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LA ALPUJARRA
La Andalucía Secreta
Jean-Christian Spahni
Una calle del pueblo de Trevélez.
Todas las ilustraciones de esta obra, a excepción de algunos dibujos
de niños alpujarreños, se deben al autor.
Reprod. Exenta. Diputación Provincial de Granada, 1983, de la «Editions de la Banconnière (Boudry, Neuchâtel)»
Depósito Legal: Gr.- 274
Acabose de imprimir en
los Talleres Gráficos de la
Imprenta Provincial de la
Excma. Diputación de Granada
Octubre, 1983
© 1959, Editions de la Baconniére (Boudry, Neuchâtel)
Edita y patrocina: Excelentísimo Diputación Provincial de Granada.
Jean-Christian Spahni llegó a Granada en 1954. Muchos le recuerdan hoy sólo como arqueólogo. Fue arqueólogo, sí; prueba de esto fueron las investigaciones que realizó, en Píñar, en algunas cuevas donde encontró restos paleolíticos y neolíticos. Pero, por lo que aquí es traído a la consideración, es por haber dejado un curioso e importante libro sobre la comarca granadina que presenta un mayor interés para el sociólogo y el etnólogo: La Alpujarra.
Del libro que ahora presentamos llegaron a nuestra capital muy pocos ejemplares de la versión original. Ello fue debido a la falta de promoción que tuvo en su país de origen: Suiza. Un día, con motivo de unas investigaciones llevadas a cabo en la sierra de la Contraviesa, tuvimos conocimiento de su existencia. Posteriormente, nos lo ratificó el célebre articulista de Murtas Francisco García, con el que Spahni estuvo unido durante su estancia en la Alpujarra por una estrecha amistad. Desde entonces, surgió nuestro interés por darlo a conocer, mediante su traducción al español, veintitrés años después de que fuera publicada la versión original, a un círculo más amplio de lectores.
De seguro, hoy la Alpujarra ha perdido muchas de las condiciones que llevaron a Spahni a titular su libro La Alpujarra, la Andalucía secreta; sobre todo, la parte su de Sierra Nevada. No ocurre esto tanto en la Contraviesa, a donde el turismo que irrumpió hace algunos años en la zona, como consecuencia de la eclosión de la industria automovilística, apenas si ha llegado. Sea como quiera, la región que el etnólogo y el arqueólogo suizo conoció en la década de los cincuenta no es la de los ochenta. Él mismo la ha podido comprobar cuando, después de tanto tiempo, en el último otoño volvió a Granada. Es preciso, por eso, no sorprenderse, y pensar, quizás, que no es cierto cuando se lea el apartado dedicado a la artesanía, y se compruebe que sólo hace veintitantos años existía en el hoy casi deshabitado pueblo de Tímar unos diez telares; cuando se lea también el capítulo dedicado a la música popular, y se constate que incluso en Murtas y en sus cortijos asó como en los de Albuñol, la parte de más rico folklore de todas las de la Alpujarra, apenas si quedan ya trovadores, y los pocos que de allí siguen trovando, como es el caso del más genial de todos ellos, Miguel García Maldonado «Candiota», se encuentran, desarraiga dos de su ambiente, en las playas de Almería. Esas fiestas cortijeras ya no existen. Pero existieron no hace mucho, y Spahni captó toda la emocionante y sencilla belleza que Poseían, toda la capacidad artística de unos hombres que, después del rudo trabajo realizado en pendientes inverosímiles, se aprestaban durante toda una noche a un duelo poético sin tregua. Esa era su forma de divertirse. Ahora, los pocos jóvenes que por allí quedan, se avergüenzan, ante la funesta influencia de las formas urbanas más decadentes, de su propio folklore, y sueñan con irse algún día, como han hecho ya tantos otros.
Por todo ello, no se espere encontrar una reproducción exacta de la Alpujarra actual, pero sí se encontrara una descripción minuciosa de todos los aspectos de la vida social tal como ellos eran desarrollados antes. Su Pervivencia en la actualidad se podrá descubrir tanto más fácilmente cuanto más apartado se encuentre el lugar que se estudia. Desde Órgiva, actual capital de la comarca, hasta los perdidos cortijos de la Contraviesa, existen diferencias que no es posible desconocer.
El presente libro, como anuncia su autor en la introducción, trata de abarcar el estudio de toda la Alpujarra. Y hay que reconocerle el mérito de lograrlo. La mera delimitación geográfica de la zona tan incorrectamente diseñada en algún otro libro, es aquí excelente. Es más, La Andalucía secreta de Spahni sigue ostentando en solitario, a pesar de los diversos libros publicados sobre la región hasta el presente, el mérito de compendiar un todo. En otras coordenadas de análisis quedan los ensayos técnicos sobre un pueblo concreto (el Mecina de Navarro Alcalá Zamora), las espléndidas narraciones inspiradas en gran medida allí (el Al sur de Granada de Brenan) y los libros de presurosos viajeros (La Alpujarra de Pedro Antonio de Alarcón) o de resucitadores de experimentos pasados desconocidos (la Sociología de la Alpujarra de Del Pino), por citar sólo a los más conocidos.
Al tratar de abarcar toda la región, quizás se observe en el libro de Spahni la falta de narraciones prolongadas sobre algunas materias concretas, lo que parece conferirle a la prosa un estilo simple y escolástico. Quizás se observe también una escueta mención al drama existencial de la zona, por ejemplo de esos cortijos diseminados de la Contraviesa en donde el número de suicidios es muy elevado. Pero, por encima de todo ello, el libro que el lector tiene en sus manos posee el encanto del relato efectuado por el hombre en perfecta sincronización con la tierra que estudia. A cualquier detalle se le ha dado valor, porque todo lo que el autor veía allí le interesaba. Está lejos por eso, de la literatura de viajes por España, con su método en ocasiones demasiado generalizante; pero está lejos también del cientificismo que caracteriza a los estudios sociológicos sobre los pueblos del sur de España, en donde a menudo se echa de menos una narración con más flexibilidad y calor. La prueba más palpable de todo ello se encontrará en el último capítulo, dedicada, a manera de conclusión, al hombre, en donde Spahni da rienda suelta a todo ese sentimiento que poco a poco ha dejado ir trasluciendo desde la primera página del libro, y se declara como un amante sin rubor de una región en la que, comoél mismo dice, se ha «descubierto un optimismo que desconocía».
El libro de Spahni ayudará, sobre todo a las personas sensibles, a amar aquello que -en lo bueno y en lo malo- es auténtico, aquello que, en despecho de una intoxicación creciente de formas importadas, permanecía con las mismas costumbres y comportamientos de siglos atrás, en una rutina esencialmente suya. Esta era la Alpujarra de los cincuenta, y esta es la Alpujarra que Spahni -que es un buen pensante- describe con un cariño digno de agradecer por todos los granadinos.
Finalmente, hay que advertir que, para una plena fidelidad en la versión española, nos fue necesario readaptar las coplas que figuran en la edición original. El autor había hecho de ellas una traducción francesa muy lograda; pero, al volverlas a traducir al español, nos encontramos con el problema del desajuste de su primitivo carácter. Nos fue necesario desplazarnos a los distintos pueblos alpujarreños en donde el autor había oído esas canciones populares, y con la inestimable ayuda de algunas personas de esos lugares, tras darle nosotros el argumento de la copla, pudo llegar a buen puerto la tarea de readaptación. Vaya para ellas nuestro agradecimiento más sincero, y en especial para Miguel García Maldonado, que, al ser autor de los trovos recogidos en el libro, nos los transmitió tal como él los compuso originariamente. Muchas de las coplas de Cante Jondo no eran, sin embargo, conocidas en la Alpujarra. Su readaptación la hemos llevado a cabo gracias a la generosa colaboración de Agustín Gómez, crítico de arte flamenco en Radio Popular de Córdoba. De todas formas, debido a la imposibilidad, en algunos casos, de reproducir la misma copla que el autor incorporó en la edición francesa, hemos procedido, por expresa recomendación del mismo, a su sustitución, haciendo una llamada con un asterisco cuando de esta situación se trate.
JAVIER y HORACIO ROLDAN BARBERO
Veinticuatro años han transcurrido desde el día en que remití el manuscrito de esta obra a las ediciones de la Baconnière, en Boudry (Suiza).
Es un largo período de tiempo en el curso del cual he viajado mucho, recorriendo y estudiando la totalidad de países de América Latina y, más recientemente, una parte de los de Extremo Oriente -una misión que, por otra parte, no ha acabado todavía.
Ya se trate de la cordillera de los Andes, de la selva amazónica, de las islas del archipiélago filipino o de las de Indonesia, por todas partes he multiplicado los descubrimientos y, en el plano humano, he tenido significativas experiencias que me han permitido establecer con pueblos racial y culturalmente muy diferentes, estrechas y duraderas relaciones, basadas en una amistad recíproca.
Pero, entre tanto, no he olvidado a los habitantes de la Alpujarra entre los que pasé en su tiempo algunos de los más bellos años de una existencia consagrada a la búsqueda del hombre y a la de sus virtudes fundamentales.
En muchas ocasiones, sentí el deseo de regresar a Sierra Nevada y a la Contraviesa. Sin embargo, diversas razones de orden profesional me obligaron a renunciar a este proyecto. Y luego, también -por qué no confesarlo- experimentaba serios temores de volver a ver España, un país del que sabía de buena fuente que había sido escenario de profundos cambios.
Lo inesperado se produjo a comienzos de este año cuando, encontrándome en Filipinas, recibí una carta de los Sres. Horacio y Javier Roldán Barbero que me manifestaban su intención, con la ayuda de la Diputación de Granada, de traducir al castellano mi libro sobre la Alpujarra y de llevar a cabo la distribución del mismo.
Algunos problemas de compaginación tenían que ser discutidos, de forma que mi presencia en la ciudad de los palacios de la Alhambra se hacía indispensable.
Es así que emprendí el viaje, atravesando Francia, después, siguiendo el litoral del Mediterráneo, convertido en la presa de especuladores de todo género, ofreciendo a la vista un panorama desolador con sus hoteles, sus restaurantes, sus pisos de alquiler y sus casas particulares, apilados los unos sobre los otros, de una arquitectura en ninguna manera adaptada al paisaje, pero obedeciendo a criterios esencialmente económicos. En esta naturaleza profanada, en este universo propio de una pesadilla, se pueden ver millares de turistas, nacionales y extranjeros, acudidos para tenderse en la playa y pasar las vacaciones en unas condiciones más ventajosas que en otras regiones del continente.
Tuve que resistir el pánico que me impulsaba a desandar lo andado, experimentando el pesar de soportar este doloroso espectáculo, mientras me acordaba del tiempo en que la costa era del dominio exclusivo de los pescadores, indiscutibles propietarios de estos lugares.
También la llegada a Granada iba a reservarme una desagradable sorpresa. En el lugar de la fértil y verdeante vega que, en otro tiempo, rodeaba la ciudad, se alzaban ahora bloques de alquiler de impresionante altura, estrechados unos contra otros, sin conceder sitio alguno a un árbol -y menos aún a un espacio verde.
No continué, pues, el viaje, tras haber permanecido algunos días en Granada, sin una verdadera inquietud, temiendo lo peor para una comarca a la que había amado por su extrema originalidad.
Las carreteras, en lo sucesivo asfaltadas, permiten alcanzar cómodamente los lugares más apartados. Algunas casas señoriales, que habrían podido ser restauradas, han sido destruidas y reemplazadas por edificios de hormigón o de ladrillo de varias plantas que forman un desagradable contraste con aquellos otros, modestos, blanqueados con cal, de tiempos antiguos. Una central eléctrica con sus torretas y su conducción forzada desfigura el paisaje en los alrededores de Pampaneira. Las aldeas y cortijadas han visto partir a la mayoría de sus ocupantes, irresistiblemente atraídos por las luces de la ciudad y por la perspectiva de conocer unas condiciones presuntamente más fáciles que en el campo. Los lamentables productos de la industria del aluminio y de las materias sintéticas han invadido las tiendas en detrimento de los de artesanía local. Con el fin de atraer a la juventud, numerosos bares han adquirido un juke box o un flipper que hacen un ruido ensordecedor. Las antenas de televisión se elevan en el cielo puro de la montaña.
Pero esta evolución hacia una uniformación del planeta, en la Alpujarra no ha alcanzado todavía lo esencial, es decir, todo lo que constituye la autenticidad de esta secreta Andalucía.
La prueba nos viene dada por la espontaneidad de las sonrisas, el conmovedor calor de la acogida, la generosidad siempre a flor de piel, así como por la presencia de una juventud sana, animosa y decidida a hacer cualquier cosa para salvaguardar las más bellas tradiciones del país.
La prueba nos viene dada igualmente por la permanencia de un folklore musical, un poco en competencia con las melodías originarias de los Estados Unidos, pero preparado para volver a tomar el puesto que le corresponde en las fiestas y en las reuniones familiares. ¡Cómo no evocar, a este propósito, la velada que pasé en el septiembre último en Murtas, animada por cantaores de trovo, durante la cual los habitantes, llegados en gran número para recibirme, me testimoniaron una vez más su amistad; aquellos mismos que, veinte años antes, me habían nombrado hijo adoptivo y ciudadano de honor de su magnifico pueblo!.
Todo no está perdido en esta tierra lejana y bendecida por los dioses. ¡Antes bien al contrario!.
El desprecio del pasado significa el del hombre mismo y, como consecuencia, la muerte ineluctable de un pueblo. ¡Ojalá que los alpujarreños permanezcan finalmente unidos a los elementos más puros de su cultura! Es éste el deseo sincero que yo les dirijo. Pues una modernización mesurada de las condiciones de existencia no es de ninguna forma incompatible con, el respeto a las tradiciones. Y este respecto implica obligatoriamente una alegría de vivir, una serenidad, una confianza y un sentido de lo humano que la sociedad occidental, esclava de la técnica, parece haber perdido definitivamente.
Séame aquí permitido agradecer muy efusivamente a las autoridades de la Diputación de Granada así como a los Sres. Horacio y Javier Roldán Barbero, hombres jóvenes, dinámicos y de una alta calidad moral, por su preciada y desinteresada colaboración.
J.-C. Spahni.
Ginebra (Suiza), otoño de 1982
¡La Alpujarra!
Nombre que suena a cumbre de la cordillera de los Andes, evocador de tempestades, peligros, descubrimiento de extraños mundos.
Y, sin embargo, no es ni una montaña de la América latina ni una región en donde la muerte, a cada paso, amenace al intrépido viajero. Es sencillamente un trozo español de tierra, allá en el sur andaluz, entre Sierra Nevada y el Mediterráneo, frente a África, de la que sólo lo separa un brazo de mar.
Nombre desconocido de los apresurados turistas que visitan Granada y los suntuosos palacios de la Alhambra.
Nombre desconocido incluso de los propios españoles, pues muy raros son aquéllos que han penetrado los misterios de este lugar olvidado, objeto siempre de los rumores más contradictorios.
La mala reputación de la Alpujarra no data en absoluto de hoy.
Es consecuencia de la historia, que ha llegado a ser tradicional, cuando ya el cronista árabe Aben Aljathib escribió, a propósito de sus habitantes, que se trataba de «gentes muy belicosas».
¡Pero al diablo con esta clase de tradiciones!.
Un día, quise conocer este país, tan próximo y tan lejano a la vez de Granada. Franqueé el triple obstáculo de la montaña, los prejuicios y la desconfianza, despreciando consignas y advertencias, impulsado por la curiosidad y la voluntad de conquista.
Otros me habían precedido.
Primero fue Richard Ford quien, a comienzos del siglo XIX, se aventuró hasta Ugíjar. El pueblo ejerce sobre él una verdadera fascinación, destacando, en su guía turística, el ambiente oriental aún intacto.
Fue después el escritor Pedro Antonio de Alarcón. En 1872, al final de su viaje a través de la Alpujarra, publica una obra deliciosa y sensible con ese arte de narrador que le ha valido ser considerado merecidamente el Alphonse Daudet de las letras españolas.
A continuación, habrá que esperar hasta la revolución de1936-1939 para la aparición de una «Sierra Nevada» debida a Fidel Fernández. Las páginas dedicadas a la Alpujarra son lacónicas y dejan frustrado al lector.
En 1953, se publica el relato de José Guglieri, abogado de Granada, que regresa encantado de la montaña y nos habla de su estancia allí con un lirismo emotivo pero algo pasado de moda.
Un inglés, Gerald Brenan, que tuvo el privilegio de vivir bastante tiempo en la Alpujarra, toma finalmente la pluma y publica, en 1958, con más de veinte años de retraso, el resultado de sus experiencias. Uno, disfruta sinceramente al consultar el libro. Pero, desgraciadamente, a pesar de sus interesantes descripciones, éste adolece de un lamentable desconocimiento del país y de sus gentes. Incapaz de integrarse en las diversas actividades de la comunidad, el autor tampoco lo hizo en las circunstancias de la vida cotidiana. De un inglés se tenía derecho a esperar otra cosa: al menos, el sentido del humor. Pero el humor, para Gerald Brenan, consiste en hablarnos de los burdeles de Almería. Hay otras informaciones que hubieran también sido, me parece, útiles de darnos.
En cambio, en la magnífica «España del Sur» de Jean Sermet, el capítulo de la Alpujarra, aunque conciso, manifiesta, así como la obra entera, un agudo sentido de observación y de comprensión justa y profunda del país.
Una obra de conjunto, faltaba aún. ¿Habré llenado yo tal laguna en este libro que abandono al juicio de los lectores?. Los errores en él serán sin duda advertidos, pero es fruto de muchos años de estudio a través de la Alpujarra.
En sus páginas he puesto lo mejor de mí mismo. Para ser justo, para expresar mi amor y mi reconocimiento.
Para que no se pierda nada del mensaje de generosidad que me fue transmitido allí, en lo alto, en un paisaje que se abre a dos mundos, en compañía de hombres que subsisten auténticos.
Para mostrar también que es aún posible, en nuestro viejo continente, que se cree equivocadamente explorado en su totalidad, hacer bellos descubrimientos y encontrar poblaciones de las que no se sospechaba la existencia.
Sobre todo en España, el país que no es ya Europa, sin ser todavía África, sino un mundo aparte, con sorprendentes contrastes, mal conocido de los turistas y hasta de sus mismos habitantes.
España, en verdad, es una experiencia que no puede vivirse en quince días desde una habitación de hotel.
Pues allí, el hombre, mejor que en cualquier otro lugar, ha encontrado su verdadera explicación.
J.-C. Spahni.
El pueblo de Trevélez en el crepúsculo.
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