado cuñado, volvieron a la carga, se precipitaron contra Mambrú y lo mataron antes de que éste tuviera tiempo de hacerles saber el escondite de su tesoro. Los años pasaron hasta el día en que un albañil, encargado de reparar la casa que había visto discurrir el drama, descubrió, bajo una ventana, un nicho lleno de piezas de oro. La gente del pueblo, alertada, acudió y se distribuyeron entre todos esta inesperada fortuna.

    Cada roca de extraña figura, cada barranco sombrío y retirado es el centro de leyendas en donde princesas cautivas, viajeros víctimas de sortilegios y poderosos reyes árabes desempeñan el papel más importante.

    Los alpujarreños están convencidos que el agua de las lagunas de Sierra Nevado viene directamente del Mediterráneo, al existir una comunicación subterránea entre el mar y la montaña. Es esto lo que explica el nombre de ojos o suspiros del mar que se les da.

Ablentando
En la siega.

    La laguna de Vacares escondería un inmenso palacio, construido por un árabe, en el cual languidecería desde hace siglos una mujer de excepcional belleza. No obstante, ¡pobre del pastor que permaneciera en las cercanías de la laguna después de la puesta del sol! Esta mujer no tardaría en salir de la onda, seducir al rezagado con sus caricias y arrastrarlo bajo las aguas donde perecería ahogado.

    Las fases de la luna son escrupulosamente observadas en el momento de injertar los almendros (cuando la luna está llena), de la recogida de cebollas (cuando la luna mengua) y de la limpieza de las cuadras, debiendo hacerse esto en el curso del último cuarto si no se, quiere que la casa sea invadida de pulgas.

    Se llega a decir incluso que los primeros días del mes de agosto, según su aspecto, permiten determinar con exactitud el tiempo que hará durante el año siguiente (costumbre de las cabañuelas).

    San Lorenzo es, al parecer, el día más caluroso del año (es el 10 de agosto). Si justo al mediodía, se excava en el suelo, no importa dónde, se puede estar casi seguro de descubrir carbón.

    No hace mucho tiempo que los niños de Trevélez llevaban un collar en el que estaba atado un pequeño saquito de paño que contenía una cabeza de víbora disecada y un diente de jabalí. Estos amuletos alejaban los malos espíritus y favorecían el crecimiento de los dientes.

    Las hechiceras o brujas, que en otro tiempo tuvieron una gran importancia, han desaparecido hoy. En cambio, las gitanas viejas pasan siempre por poseer extraños poderes y por ser capaces de echar el mal de ojo. En numerosas ocasiones, mi prestigio de extranjero se acrecentó por el hecho de mantener excelentes relaciones con estos gitanos que, a los ojos de la población, me habían tomado bajo su protección. ¡Los malvados espíritus tendrían que ir a otra parte a buscar su víctima!

    Cuando los cultivos han sido salvados del peligro que los amenazaba, del hielo o del granizo por ejemplo, los habitantes de la comunidad preservada hacen una promesa. Para ello, adquieren un marrano pequeño al que conceden gran cuidado. El animal se pasea libremente por las calles del pueblo, llevando un cartelito en el que se puede leer (Pertenezco a San Antón. Échame de comer). Cuando llega a adulto, el marrano es vendido en subasta y el dinero recogido es entregado a los más pobres de la localidad.

    El noveno hijo de una familia goza de dones excepcionales. Lo mismo ocurre con las niñas llamadas María y con los niños que sueñan frecuentemente. Sus sueños, interpretados por la madre, a la que el niño se apresura a contárselos, dan la vuelta al pueblo y aparecen cargados de significado.

    También algunos adultos, por razones muy difíciles de determinar y a menudo no explicadas, ostentan una consideración especial. Se dice que recibieron la gracia y se les viene a pedir consejo.

    La mañana de San Juan, antes de levantarse el sol, las jóvenes tienen la costumbre de ir a lavarse la cara con el agua de una fuente o de una acequia determinada, con el fin de avivar su belleza. No utilizan más que el agua de la superficie (flor de agua), dotada, si creemos a la tradición, de milagrosas propiedades.

    Otras consultan el oráculo. Eligen tres patatas, mondando cuidadosamente la primera, la mitad de la segunda, guardando intacta la tercera, y las deslizan a los pies de sus camas. Por la mañana, antes de que se levante el sol cogen, sin mirar, el primer tubérculo que viene a sus manos. Según éste esté intacto, a medias o totalmente pelado, el novio será rico, humilde o sin blanca.

    Otras, incluso, cogen un vaso lleno de agua en el que rompen un huevo puesto por una gallina negra. Con el contacto del líquido, la albúmina coagula y forma largos hilos en los que se cree reconocer un barco (echar el barco).

    La víspera de San Juan, las ventanas de las casas se adornan con flores y ramajes entre los que los jóvenes colocan a veces un regalo para su novia.

    Al margen de los médicos, los curanderos obtienen siempre un gran éxito. Los hay que pretenden curar la ictericia recitando palabras mágicas. Otros son consultados en caso de erisipela. Cortan seis ramitas de olivo que queman una tras otra. Existen también los que, antes de operar, se enfundan en un amplio abrigo y beben hasta medio litro de aguardiente que les procuran el paciente o su familia. Estos, llamados saludaores, están especializados en la rabia. En principio, en la Alpujarra, toda persona mordida por un perro tiene la rabia. Ellos realizan, ante la presunta enfermedad, gestos grotescos y murmuran palabras incomprensibles.

    Para curar a un niño que sufre de hernia, se recurre también a un rito digno de tiempos prehistóricos. La ceremonia tiene lugar en la mañana de San Juan, antes de que el sol se levante. El niño, su madre, el curandero y tres asistentes que se llaman todos Juan, se dirigen a un zarzal. El curandero elige una rama larga de la que extrae las hojas y la divide en una cierta medida, separándola en dos mitades. Uno de sus ayudantes se sitúa en un extremo, el segundo en el otro extremo de la abertura así practicada, mientras que el tercero se pone de rodillas delante del curandero. Este último coge al niño y lo pasa a través de la abertura a su ayudante arrodillado, todo ello recitando una oración:

Tómalo María
Y dámelo Juan,
Quebrado te lo entrego
Y sano me lo has de dar.

    El hombre arrodillado mantiene al niño algunos instantes en sus brazos; después, a su vez, lo pasa por la abertura al curandero, repitiendo la misma oración. La operación se efectúa tres veces. Después de lo cual, el curandero rodea la rama con un cordel, uniendo las dos mitades momentáneamente separadas. Si la rama continúa con vitalidad y vuelve a dar hojas, el niño se cura. Si no, tendrá que esperar al año siguiente para reiniciar la misma ceremonia.

    El pequeño enfermo puede ser curado de otra manera (*). Su padre queda encargado de recoger un brazado de torvisco (Daphne gnidium) que, Si creemos a los alpujarreños, tiene propiedades particulares. Este torvisco debe cogerse con las primeras luces del alba y ser llevado al pueblo envuelto en ropa. Se hace con él una caja o una cesta en la que una joven virgen, llamada María, pone delicadamente al niño. Después, ella levanta esta cuna improvisada y la sostiene, con los brazos extendidos, algunos minutos. Pronto, tres mujeres, que llevan igualmente el nombre de María, pero cuya virginidad no es obligatoria, entran en la habitación; otros espectadores no serían admitidos. Por turno, van meciendo al enfermo y lo acuestan sobre el suelo. El cura es entonces llamado y se le pide decir una oración. El niño es puesto nuevamente en su cama bajo la cual se esparce el torvisco. Si éste se seca, el joven enfermo está en camino de curarse. Si queda verde y húmedo, el niño está condenado a morir. La Alpujarra, contrariamente a otras sierras de Andalucía, las de Málaga y Sierra Morena por ejemplo, no fue refugio de bandidos célebres (bandoleros), tan gratos a los románticos, que saqueaban las diligencias y repartían generosamente el botín entre los más pobres de la provincia.

    Tras la revolución de 1936 a 1939, numerosos fueron los malhechores de todas clases, los condenados a muerte escapados de prisión y los jefes políticos que buscaron un escondite en las alturas de Sierra Nevada. Vivían en las cavernas y realizaban periódicos descensos a los pueblos alpestres a fin de reavituallarse. La Guardia civil tuvo que acabar con ellos, pero no sin dificultades.

    Uno de estos bandidos, llamado Serafino, jefe de una banda de delincuentes, frecuentaba los alrededores de Cástaras; sin embargo, no estaba desprovisto de buenos sentimientos. Un habitante de este pueblo (es de él mismo del que tomo el relato), conocido por su generosidad, regresaba a Granada, en medio de la noche, montando en su mula y cargado de una importante suma de dinero. De repente, vio venir hacia él unos individuos armados con fusiles. Serafino, que iba a la cabeza de la cuadrilla, pronto reconoció al asustado viajero. «Pasa, -le ordenó-, pues yo sé que tú eres bueno». Por aquel tiempo, el bandido y sus secuaces debieron ser exterminados.



EL ALMA ANDALUZA Y EL CANTE JONDO

    Es conocido el lugar preponderante que ocupan la música y las canciones en el folklore español. Pero si cada provincia de la península es rica en tradiciones y costumbres, es la música popular andaluza, el flamenco como se la llama generalmente sin saber bien lo que esta palabra significa, la que está más ampliamente extendida tanto en el interior como en el exterior del país.

    Parece que esta palabra de flamenco nació en el siglo XVI. Designaba entonces los cantos guerreros de los soldados de Carlos V que ocupaban Flandes. Después desapareció para hacer una inexplicada reaparición en el siglo XIX y aplicarse a los recién nacidos cantos que constituyen la música popular andaluza.

    Esta palabra de flamenco yo la sustituiría por la de Cante Jondo que reúne los tipos más representativos del arte vocal andaluz.

    Sería un error sobreestimar las influencias árabes y gitanas en la evolución del Cante Jondo. De hecho éste, que es la expresión misma del alma andaluza, existe desde siempre y se manifestó mucho antes de que el invasor apareciera. La prueba nos viene dada por los escritos de los autores latinos, tales como Plinio el Joven, Juvenal y Estrabón, que alababan ya la gracia y el talento de los cantaores y bailaores de Cádiz que habían hecho el viaje a Roma para exhibirse ante los admirados y confundidos emperadores.

    Una influencia oriental, con todo, no debe ponerse en duda. Pero ella es anterior a la llegada de los árabes y de los gitanos. Data de las invasiones cartaginesas Y fenicias y, más tarde, del esplendor espiritual de Bizancio, sin olvidar la aportación del pensamiento judío que, en el suelo español, se ha manifestado tan bien en la música como en la filosofía.

    Admito que los árabes han aportado algo. Pero ello no impide que hayan sido influidos por la música popular andaluza ya existente, al igual que los andaluces lo fueron por la música árabe de importación. El hecho de que se, interprete Cante Jondo en el norte de África es particularmente significativo.

    Lo mismo ocurre con los gitanos. El Cante Jondo no es de creación gitana. Si así fuera, debería encontrarse en toda España, pues en toda España hay gitanos. Antes bien, éstos se han apropiado del Cante Jondo. Han introducido en él una nota exótica que ha contri buido en cierta medida a suéxito, pero, al mismo tiempo, a su evo lución hacia géneros a menudo opuestos a la más pura tradición.

    Todos los autores coinciden en admitir que el Cante Jondo nació en una región comprendida entre Ronda y Jerez. Desde allí, se ex tendió en dirección a Córdoba y Jaén, alcanzando Extremadura; a Almería, pasando por Granada y estableciendo un puente hasta Murcia; a Málaga, Sevilla y Cádiz. No dejó de dar nacimiento a multitud de géneros locales que no pertenecen ya al verdadero Cante Jondo, pero que nosotros vamos a agrupar bajo el nombre de flamenco a Cante chico (por oposición al Cante Jondo, a menudo designado bajo el nombre de Cante grande).

    El clasicismo del Cante Jondo está en su profundidad, su patetismo y en el hecho de que no implica nunca la intervención de bailaores. Según los géneros, tampoco la guitarra es indispensable.

    El Cante Jondo se caracteriza por el uso constante y voluntario -que se convierte en obsesivo- de una misma nota. Después, por los adornos que el cantaor añade en momentos precisos, con el solo fin de reforzar la naturaleza de los sentimientos expresados. Como en la melodía oriental, encontramos tres notas fijas y cuatro notas subdivididas. Es preciso insistir también en las palmas y gritos de estímulo que el público dirige al cantaor y al guitarrista. Esta intervención directa y necesaria del auditorio es, por su parte, también de esencia puramente oriental.

    En estas canciones se habla de todo: del amor, del vino, de la tierra natal, de las penas, de las esperanzas. Las palabras se dirigen al ser amado, a los padres, a un rival o al desconocido que pasa; denotan en su creador un sentido poético muy profundo.

    No se trata siempre de canciones improvisadas, sino de obras de reflexión. El hombre sufre y piensa en su mal; el hombre goza y piensa en su felicidad.

    Otro punto importante es la independencia total de cada grupo de versos, de cada estrofa, en el interior de una misma canción. Se buscaría, pues, en vano, en las innumerables creaciones del Cante Jondo, esa unidad de texto propia de los cantantes de nuestras regiones, con sus copias y sus refranes que constituyen una especie de historia resumida. Es así como en una misma canción de Cante Jondo, el artista puede hablar a la vez de Dios, del amor y de la injusticia de los hombres. Todo depende del estado en que se encuentre en el momento preciso en que se ponga a cantar. Y este estado determina el género de la canción (línea melódica y ritmo) y el de las palabras(número y significación) que él interpreta.

    Ninguna ley rige el número y la distribución de los versos en el interior de una canción de Cante Jondo, concediéndose al artista una libertad total de ejecución.

    Varias de estas canciones: las Cañas, las Soleares, las Seguidillas, etc., comienzan por lo que en andaluz se llama una salía, especie de grito lanzado por el cantaor: Ay, ay.... seguido o no de una modulación de la voz, sin palabras.

    Las estrofas, según una estructura clásica y con mucho la más extendida, comprenden cuatro versos rimados de ocho sílabas cada uno. Pero hay numerosas excepciones.

    En las Soleares, el cuerpo de la canción cuenta a menudo con tres versos rimados a los que sigue una estrofa llamada de cambio, asimismo de tres versos rimados, que es completamente independiente, en cuanto a su significado, de lo que precede y de lo que sigue. El paso de una estrofa a otra está marcada, en el plano musical, por una variación bien reconocible de la línea melódica.

(estrofa principal) Haz de venir a buscarme
Con el corazón partío,
Llorando gotas de sangre.
(estrofa de cambio) Chiquilla tú eres muy loca,
Eres como las campanas
Que toíto el mundo las toca (*)

    Las serranas se componen también de una estrofa principal y de una estrofa de cambio. Esta última, contrariamente a lo que pasa en las Soleares, completa, al igual, que la moraleja al final de un cuento o de una fábula, lo que ha sido precedentemente expuesto.

(estrofa principal) Aunque de mí mal hable
Tu lengua infame,
Soy la espuma del oro
Para adorarte.
(estrofa de cambio) Tengo a mi favor
Que el oro, aunque se arrastre,
No pierde el valor. (*)

    En las alegrías, las estrofas comprenden solamente dos o tres versos. Y, sin embargo, ¡qué poesía!, ¡qué emotiva delicadeza!

Amarra el pelo
Con una hebra de hilo negro.

Ven conmigo,
Que te voy a dar un pase, por la muralla real.

    Al contrario que las Alegrías, las Malagueñas alinean a menudo seis versos rimados. El número de estos últimos compensa, en cierta medida, una estructura musical de una gran simplicidad.

Tiene, el pelo a la hechura.
Con oro fino bordado.
Tu casa es de nieve pura,
Mira si he puesto cuidado,
En dibujar tu hermosura.

    El origen de las canciones agrupadas con el nombre de Fandangos se pierde en la noche de los tiempos. Se sabe que antiguamente acompañaban un baile en tres tiempos que desapareció y que eran interpretadas en la mayor parte de las provincias españolas.


Foto 45: El lavadero público de Murtas, importante lugar de cotilleo.

Foto 46: El pueblo de Murtas, construido en herradura.

Foto 47: Los Pérez, Cortijo de la Contraviesa.

Foto 48: La pintoresca aldea de Cojayar.

Foto 49: Tocador de guitarra en Trevélez.

    La evolución contaste del género debió de dar lugar a que adquiriera en cada sitio una personalidad diferenciada. Es así como, en nuestros días, existen Fandangos de Granada, de Sevilla, de Córdoba, de Málaga, de Huelva y de Almería.

    Pero cualquiera que sea el estilo en que estos Fandangos son ejecutados, su ritmo no cambia.

    La canción se compone de cuatro versos octosílabos, según una estructura familiar. Uno de ellos puede ser repetido.

    A la personalidad geográfica de los Fandangos hay que añadir la del artista. El juego simultáneo de estos dos factores no debe desconocerse. De una parte, está en función de la variedad excepcional, no sólo de los Fandangos, sino también de todos los géneros de Cante Jondo a través de Andalucía; de otra, pone de relieve la extrema complejidad de la música popular andaluza subrayada -vuelvo a insistir en este punto- por la libertad de ejecución que esta última concede a sus intérpretes. He aquí por qué un Fandango de Granada, por ejemplo, ofrece diferencias sensibles de un cantaor a otro, aunque se trate de la misma copla y con frecuencia de palabras casi idénticas. Y aun más: es normal que un cantaor sea capaz, a partir de un mismo género, de interpretaciones muy diferentes.

    Otras coplas distintas de los Fandangos están hasta tal punto unidas al lugar que las ha visto nacer que conservan palabras procedentes sin duda de su origen. A este grupo pertenece la Granaína, que es, en el vasto repertorio vocal andaluz, el género que se aproxima más a la música árabe. La Granaína debe este parentesco a su línea melódica y a la dulzura de sus palabras. El tema es evidentemente Granada, sus palacios, sus jardines encantados, sus fuentes, sus perfumes.

Quiero vivir en Granada
Porque me gusta oír
La campana de la vela
Cuando me voy a dormir.

    La naturaleza incomparable de Andalucía no ha dejado de influir en la evolución de la multitud de coplas del Cante Jondo. Muchas de ellas son de creación campesina; en ellas se siente el estremecimiento de la vida al aire libre y ese sentimiento de libertad y plenitud que experimentan los que trabajan la tierra.

    Del trabajo han nacido igualmente coplas como los Martinetes, ejecutados sin acompañamiento de guitarra, o las Tarantas, canciones de mineros tristes, angustiadas, que traducen bien la amenaza permanente que pesa sobre el obrero, constreñido a ganar su vida en la oscuridad de las galerías, y día tras día expuesto a los peores peligros.

Se está quedando la Unión
Como corral sin gallinas.
Unos que mata la mina
Y otros que se lleva Dios,
Y los que el Manco (*) asesina.

    Los Martinetes nos conducen a las Saetas, las coplas más desnudas y profundas de Cante Jondo, que nacen espontáneamente durante la semana santa, cuando pasan as innumerables procesiones. Su ritmo está marcado por los tambores de los músicos que siguen las fastuosas imágenes. Las palabras, llenas de tristeza, amargura y angustia, se dirigen a las Vírgenes andaluzas o al Cristo de la cruz. Suplican, reprochan, cuentan una historia en un tono de confidencia que se justifica por el afecto que l pueblo entero profesa a María.

Ya la suben ya la bajan,
Por la calle de la amargura.
Le atan su mano santa
Con su fuerte ligadura
Los huesos se le quebrantan.

Ya viene la Dolorosa
Con el corazón patío,
De ver as u hijo amado (bis)
En el sepulcro metío.

Ya viene la golondrina
Con el pico ensangrentado
De sacarles las espinas (bis)
Al Jesús crucificado.

    Hasta en sus más íntimas emociones, el andaluz no cesa de cantar. Pero si las Saetas son coplas de semana santa; si las Tarantas son aires que tararean los mineros, hay otras en donde se puede hablar de todo y con igual felicidad. Este pupurrí poético lleno de sabor se adapta particularmente bien a las Bulerías, ligadas al flamenco, que acompañan casi siempre las fiestas gitanas y que testimonian una vida, un ritmo y un color intensos.

Ven pacá, falsa y traidora
Que se lo voy a decir,
El día que me prendieron,
Cuánto le dieron por mí.

Allí no hay naíta que ver,
Porque un barquito que había
Tendió la vela y se fue.

    Talento excepcional el de los artistas andaluces que, en el interior de una misma copla, saben pasar sin dificultad de la mayor tristeza a la alegría más auténtica.

    ¡Fuerza y poder de una vida del corazón que se manifiesta sin traba en un paisaje donde el menor acontecimiento es una obra de arte!

    Aunque procedentes del norte y del centro de la península, los habitantes actuales de la Alpujarra han adoptado el folklore musical andaluz, sin olvidar, no obstante, el de sus comarcas de origen.

    En la mayor parte de los pueblos, se bailaba y se cantaba la Malagueña y el Fandango.

    En Trevélez, las mujeres llevaban vestidos muy amplios y los hombres pantalones cortos, rajados por el costado, un sombrero puntiagudo, medias blancas o de color y botas con botones. Los músicos no eran pagados; se les ofrecía beber y comer.

    Pero el progreso invasor y la instalación por todas partes donde hay electricidad de un aparato de radio, han tenido la más deplorable influencia sobre la música popular.

    Fue por eso que con una alegría muy especial tuve el privilegio de oír, solamente en algunos lugares, conservadas en toda su pureza, algunas de estas Malagueñas de tiempos pasados.

    Me es grato evocar aquí los instantes vividos en uno de estos lugares favorecidos. Fue en Albondón. Unos gitanos, amablemente, habían aceptado tocar la guitarra. Nos reunimos, mis amigos y yo, en la terraza cubierta por una parra de un pequeño café. Hacía un tiempo radiante. El mar se extendía casi hasta nuestros pies. Y, mientras que los gitanos tocaban, uno a uno, vinieron los habitantes del pueblo. Se sentaron alrededor de la mesa, bebieron con nosotros y, cada uno por turno, se puso a cantar las coplas que había compuesto o escuchado en otro tiempo.

Saben que me estoy muriendo
Y no vienen mis amigos a verme,
Pero me dice mi madre:
Estando yo aquí contigo,
Qué falta te hace naide.

Si alguien te pide un beso,
Dile muchacha que espere;
Ponte tu mano en tu pecho
Y verás que no conviene
Que contigo hagan eso.

Aquél que por mí suspira,
De un suspiro le pago;
Yo miro a quien bien me mira,
Pero no acaricio ni alabo
A quien de mí se retira.

Mira pa el cielo y verás
Cuatro luceritos juntos,
en medio de ellos verás
mi corazón difunto
Que lo llevan a enterrar.

Dos consejillos me dieron.
Ninguno quise tomar;
Con uno que a ti te dieron
Olvidaste mi querer.
Dime lo que te dijeron.

No te quites de bailar
Cuando no te corresponde.
Debes de tener piedad,
Y cuando sientas mi nombre
Lágrimas has de echar.

Las penas me han consumido;
Me han sacado de mi ser.
Me hallo tan abatido
Que no me vale el saber
Ni tampoco haber sabido.
(Albondón)

    Algunas coplas parecidas he encontrado aún en otros lugares, cuyos habitantes más viejos son desgraciadamente los únicos en recordarlas. De aquí a algunos años el olvido será total.

Ven aquí y haremos paces,
Que no hay razón vida mía
Que entre dos fieles amantes
Esté la amistad perdía.
(Trevélez)

Mañana voy a la audiencia
Que me van a condenar,
Madre venga usted conmigo
A ver si por su presencia
Me dieran la libertad. (*)
(Válor)

Eres la mujer más bella
Que en el mundo pueda haber.
La hermosura te atropella,
Quién te pudiera poner
En cada mano una estrella.
(Jorairátar)


LA FIESTA DEL TROVO

    Cuando uno se asoma a la música popular andaluza, se queda impresionado por la facilidad con que los habitantes se ponen a cantar, sobre ritmos tradicionales, melodías con palabras tiernas, satíricas, conmovedoras o alegres, que son la manifestación de un sentido poético poco común.

    Este fenómeno, en tanto Andalucía era un mundo todavía inexplorado, debió revestir una importancia considerable. Pero lamentablemente los tiempos han cambiado. Los turistas han llegado, cada año más numerosos, más exigentes, sedientos de folklore a buen precio. La radio apareció y comienza a difundir música bien hecha para seducir a generaciones cada vez más vueltas hacia el exterior e impulsadas a romper con la tradición.

    Afortunadamente, han quedado en nuestros días lugares intactos, amparados ante tendencias y exigencias de la moda, en donde el folklore musical ha conservado todo su frescor y su pureza. Y será conservado tanto más tiempo cuanto que los propios habitantes, que han dejado de ignorar lo que pasa fuera de sus fronteras, no se muestren en absoluto atraídos por melodías extranjeras. Saben bien que éstas, aunque tienen su mérito, no serán, sin embargo, capaces jamás de traducir, como la música de su propio país, lo que siente un pueblo en lo que tiene de más auténtico.

    Entre estas manifestaciones musicales milagrosamente preservadas figura el trovo, que yo tuve el privilegio de descubrir en algunas aldeas y cortijadas de la Contraviesa, principalmente en las del término municipal de Murtas.

    Este nombre de trovo se aplica a una fiesta lugareña que requiere a la vez una orquesta, cantaores cogidos entre los espectadores y bailaores que ejecutan pasos bastante difíciles.

    La orquesta se compone habitualmente de una guitarra, un laúd y dos violines.

    Sobre un tema espontáneamente elegido, cada uno de los cantaores por turno, canta una estrofa que comprende invariablemente seis versos rimados (*) de ocho sílabas cada uno.

    Veamos cómo empieza la fiesta -para ello tomaré el caso de mi paso por el pueblo-. La orquesta comienza a tocar, dando el tono, después el ritmo, creando el ambiente favorable (como la guitarra en el Cante Jondo). El primer cantaor canta entonces su estrofa en la que, por ejemplo, saludará mi presencia entre sus compañeros. Sin esperar, el segundo cantaor dirá que está dichoso de ver a un extranjero atento a su lado. Un tercero alabará mi valor (ya sabemos, que los desplazamientos en la Alpujarra no son siempre fáciles). Un cuarto se felicitará por la alegría que ve brillar en mi mirada (¡nada se les escapa!). Un quinto asegurará que Suiza es un «gran país situado más allá de los mares». El primero volverá a tomar la palabra para decir que también su país es magnífico. El segundo afirmará que una amistad fuerte y duradera une a España y Suiza, etc.

    Este don excepcional, se expresa hasta en las cartas redactadas en forma de coplas trovadas que me dirigen mis amigos de Murtas. He aquí un modelo de ellas (que se me perdone el ocupar el primer lugar); evidencian una espontaneidad y una riqueza de pensamiento que merece ser señalada.

Don Juan, persona excelente,
A Dios que nunca nos falta
Yo te ruego reverente,
Que al recibir esta carta
Se halle perfectamente.

Con la luz de nuestra fe,
De Don Juan nos acordamos;
Aquí vino con buen pie,
Y todos le deseamos
Que todo le vaya bien.

En este pueblo queremos
Que vuelva pronto otra vez
Los que ya lo conocemos,
Que por lo bueno que es
Olvidarlo no podemos.

Es Don Juan un caballero
Que en memoria lo tendrá
Todo este pueblo entero;
Para nosotros será
Recuerdo imperecedero.

A todos nos gustaría
Que usted se quedara aquí,
En tierra de Andalucía.
Es muy grande para mí
Merecer su simpatía.

Como persona instruida
En mi trovo le diré
Que si aquí vive su vida.
Yo haría por usted
Todo aquello que me pida.

Granada es la patria mía,
Murtas mi pueblo natal
Y Candiota (*) mi guía.
Cuente conmigo Don Juan
De noche como de día.

    La fiesta del trovo puede durar días y noches, prosiguiéndose sin interrupción cualesquiera que sean las exigencias del trabajo, pues la necesidad de divertirse surge de la manera más inesperada en medio de la siega y de la vendimia o en el corazón del invierno. Se transmite rápidamente a modo de epidemia a través de la región. Y la gente abandona sus herramientas, acude de todos los lugares, se instala a la entrada de un cortijo, la orquesta en un rincón, los cantaores, agrupados detrás. Y los jóvenes comienzan a bailar, animados por los ¡gritos de la multitud, en un amontonamiento de espectadores del que apenas puede hacerse una idea.

    Hay que haber asistido a una de estas fiestas en su ambiente tan particular, hay que haber visto llegar a los campesinos, incluso en medio de la noche, habiendo recorrido kilómetros; a pie en la oscuridad más completa, para comprender lo que, realmente es una fiesta de trovo, para tomar de ella la razón, la belleza y el valor artístico.

    En primer lugar, porque los músicos tocan sin haber jamás estudiado. Adquirieron su instrumento de un anciano de la zona que les enseñó su arte, habiendo aprendido él mismo de uno todavía más viejo. Llevan el trovo en la sangre; el trovo los obsesiona, lo persigue, les impide dormir. Jamás se cansan de tocar. Si uno de ellos se fatiga, se retira (por otra parte, no por mucho tiempo) y otro toma su sitio. La fiesta no se resiente y continúa para la mayor satisfacción de los participantes.


Foto 50: Instantánea de una fiesta de trovo.

Foto 51: Cantaor de trovo en Murtas.

Foto 52: La mudanza.

    Los cantaores están dotados de voces espléndidas. Y, ¡sin embargo!, todos estos jóvenes se han visto obligados, tempranamente, a secundar a sus padres en las rudas tareas de la montaña. Disponen de un vocabulario reducido, y la mayor parte de ellos no sabe ni leer ni escribir. Pero por pobres que sean los elementos a los que han recurrido, consiguen, sin esfuerzo, cantar durante horas sin equivocarse nunca en su versificación, sin desfallecer nunca en su inspiración. Pues la poesía les viene de lo más profundo de sus almas. Sensibles, a pesar de las apariencias (el hábito no hace al monje), observadores siempre en alerta, artistas por antonomasia, llevan, al igual que los músicos, el trovo en la sangre, no viven más que por y para él.

    ¿Qué poeta de nuestras tierras, por grande que sea su talento, sería capaz de escribir, durante dos o tres días, un largo poema sobre un tema que le hubiera sido espontáneamente propuesto?.

    He aquí algunas estrofas entre, las más bellas, extraídas de mi cuaderno de viaje.

Luchamos en esta esfera
Como bestias, con quebranto,
Y al final de la carrera
Nos llevan al Campo Santo
Con un traje de madera.

Dice un borracho sin tino
En su angustioso desvelo,
Que un hombre harto de vino,
Si ha de subir al cielo,
Tiene más claro el camino

No temo entrar a un cortijo
Aunque los perros me ladren,
Si siempre voy por lo fijo,
Que si inocente es el padre
Más inocente es el hijo.

Gabriel me sobra valor
Para expresar con mí idea,
Que tú serás trovador
El mismo día que yo sea
En España gobernador.

Lo que Jesucristo diga
Lo crea todo cristiano,
El ejemplo nos obliga.
Se pudre en la tierra un grano
Y después sale una espiga.

Esta vida es un camino
Que nos legó el Padre eterno.
Cuando se cumple el destino,
Unos vamos al infierno
Y otros al lugar divino.

Yo canto desde pequeño,
Así voy ganando fama,
Hago el trovo alpujarreño
Y hasta acostado en mi cama,
El trovo, me olvida el sueño.

    El baile comprende dos pasos muy distintos. Uno se llama el robado, el otro la mudanza. Son ejecutados por parejas o por grupos de muchachas. La mudanza es de ejecución difícil; exige del hombre, sobre todo, que realice verdaderos saltos alrededor de sus compañeros con una flexibilidad y una destreza consumada.

    En las cortijadas, las mujeres tocan también las castañuelas adornadas con cintas multicolores de seda. Estos instrumentos acompañan el ritmo dado por la orquesta de cuerda.

    El trovo, en su misma esencia, es un verdadero torneo de oratoria en el curso del cual cada cantaor trata de mostrarse más hábil que sus compañeros. Los artistas se apasionan hasta tal punto que con frecuencia falta muy poco para que lleguen a batirse. ¡Cuántas veces he sido divertido testigo de espectáculos semejantes en donde un cantaor, que se sentía momentáneamente incapaz de proseguir la lucha, se retiraba de la multitud llorando de despecho!

    La elección del tema que, según sabemos orienta todas las estrofas se hace de la manera más espontánea. El paso de un extranjero por el pueblo, un acontecimiento inesperado, la próxima partida de un muchacho para el servicio militar, una cosecha abundante, lluvias demasiado escasas, cualquier página de la vida cotidiana puede servir de pretexto a estos auténticos artistas a quienes la fatiga no podría detener. La fiesta únicamente termina porque el trabajo está allí esperando y no soportaría ser abandonado por más tiempo.

    La música del trovo es insistente tanto por su ritmo como por su línea melódica que jamás varían. Al cabo de algunas horas, un cierto estado de zozobra se manifiesta entre los participantes y los espectadores. La música no tiene más que muy lejanas relaciones con la andaluza tradicional. Sin duda ha heredado algo del Fandango. Pero el empleo simultáneo del laúd y del violín es al menos sorprendente, pues en todas partes es la guitarra la dominante. Limitada a la parte oriental de la Contraviesa (*), evidencia una personalidad que hace de ella una manifestación folklórica de un gran valor. Sustituye al Cante Jondo, el cual por otra parte, apenas si es apreciado por los cantaores de trovo. ¿Debe su origen al de los propios habitantes?. No tiene nada de improbable, sobre todo por cuanto que una influencia local, en el curso del tiempo, es siempre posible.



LAS CANCIONES DE MULEROS

    Los confines orientales de la Contraviesa se nos muestran, ya sobre el plano musical, singularmente privilegiados, pues es en esta región donde asimismo pude grabar coplas interpretadas por los campesinos en el trabajo y conocidas en el país bajo el nombre de canciones de muleros.

    Estas últimas, como las del trovo, son de creación espontánea. Nacen en el momento de las siegas, cuando los hombres, hostigados por la necesidad, trabajan día y noche en los campos y no regresan a sus casas más que muy raramente. Se los ve desde lejos dar vueltas en redondo sobre las eras de trigo.

    Las canciones de muleros se componen de cinco o seis versos rimados octosílabos, repitiéndose el primero o el segundo. Esta intencionada repetición se explica por la importancia de este verso en el interior de la estrofa de la que constituye el eje sobre el que se articulan todos los demás. Volvemos a encontrar; en consecuencia, condiciones bastante parecidas a las relativas a las coplas del trovo. Y no es, sin duda, por simple coincidencia el que estos dos géneros, a la vez tan próximos (desde el punto de vista poético) y tan diferentes (en el plano musical) continúen siendo dignamente interpretados en la misma comarca.

    Las canciones de muleros son ejecutadas sin acompañamiento de instrumentos. El peso de la interpretación recae, pues, enteramente en la voz del artista.

    Grandes momentos de silencio separan en una misma estrofa los cinco o seis versos que la constituyen, durante los cuales parece que la mismo naturaleza retiene la respiración. Estos silencios son a veces rotos por los gritos de aliento que el mulero dirige a sus mulas o a sus caballos que penan bajo el esfuerzo. Esta intervención subraya la estrecha comunión que existe en el trabajo entre el hombre y el animal.

    Me resulta muy difícil traducir la emoción que me embargó la primera vez que escuché una de estas canciones de muleros. Yo seguía un sendero, verdadero balcón sobre el mar. El sol caía de plano, calcinaba las piedras del camino. Todo parecía aplastado bajo un peso invisible e incluso las chicharras, normalmente ruidosas, se habían callado, oprimidas. De repente, el canto se elevó, noble, apacible, a la imagen exacta del paisaje que tenía ante mis ojos.

Llora que tienes razón,
Si se ha muerto tu mare.
Llora que tienes razón.
Cuando se murió la mía
No tuvo comparación
Lo que lloré aquel día.
(Cojáyar)

    En seguida, otro mulero, empujando igualmente ante él sus bestias y jaleándolas, se puso a cantar. Su voz era fuerte y bella; sus palabras me fueron directas al corazón.

La pena que no es pena
Todo es pena para mí.
Ayer penaba por verte
Y hoy peno por ti.
Todo es pena para mí.
(Cojáyar)

    Un tercer campesino, perdido allá en lo alto en su campo de trigo, le respondió en eco. Entonces la montaña entera me pareció un coro inmenso que se elevaba a la gloria de la vida y de una naturaleza incomparable.

Aquí flores y allí flores,
Todo el mundo está florido.
Válgame Dios cuántas flores
Tiene mi Dios repartido.
Todo el mundo está florido.
(Cojáyar)

    Como en el trovo y en los géneros del Cante Jondo, el artista que interpreta una canción de muleros inventa, sobre una estructura musical y un ritmo tradicionales, un cierto número de estrofas que expone en su personal estilo. Este número no obedece a ninguna regla. Depende únicamente de la inspiración del cantaor y de su mensaje interior.

    Cada una de las estrofas es independiente. Este hecho tiene que recordarnos lo que aprendimos a propósito del Cante Jondo. En el trovo, en cambio, un mismo tema une entre ellas todas las estrofas inventadas por los artistas.

Que mi madre se muriera
Me echaste la maldición.
Que mi madre se muriera,
Mi madre ya se murió.
Ahora busca tú quien te quiera
Que ya no te quiero yo.

En el hospital entraste
A visitar los enfermos;
y a mi cama no llegaste,
Ese sentimiento tengo
Que de mí no te acordaste(*).

Porque te ves muy bonita
Más bonitas son las rosas.
Viene el aire y las marchita
Y toda tu hermosura es poca.
Tú te sientes orgullosa.
(Cojáyar)

    Estas canciones de muleros se asemejan singularmente a las melodías que se pueden oír en los campos de la lejana provincia de Asturias con las que comparten, quizás, el mismo origen.



LAS CANCIONES INFANTILES

    El sentido innato del ritmo, de las imágenes y de la poesía, que caracteriza las canciones de muleros, de trovo y de Cante Jondo lo encontramos ya en el niño andaluz: el de los pueblos perdidos en su soledad, fuera de las vías de comunicación. Pues hay todavía, en estos lugares benditos y preservados, una juventud que sabe y le gusta cantar, ya sean canciones muy antiguas, ya sean canciones de creación espontánea.


Fig. 25 - Niño y pájaro
(muchacho de 11 años).

    Los niños de la Alpujarra cantan bailando en corro en las plazas de su pequeño pueblo o delante del cortijo de sus padres.

    Me acordaré siempre de mi primera noche pasada en Murtas. Una luna densa y dorada se había levantado detrás de la montaña. Las blancas fachadas de las casas se ofrecían a sus rayos como rostros al calor de la llama. Algunas mujeres pasaron riéndose, ellas llevando sobre la cadera un gran cántaro de tierra rojas. Se puso a soplar un viento fresco que hizo temblar las hojas. A lo lejos, los perros ladraban. En el horizonte, el mar resplandecía. En este marco de ensueño, de repente, el milagro se produjo. De lo alto del pueblo me vino la canción de un grupo de niñas.

¡Levántate morenita!.
¡Levántate resalada!
Levántate y dame un beso
Que me voy de madrugada.

Ha llegado la mañana
Y no despierta del sueño,
Que se ha quedado dormida
En los brazos de su dueño.

¡Ay amor!
Si te vas al cielo
Qué será de mí;
Yo no sé moreno
Si podré vivir sin ti.

Las estrellitas del cielo
Las cuento y no están cabales.
Faltan la tuya y la mía,
Que son las dos principales.
(Murtas)

    Otro grupo no tardó en responderle. Las voces eran puras, las canciones incansablemente repetidas.

Señoritas,
¿Dónde van ustedes?.
Zapatero,
Vamos a pasear.
Señoritas,
Se rompen los zapatos.
Zapatero,
Usted los reparará.
¿Y quién los va a pagar?.
El que pueda usted pillar.
(Murtas)

    Si el repertorio de las canciones de los adultos es ilimitado, ilimitado es también el de las canciones infantiles.

    Comprende melodías tiernas, conmovedoras, alegres, hasta irónicas, compuestas con ocasión de una fiesta, sobre una leyenda, una costumbre, el amor que puede unir a dos seres, o incluso a propósito de las cosas más banales de la vida cotidiana.

Molinera, molinera,
¡Qué descolorida vas!

Desde que él entró
En la quinta,
Tú no paras de llorar.

Moliera, molinera,
De pena vas a morir.
(Cástaras)

    El coro está compuesto sobre todo por niñas, viniendo a añadir algunas voces de muchachos la nota viril que en absoluto es discordante.

    El alto no se utiliza más que muy raramente y nunca de manera continua.

Por la calle de abajito
Va quien yo quiero,
No se le ve la cara
Por el sombrero.

La Virgen del Rocío,
Como es tan alta,
Le asoman por debajo,
Las enaguas blancas.
(Murtas)

    En general, los versos van rimados; pero lo importante es el número de silabas que los compone. Sucede frecuentemente que una palabra comienza al final de un verso para terminarse al principio del siguiente, y esto lógicamente a expensas de la rima.


Foto 53: Niños de pescadores de la Rábita.

Foto 54: Muchacho de Ugíjar.

Foto 55: Niño de Murtas.

Foto 56: Muchacha de Cástaras.

Daremos la media vuelta,
Daremos la vuelta entera.
Un paso alante
Y haremos la reverencia.
Lunes sí, martes, no, miércoles sí, jueves no.

Pensamiento, no andes tanto
Que no te puedo seguir,
No te vayas a meter
Donde no puedas salir.
Lunes sí, martes no, miércoles sí, jueves no.
(Murtas)

    Con las de otras regiones, las canciones infantiles de la Alpujarra contienen un cierto número de coplas acompañadas de un refrán. He recogido también otras en donde las estrofas van completamente independientes unas de otras.

En lo alto del cerro
Hay flores blancas.
No son para mi pelo,
Que están muy altas.

En lo alto del cerro
Vive mi abuela,
Por no gastar zapatos
No voy a verla.

Media docena cuadros
Me dio mi abuela(*).
Pa principio de casa
Ya tengo un gato;
Ya no tiene que darme
Mi suegra tanto.
(Murtas)

    Los niños cantan espontáneamente. Y espontáneamente también, inventan, a la voluntad del tiempo y de las circunstancias de su vida, las canciones más sorprendentes. Si ellas encuentran una acogida favorable ante los oyentes, se conservan y transmiten desde entonces de boca en boca, pues no se anotan nunca: los jóvenes artistas ignoran todo sobre la música escrita. De ello resulta un enriquecimiento permanente el repertorio musical de un pueblo o una comarca, tanto más cuanto que estos últimos se encuentren el abrigo de influencias exteriores.

Dibujo de un olivo
Fig. 26 - El olivo. El árbol se alza, sólido, ofreciendo a la vista su maravillosa silueta (muchacho de 12 años).

Si con este ramito
Si usted me entiende,
Ya sabrá que la quiero;
Que si usted me quiere,
Que tome este ramito
Que dé flores verdes.

Mis amores
Han sido flores de almendro.
Florecieron temprano,
Que se helaron luego;
Que toma este ramo
Que dé flores verdes.
(Murtas)

    El niño alpujarreño, por la forma misma de existencia en su país, está obligado a tomar muy pronto responsabilidades que, por lo demás, incumben generalmente a las personas mayores. Esto explica que sea capaz, aparte su talento innato, de componer canciones, inocentes ciertamente, pero ya cargadas de una profunda significación y de una poesía que se justifican por una vida interior y una aguda sensibilidad.

Adiós Trevélez del alma,
recuerdos llevo de ti.
Yo quise a una treveleña
Y ella no me quiso a mí.

Y ella no me quiso a mí
Y con otro se marchó,
Y ahora viene preguntando
La vida que llevo yo.

La vida que llevo yo
Es una vida feliz,
De taberna en taberna
Sin acordarme de ti.

Aunque te laves la cara
Con aguas de perejil
No se te quitan las manchas
De los besos que te di.
(Trevélez)

    Las razones que acabo de invocar explican también por qué el niño alpujarreño desconoce los juguetes, con los que no sabría qué hacer. Su imaginación lo empuja a utilizar lo que la naturaleza pone amablemente a su disposición: leños de madera, arena, piedras. La muñeca, para la niña, es como el recién nacido de la familia del que la madre sobrecargada de trabajo, no siempre tiene tiempo de ocuparse. Y los juegos más apreciados son esas ruedas interminables en la plaza del pueblo, lugar favorable y propicio para el nacimiento de, las más bellas canciones.

    Los muchachos suelen bailar el trompo, que ellos mismos fabrican con una destreza consumada, o bien juegan al salto que, en Andalucía, se llama el salto de la muerte. Pero ellos también se reúnen voluntariamente con las niñas y todos se ponen alegremente a cantar.

Estando el señor Don Gato
Sentadito en su tejado,
Ha recibido una carta
Que si quiere ser casado
Con una gatita parda.
Sobrina del gato pardo.

El gato por ir a verla
Se ha caído y se ha matado;
Se ha roto siete costillas
El espinazo y el rabo.

Ya lo llevan a enterrar
Por la cuesta del pescado,
Al olor de la sardina
El gato ha resucitado.
(Cástaras)

    Me pareció interesante hacer dibujar a los niños alpujarreños que, en su mayor parte, como ya sabemos son retirados de la escuela mucho antes de haber aprendido a servirse correctamente de una pluma o un lápiz.

    Pensaba que sus obras gráficas, a imagen de sus canciones, evidenciarían, cualidades excepcionales. No iba a equivocarme y así lo hemos podido comprobar gracias a las Composiciones que ilustran esta obra.

    Mi investigación me ha llevado a varios pueblos, elegidos entre los más aislados, y a decenas de sujetos comprendidos entre los cinco y los doce años, encargados de realizar dibujos de memoria, bajo mi vigilancia.

    Actualmente dispongo de una extensa colección, material de primer orden para estudios profundos.


Fig. 27 - Niñas saltando a la cuerda. De un sola trazo el artista ha bosquejado esta escena (muchacho de 11 años).

    Los niños de la Alpujarra desconocen los lápices de colores por el hecho de que éstos cuestan muy caros. Están, pues, obligados, al dibujar, a utilizar un lenguaje figurativo de una extrema simplicidad. Pero lo que sus representaciones pierden en colorido, lo ganan en expresión y en movimiento.

    Pues es un hecho que la visión de estos artistas en ciernes, a pesar de no haber nunca recibido lecciones de dibujo, es de una extraordinaria agudeza. De un vistazo, aprenden lo esencial del tema, tomando de él las formas y los detalles más importantes, exagerando según las necesidades las dimensiones de ciertos elementos para traducir mejor su emoción. Por ello, les bastan algunos trazos realizados con una seguridad y una precisión desconcertantes. Por otra parte, como en sus canciones cantadas a una voz, en algunas palabras cuentan toda una historia.

    Se trata de un arte realista, directo, de un poder sugestivo que no podría dejarnos indiferentes. Muy mediocres se nos representan a su lado las composiciones de los niños llamados prodigio sobre los que, en estosúltimos años, se ha metido tanto ruido.

Bailando el Robado
El Robado



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